sostenerse, y el todo, al estar unido, puede lograr el asunto; y tanto más, o menos que esto, podría ser fatal en sus efectos. Nuestra fuerza terrestre ya es suficiente, y en cuanto a los asuntos navales, no podemos ser insensibles a que Gran Bretaña jamás permitiría que se construyera un buque de guerra americano mientras el continente permaneciera en sus manos. Por lo tanto, dentro de cien años no estaríamos más adelantados en esa rama de lo que estamos ahora; pero lo cierto es que estaríamos menos, porque la madera del país disminuye cada día, y la que al final quede estará muy distante y será difícil de conseguir.
Si el continente estuviera poblado de habitantes, sus sufrimientos bajo las circunstancias actuales serían intolerables. Cuantas más ciudades portuarias tuviéramos, más tendríamos tanto que defender como que perder.
Nuestros números actuales están tan felizmente proporcionados a nuestras necesidades, que ningún hombre necesita estar ocioso. La disminución del comercio proporciona un ejército, y las necesidades de un ejército crean un nuevo comercio.
Deudas no tenemos; y cuantas podamos contraer por este motivo servirán como un glorioso memento de nuestra virtud. Con tal de que podamos legar a la posteridad una forma estable de gobierno, una constitución propia e independiente, la compra a cualquier precio resultará barata.
Pero gastar millones con el único fin de lograr que se deroguen unas pocas leyes viles, y de deponer al actual ministerio, no es digno del costo, y constituye una crueldad extrema hacia la posteridad; puesto que se le deja a ella por hacer la gran obra, y una deuda sobre sus espaldas de la cual no obtiene ningún provecho. Tal pensamiento es indigno de un hombre de honor, y es la característica genuina de un corazón mezquino y de un político de baratija.