46. El Poder soviético como forma de dictadura del proletariado.
Nuestro partido fue el primero en formular y el primero en realizar la reivindicación del Poder soviético. La gran revolución de noviembre de 1917 se llevó a cabo bajo la consigna: «¡Todo el poder a los soviets!». Hasta que nuestro partido adoptó esta frase como su divisa, tal lema jamás se había oído. ¡No es que la noción simplemente surgiera de nuestras cabezas! Ni mucho menos fue este el caso; la idea se engendró en el seno mismo de la vida. Ya en la revolución de 1905-1906 surgieron organizaciones de clase de los trabajadores, conocidas como soviets de diputados obreros. En la revolución de 1917, estas organizaciones aparecieron en mucha mayor abundancia; casi en todas partes brotaron como setas soviets de obreros, soviets de soldados y, posteriormente, soviets de campesinos. Quedó claro que estos soviets, que se habían originado como instrumentos de lucha por el poder, debían transformarse inevitablemente en instrumentos para el ejercicio del poder.
Antes de la revolución rusa de 1917, se había dicho y escrito mucho acerca de la dictadura del proletariado, pero nadie comprendía claramente bajo qué forma se realizaría esta dictadura. Ahora, en la revolución rusa, la forma de la dictadura se ha manifestado como el Poder Soviético.
EL PODER SOVIÉTICO ES LA REALIZACIÓN DE LA DICTADURA DEL PROLETARIADO, ORGANIZADO EN SUS SOVIETS COMO CLASE GOBERNANTE, Y QUE, CON LA AYUDA DE LOS CAMPESINOS, APLASTA LA RESISTENCIA DE LA BURGUESÍA Y DE LOS TERRATENIENTES.
En otro tiempo, la mayoría de la gente creía que la dictadura del proletariado sería posible bajo la forma de una llamada república democrática, que tendría que ser establecida por la Asamblea Constituyente y administrada por un parlamento que representara a todas las clases de la población.
Aun ahora, los oportunistas y los solidarios sociales siguen sosteniendo la misma opinión, declarando que solo la Asamblea Constituyente y una república democrática pueden salvar al país de los desastres de la guerra civil.
La experiencia real cuenta una historia muy diferente.
En Alemania, por ejemplo, dicha república fue establecida tras la revolución de noviembre de 1918. Sin embargo, a finales de 1918 y durante 1919 hubo luchas sanguinarias.
Continuamente, la clase trabajadora exigía el establecimiento de un régimen soviético. De hecho, la demanda de un régimen soviético se ha convertido en la consigna internacional del proletariado. En todos los países, los trabajadores lanzan este grito de guerra, junto con la demanda de la dictadura del proletariado.
La vida ha confirmado la exactitud de nuestra consigna, «Todo el poder para los soviets», no solo en Rusia, sino en todos los países donde hay un proletariado.
47. La democracia proletaria y la democracia burguesa.
Una república democrática burguesa se basa en el sufragio universal y en la llamada «voluntad del pueblo», la «voluntad de toda la nación», la «voluntad unida de todas las clases».
Los defensores de una república democrática burguesa, de una Asamblea Constituyente, etc., nos dicen que estamos ejerciendo violencia contra la voluntad unida de la nación. Consideremos este asunto en primer lugar.
En la Primera Parte aprendimos que la sociedad contemporánea consta de clases con intereses en conflicto. Por ejemplo, las largas jornadas de trabajo pueden ser rentables para la burguesía, pero son desfavorables para la clase trabajadora.
La paz entre las clases es tan imposible como la paz entre lobos y ovejas. Los lobos quieren comerse a las ovejas, por lo que las ovejas deben defenderse de los lobos.
Pero si esto es así (y sin duda lo es), entonces debemos preguntarnos si es posible que los lobos y las ovejas tengan una voluntad común. Toda persona inteligente sabe que es absurdo hablar de algo semejante. Simplemente no puede haber una voluntad común entre ovejas y lobos.
Debemos tener una cosa u otra:
- o bien la voluntad de los lobos, la de aquellos que esclavizan a las ovejas engañadas y oprimidas;
- o bien la voluntad de las ovejas, la de aquellos que desean librar a las ovejas de los lobos y expulsar a los saqueadores.
