La diferencia entre Pensilvania y Connecticut, respecto a algunas tierras sin ubicar, muestra la insignificancia de un gobierno británico, y prueba plenamente que nada, salvo la autoridad continental, puede regular los asuntos continentales.
Otra razón por la cual el tiempo presente es preferible a todos los demás, es que cuanto menor es nuestro número, más tierra queda aún desocupada, la cual, en vez de ser dilapidada por el rey en sus inútiles acólitos, podrá ser destinada en el futuro, no sólo al pago de la deuda actual, sino al sostenimiento constante del gobierno. Ninguna nación bajo el cielo tiene una ventaja semejante a esta.
El estado infantil de las colonias, como se le llama, lejos de estar en contra, es un argumento a favor de la independencia. Somos suficientemente numerosos, y si lo fuéramos más, podríamos estar menos unidos.
Es un asunto digno de observación, que cuanto más poblado está un país, más pequeños son sus ejércitos. En número militar, los antiguos superaban con creces a los modernos: y la razón es evidente, pues siendo el comercio la consecuencia de la población, los hombres quedan tan absortos por él que no pueden atender a ninguna otra cosa.
El comercio disminuye el espíritu, tanto del patriotismo como de la defensa militar. Y la historia nos informa suficientemente de que las más valientes hazañas se llevaron a cabo siempre en la minoría de edad de una nación.
Con el incremento del comercio, Inglaterra ha perdido su espíritu. La ciudad de Londres, a pesar de su número, se somete a continuos insultos con la paciencia de un cobarde. Cuanto más tienen los hombres que perder, menos dispuestos están a arriesgarse. Los ricos son por lo general esclavos del miedo, y se someten al poder cortesano con la duplicidad temblorosa de un spaniel.