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Reflexiones sobre el estado actual de los asuntos americanos

Estar siempre recorriendo tres o cuatro mil millas con un cuento o una petición, esperando cuatro o cinco meses por una respuesta que, una vez obtenida, requiere cinco o seis más para que se la explique, será considerado en pocos años como una necedad y una infantilada; hubo un tiempo en que fue apropiado, y hay un tiempo apropiado para que eso cese.

Las islas pequeñas, incapaces de protegerse a sí mismas, son el objeto adecuado para que los reinos lastomen bajo su cuidado; pero resulta muy absurdo suponer que un continente deba ser gobernado perpetuamente por una isla. En ningún caso la naturaleza ha hecho que el satélite sea más grande que su planeta principal, y dado que Inglaterra y América, con respecto la una a la otra, invierten el orden común de la naturaleza, es evidente que pertenecen a sistemas diferentes: Inglaterra a Europa, América a sí misma.

No me mueven motivos de orgullo, partido o resentimiento a defender la doctrina de la separación e independencia; estoy clara, positiva y concienzudamente convencido de que es el verdadero interés de este continente que así sea; de que todo lo que quede por debajo de ESO es mero remiendo, de que no puede brindar ninguna felicidad duradera; de que es dejar la espada a nuestros hijos y retroceder en un momento en que un poco más, un poco más lejos, habría convertido a este continente en la gloria de la tierra.

Como Gran Bretaña no ha manifestado la menor inclinación hacia un compromiso, podemos tener la seguridad de que no se puede obtener ningún término digno de ser aceptado por el continente, ni de ningún modo equivalente al gasto de sangre y tesoro en que ya hemos incurrido.

El objeto por el que se lucha debe guardar siempre una justa proporción con el gasto. La destitución de North, o de toda la detestable camarilla, es un asunto indigno de los millones que hemos gastado.

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