No puede haber un término medio en este asunto.
Ahora bien, es tan claro como la luz del día que lo mismo se aplica a las dos clases principales de la sociedad humana.
En la sociedad contemporánea, clase se enfrenta a clase, la burguesía contra el proletariado, el proletariado contra la burguesía. Entre ellas hay una guerra a muerte.
¿Cómo es posible que tengan una voluntad común, una voluntad burguesa-proletaria? Evidentemente, no hay más posibilidad de deseos y aspiraciones burgueses-proletarios que de deseos y aspiraciones de lobo y cordero.
O podemos tener la voluntad de la burguesía, de la clase que impone su voluntad de diversas maneras a la mayoría oprimida del pueblo; o bien podemos tener la voluntad del proletariado, de la clase que impone su voluntad a la burguesía.
Es particularmente estúpido hablar de una voluntad común a todas las clases, de intereses comunes a toda la nación, en una época de guerra civil, en un período de revolución, cuando el viejo mundo se desmorona en pedazos. El proletariado quiere transformar el mundo; la burguesía quiere fortalecer la vieja esclavitud.
¿Cómo puede haber una voluntad «común» para la burguesía y el proletariado?
Es evidente que la propia frase sobre una voluntad común a toda la nación es una patraña si las palabras pretenden aplicarse a todas las clases.
Tal voluntad común no se ha realizado ni puede realizarse.
Pero este fraude es necesario para la burguesía, necesario para el mantenimiento de la dominación capitalista. Los capitalistas son una minoría. No pueden aventurarse a decir abiertamente que esta pequeña minoría manda. Por eso la burguesía tiene que engañar, declarando que gobierna en nombre de «todo el pueblo», de «todas las clases», de «toda la nación», etcétera.
¿Cómo se lleva a cabo el fraude en una «república democrática»? La razón principal por la cual el proletariado está esclavizado hoy en día es porque está económicamente esclavizado.
Incluso en una república democrática, las fábricas y los talleres pertenecen a los capitalistas, y la tierra pertenece a los capitalistas y a los terratenientes. El obrero no tiene más que su fuerza de trabajo; el campesino pobre no tiene nada más que un diminuto trozo de tierra. Están eternamente condenados a trabajar en condiciones terribles, pues se encuentran bajo el yugo del amo.
Sobre el papel, pueden hacer muchas cosas; en la realidad, no pueden hacer nada. No pueden hacer nada porque toda la riqueza, todo el poder del capital, está en manos de sus enemigos. A esto se le denomina democracia burguesa.
Las repúblicas burguesas existen en Estados Unidos, en Suiza y en Francia.
Pero todos estos países están gobernados por imperialistas sin escrúpulos, por los reyes de los trusts y los barones de la banca, enemigos malignos de la clase trabajadora.
La república más democrática que existía en el año 1919 era la República alemana con su Asamblea Nacional. Sin embargo, esta era la república a la que pertenecían los asesinos de Karl Liebknecht.
El Poder Soviético realiza un tipo nuevo, mucho más perfecto, de democracia: la democracia proletaria.
La esencia de esta democracia proletaria consiste en que se basa en el traspaso de los medios de producción a manos de los trabajadores, privando así a la burguesía de todo poder.
En la democracia proletaria, aquellos que antes constituían las masas oprimidas, y sus organizaciones, se han convertido en los instrumentos de gobierno.
En el sistema social capitalista, y por consiguiente en las repúblicas democráticas burguesas, existían organizaciones de obreros y campesinos. Sin embargo, estas se veían abrumadas por las organizaciones de los ricos.
Bajo la democracia proletaria, en cambio, los ricos han sido despojados de su riqueza. Las organizaciones de masas de los trabajadores, los campesinos semiproletarios, etc. ( sóviets, sindicatos, comités de fábrica, etc.), se han convertido en los cimientos reales de la autoridad del Estado proletario.
En la constitución de la República Soviética encontramos desde el principio la declaración:
“Rusia se declara a sí misma una república de diputados obreros, soldados y campesinos. Todo el poder, tanto central como local, recae en estos sóviets.”
