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I. Kim

Medio empujado, medio remolcado, llegó a la alta puerta del Kashmir Serai: esa enorme plaza abierta frente a la estación de ferrocarril, rodeada de galerías arqueadas, donde las caravanas de camellos y caballos se hospedan a su regreso de Asia Central.

Aquí había gentes del Norte de toda laya, que cuidaban de ponis atados y camellos arrodillados; que cargaban y descargaban fardos y bártulos; que sacaban agua para la cena en los chirriantes tornos de los pozos; que amontonaban hierba ante los sementales relinchantes y de ojos desorbitados; que arreaban manotazos a los hoscos perros de las caravana; que pagaban a los arrieros; que contrataban nuevos mozos de cuadra; que maldecían, gritaban, discutían y regateaban en la abarrotada plaza.

Los claustros, a los que se llegaba por tres o cuatro peldaños de mampostería, formaban un remanso de refugio en torno a este mar turbulento.

La mayor parte de ellos se alquilaban a comerciantes, como se alquilan los arcos de un viaducto; el espacio entre pilar y pilar estaba tapiado con ladrillos o tabiques formando habitaciones, que estaban custodiadas por pesadas puertas de madera y aparatosos candados nativos.

Las puertas cerradas indicaban que el dueño no estaba, y unos cuantos tachones groseros —a veces muy groseros— de tiza o pintura decían a dónde había ido. Así: «Lutuf Ullah se ha ido al Kurdistán». Abajo, en verso burdo: «Oh Alá, que consientes que los piojos vivan en el abrigo de un kabuli, ¿por qué has permitido que este piojo de Lutuf viva tanto tiempo?».

Kim, abriéndose paso entre hombres alborotados y bestias excitadas, se deslizó de costado por los claustros hasta el extremo más lejano, el más cercano a la estación de ferrocarril, donde vivía Mahbub Ali, el comerciante de caballos, cuando venía de esa tierra misteriosa allende los Puertos del Norte.

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