Una paralización temporal del comercio era un inconveniente que habría compensado suficientemente la derogación de todas las leyes de las que nos quejamos, de haberse conseguido tales derogaciones; pero si todo el continente debe tomar las armas, si cada hombre debe ser soldado, apenas vale la pena luchar únicamente contra un ministerio despreciable. Carísimo, carísimo pagamos la derogación de las leyes, si eso es todo por lo que luchamos; pues, según una justa estimación, es una insensatez tan grande pagar un precio de Bunker-Hill por la ley como por la tierra.
Como siempre he considerado la independencia de este continente como un acontecimiento que, tarde o temprano, debía llegar, así, debido a los recientes y rápidos progresos del continente hacia su madurez, dicho acontecimiento no podía estar lejano. Por lo tanto, al estallar las hostilidades, no valía la pena haber disputado un asunto que el tiempo habría solucionado en última instancia, a menos que habláramos en serio; de lo contrario, equivale a malgastar un patrimonio en un pleito judicial para arreglar las faltas de un inquilino cuyo contrato está a punto de expirar.
Ninguno deseaba más ardientemente la reconciliación que yo antes del fatídico diecinueve de abril de 1775, pero en cuanto se conoció el suceso de aquel día, repudié para siempre al endurecido y huraño Faraón de Inglaterra; y desprecio al miserable que, con el ostentado título de PADRE DE SU PUEBLO, puede escuchar sin compasión acerca de su matanza y dormir plácidamente con su sangre sobre su alma.
Pero admitiendo que las cosas ya estuvieran arregladas, ¿cuál sería el resultado? Respondo: la ruina del continente. Y ello por varias razones.
PRIMERO. Estando aún los poderes de gobierno en manos del rey, tendrá un veto sobre toda la legislación de este continente. Y como se ha mostrado tan empedernido enemigo de la libertad, y ha dejado ver tal sed de poder arbitrario; es él, o no es él, el hombre adecuado para decir a estas