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DE LA MONARQUÍA Y LA SUCESIÓN HEREDITARIA

mentes se envenenan tempranamente con la importancia; y el mundo en el que actúan difiere tan sustancialmente del mundo en general, que tienen muy pocas oportunidades de conocer sus verdaderos intereses, y cuando suceden en el gobierno son frecuentemente los más ignorantes y los más ineptos de todos los dominios.

Otro de los males que acompañan a la sucesión hereditaria es que el trono puede ser ocupado por un menor a cualquier edad; durante todo ese tiempo la regencia, actuando bajo la careta de un rey, tiene todas las oportunidades y tentaciones de traicionar su confianza. La misma desgracia nacional ocurre cuando un rey, gastado por la edad y la enfermedad, entra en la última etapa de la debilidad humana. En ambos casos el público se convierte en presa de cualquier bellaco que sepa manipular con éxito las insensateces de la vejez o de la infancia.

El alegato más plausible que jamás se ha ofrecido en favor de la sucesión hereditaria es que preserva a una nación de las guerras civiles; y si esto fuese cierto, tendría peso; en cambio, es la falsedad más descarada jamás impuesta a la humanidad.

Toda la historia de Inglaterra desmiente el hecho. Treinta reyes y dos menores han reinado en ese reino convulso desde la conquista, tiempo durante el cual ha habido (incluyendo la Revolución) nada menos que ocho guerras civiles y diecinueves rebeliones.

Por lo tanto, en lugar de contribuir a la paz, va en su contra y destruye el fundamento mismo sobre el que parece sostenerse.

La contienda por la monarquía y la sucesión, entre las casas de York y Lancaster, sumió a Inglaterra en un escenario de sangre durante muchos años. Se libraron doce batallas campales, además de escaramuzas y sitios, entre Enrique y Eduardo. Dos veces fue Enrique prisionero de Eduardo, quien

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