EN las páginas siguientes no ofrezco más que simples hechos, argumentos claros y sentido común; y no tengo más preliminares que arreglar con el lector que el que se despoje de prejuicios y prevenciones, y permita que su razón y sus sentimientos decidan por sí mismos; que se ponga, o más bien que no se quite, el verdadero carácter de un hombre, y amplíe generosamente sus miras más allá del día presente.
Se han escrito volúmenes sobre el tema de la lucha entre Inglaterra y América. Hombres de todos los rangos se han embarcado en la controversia, por diferentes motivos y con diversos propósitos; pero todos han sido infructuosos, y el periodo del debate ha concluido. Las armas, como último recurso, deciden la contienda; el recurso fue la elección del rey, y el continente ha aceptado el desafío.
Se ha contado del difunto Sr. Pelham (quien, aunque hábil ministro, no carecía de defectos) que, al ser atacado en la cámara de los comunes bajo el argumento de que sus medidas eran meramente temporales, respondió: «DURARÁN MI TIEMPO».
Si un pensamiento tan fatal y cobarde se apoderara de las colonias en el presente conflicto, el nombre de los antepasados será recordado por las generaciones futuras con abominación.
El sol jamás alumbró causa de mayor valía. No es asunto de una ciudad, un país, una provincia o un reino, sino de un continente; de al menos la octava parte del globo habitable. No es la incumbencia de un día, un año o una era; la posteridad está virtualmente involucrada en la contienda, y se verá afectada en mayor o menor medida, hasta el fin de los tiempos, por los procedimientos actuales.