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IX. S’doaks

en busca de las damas; nativos de cortes independientes y feudatarias cuyo negocio ostensible era la reparación de collares rotos —ríos de luz vertidos sobre la mesa—, pero cuyo verdadero fin parecía ser conseguir dinero para maharanis enfadadas o jóvenes rajás. Había babús con los que el sahib Lurgan hablaba con austeridad y autoridad, pero al final de cada entrevista les daba dinero en plata acuñada y billetes de banco. Había reuniones ocasionales de nativos con abrigos largos y teatrales que discutían sobre metafísica en inglés y bengalí, para gran edificación del señor Lurgan. Las religiones siempre le interesaban.

Al final del día, se esperaba que Kim y el muchacho hindú —cuyo nombre variaba a capricho de Lurgan— dieran cuenta detallada de todo lo que habían visto y oído: su opinión sobre el carácter de cada hombre, reflejado en su rostro, su charla y sus modales, y sus impresiones acerca de su verdadero propósito.

Después de cenar, la fantasía de Lurgan Sahib se inclinaba más hacia lo que podría llamarse disfrazarse, juego en el que demostraba un interés de lo más instructivo. Sabía pintar rostros de maravilla; con un toque de pincel aquí y una línea allá los transformaba hasta hacer irreconocibles. La tienda estaba llena de toda clase de trajes y turbantes, y Kim fue ataviado de diversas maneras como un joven mahometano de buena familia, un vendedor de aceite y una vez —lo cual fue una velada gozosa— como el hijo de un terrateniente de Oudh con el más completo de los trajes de gala. Lurgan Sahib tenía ojo de halcón para detectar el menor defecto en el maquillaje; y, tumbado en un gastado diván de madera de teca, explicaba durante horas enteras cómo tal o cual casta hablaba, o caminaba, o tosía, o escupía, o estornudaba, y, dado que los «cómos» importan poco en este mundo, el «porqué» de cada cosa.

El niño hindú jugaba torpemente a aquello. Esa pequeña mente, afilada como un carámbano en lo que respecta al recuento de joyas, no lograba

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