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III

—Soy como una vieja tortuga, mire usted, que saca la cabeza de la orilla y la vuelve a encoger. Sí, este es el camino del Indostán. Todos los hombres pasan por este camino…

«¡Hijo de una puerca, acaso la parte blanda del camino es para que te rasques la espalda en ella? ¡Padre de todas las hijas de la vergüenza y marido de diez mil mujeres sin virtud, tu madre se entregó a un demonio, arrastrada a ello por la suya! ¡Tus tías no han tenido nariz durante siete generaciones! Tu hermana... ¿Qué estupidez de mochuelo te dijo que atravesaras el camino con tus carros? ¿Una rueda rota? ¡Pues toma la cabeza rota y junta ambas cosas a tu ritmo!»

La voz y el chasquido venenoso de un látigo salieron de una columna de polvo a cincuenta yardas de distancia, donde un carro se había averiado.

Una yegua kattiwar, flaca y alta, con los ojos y los fosos nasales encendidos, salió disparada del embotellamiento, resoplando y encogidas las ancas mientras su jinete la hacía cruzar el camino en persecución de un hombre que gritaba. Él era alto, de barba gris, y montaba a la bestia casi loca como si fuera parte de ella, azotando científicamente a su víctima entre corcovo y corcovo.

El rostro del anciano se iluminó de orgullo. «¡Mi hijo!», dijo brevemente, y se esforzó por arquear el cuello del poni como correspondía.

—¿Voy a ser apaleado ante la policía? —gritó el carretero—. ¡Justicia! Tendré justicia...

«¿Voy a verme impedido por un simio vocinglero que vuelca diez mil sacos bajo las narices de una potranca joven? Esa es la manera de arruinar a una yegua».

—Dice la verdad. Dice la verdad. Pero ella sigue de cerca a su hombre —dijo el viejo.

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