que lo encontrara. Así que vine. Estoy aquí. ¿Pero dónde está el Río?”
“Si lo supiera, ¿crees que no lo proclamaría a los cuatro vientos?”
—Por ella se alcanza la liberación de la Rueda de las Cosas —continuó el lama, sin hacer caso—. ¡El Río de la Flecha! ¡Piénsalo bien! ¿Quizás un arroyo insignificante, seco por los calores? Pero el Santo jamás engañaría así a un viejo.
“No lo sé. No lo sé.”
El lama acercó una vez más su rostro de mil arrugas a una cuarta del del inglés.
“Veo que no sabes. Al no ser de la Ley, el asunto te está oculto”.
“Ay—oculto—oculto.”
“Ambos estamos atados, tú y yo, hermano mío. Pero yo”—se levantó con un movimiento fluido de los suaves y espesos ropajes—“yo voy a cortarme las ataduras para ser libre. ¡Ven tú también!”