Aquí vuelvo a lo que es mío al fin, alimentado, perdonado y conocido al fin, reclamado por hueso de mi hueso al fin, ¡y hermano de mi propia carne!
El ternero engordado está listo para mí, mas las algarrobas tienen más gracia para mí… Creo que mis cerdos serán lo mejor para mí, así que vuelvo a las zahurdas otra vez.
Una vez más la perezosa procesión de pasos arrastrados y atada con cuerdas se puso en marcha, y ella durmió hasta que llegaron a la siguiente etapa de descanso. Fue una jornada muy corta, y faltaba una hora para la puesta de sol, así que Kim se puso a buscar formas de divertirse.
“Pero ¿por qué no sentarse a descansar?”, dijo uno de los escoltas. “Solo los demonios y los ingleses van y vienen sin motivo”.
—Nunca te hagas amigo del Diablo, de un Mono o de un Muchacho. Ningún hombre sabe lo que van a hacer a continuación —dijo su compañero.
Kim le dio la espalda con desdén —no quería oír la vieja historia de cómo el diablo jugó con los muchachos y se arrepintió de ello— y se alejó perezosamente campo traviesa.
El lama lo siguió a zancadas. En todo aquel día, siempre que pasaban junto a un arroyo, se había apartado para mirarlo, pero en ningún caso había recibido señal alguna de que hubiera encontrado su Río. Imperceptiblemente también, el consuelo de hablar con alguien en una lengua razonable, y de ser debidamente considerado y respetado como su