avispados.
Sociedades y capellanes, preocupados por el niño, trataron de atraparlo, pero O’Hara se fue alejando poco a poco, hasta que dio con la mujer que tomaba opio y aprendió de ella el gusto por este, y murió como mueren los blancos pobres en la India. Su hacienda al morir consistía en tres papeles: uno que llamaba su ne varietur porque esas palabras estaban escritas debajo de su firma en él, y otro, su «certificado de finiquito». El tercero era el certificado de nacimiento de Kim.
Esas cosas, solía decir en sus gloriosas horas de opio, harían algún día del pequeño Kimball un hombre. Por nada del mundo debía Kim desprenderse de ellas, pues pertenecían a una gran pieza de magia—una magia como la que los hombres practicaban allá lejos, detrás del Museo, en el gran Jadoo-Gher azul y blanco—la Casa de la Magia, como llamamos a la Logia Masónica. Todo se arreglaría algún día, decía, y el cuerno de Kim sería ensalzado entre columnas—columnas monstruosas—de belleza y fuerza. El coronel en persona, a caballo, al frente del mejor Regimiento del mundo, se ocuparía de Kim—del pequeño Kim, que debió haber estado en mejor situación que su padre. Nuevecientos demonios de primera clase, cuyo Dios era un Toro Rojo sobre un campo verde, se ocuparían de Kim, si no se habían olvidado de O’Hara—el pobre O’Hara que había sido capataz de cuadrilla en la línea de Ferozepore. Luego se ponía a llorar amargamente en la mecedora de junco roto de la galería.
Así sucedió que, tras su muerte, la mujer cosió pergamino, papel y certificado de nacimiento en una funda de cuero para amuleto que colgó del cuello de Kim con una cuerda.
—Y algún día —dijo ella, recordando confusamente las profecías de O’Hara—, vendrá por ti un gran Toro Rojo en un campo verde, y el Coronel montado en su alto caballo, sí, y —cayendo en el inglés— novecientos demonios.