La democracia soviética no solo no excluye a las organizaciones de los trabajadores del gobierno, sino que de hecho las convierte en los instrumentos del gobierno. Pero dado que los sóviets y las demás organizaciones de la clase obrera y del campesinado cuentan sus miembros por millones, el Poder Soviético confía nuevas funciones a innumerables masas de personas que anteriormente estaban oprimidas y degradadas.
En una medida cada vez mayor, las masas populares, los obreros y los campesinos pobres, pasan a participar en las labores conjuntas de los sóviets, los sindicatos y los comités de fábrica. Esto ocurre en todas partes.
En las ciudades de provincia y en las aldeas, personas que nunca habían hecho nada semejante participan ahora activamente en la labor de administración y en la construcción de una nueva vida. De este modo, el Poder Soviético garantiza la más amplia autogestión para las diversas localidades y, al mismo tiempo, convoca a las amplias masas del pueblo a participar en la obra de gobierno.
Es evidente que nuestro partido debe dedicarse a promover el desarrollo mundial de esta nueva democracia proletaria.
Debemos hacer todo lo posible para garantizar que los estratos más amplios de los proletarios y de los campesinos pobres participen en la medida de sus fuerzas en la labor de los sóviets.
En uno de sus opúsculos, publicado antes de la revolución de noviembre, el camarada Lenin escribió con gran acierto que nuestra tarea consistía en lograr que a todas las cocineras se les enseñara a tomar parte en la administración del Estado.
Desde luego, esta no es en absoluto una tarea fácil, y hay muchos obstáculos para su realización. El primero de tales obstáculos es el bajo nivel cultural de las masas. La vanguardia de los trabajadores es solo un pequeño cuerpo. En esta vanguardia, los metalúrgicos, por ejemplo, son conspicuos. Pero una gran proporción de los trabajadores está atrasada, y esto es especialmente cierto en las regiones del campo. Carecen de iniciativa, carecen de facultad creadora; se mantienen al margen y dejan que otros den los primeros pasos.
La tarea de nuestro partido consiste en la atracción sistemática y gradual de estos estratos atrasados para que participen en la labor general de administración. Por supuesto, el único modo de lograr que nuevos estratos participen en el trabajo es elevar su nivel cultural y su capacidad de organización. Esta es, asimismo, la tarea de nuestro partido.
### 48. El carácter de clase y la transitoriedad de la dictadura proletaria.
La burguesía ha encubierto por doquier su dominio de clase tras la máscara de «la causa de todo el pueblo».
¿Cómo podría la burguesía, un grupo de parásitos comparativamente pequeño, reconocer abiertamente que impone su voluntad de clase a todos? ¿Cómo podría la burguesía atreverse a declarar que el Estado no es más que una liga de bandidos?
Por supuesto, no podía hacer nada por el estilo. Incluso cuando la burguesía enarbola el estandarte ensangrentado de una dictadura militarista, sigue hablando de «la causa de todo el pueblo».
Pero la clase capitalista es peculiarmente diestra en la forma en que engaña al pueblo en las llamadas repúblicas democráticas. En estas, la burguesía gobierna y es capaz de mantener su dictadura manteniendo ciertas apariencias.
- Se concede a los trabajadores el derecho de ejercer el voto parlamentario cada tres o cuatro años, pero se les excluye cuidadosamente de todo poder en la administración.
Sin embargo, debido a que existe el sufragio universal, la clase capitalista proclama a voz en grito que «todo el pueblo» gobierna.
El Poder Soviético proclama abiertamente su carácter de clase. No hace ningún intento por ocultar que es un poder de clase, que el Estado soviético es la dictadura de los pobres.
El punto se enfatiza en su nombre mismo; el Gobierno soviético se llama Gobierno de Obreros y Campesinos. La constitución, es decir, las leyes fundamentales de nuestra República soviética, la constitución adoptada por el tercer Congreso Panruso de los Sóviets, declara expresamente:
“El tercer Congreso Panruso de los Sóviets de diputados obreros, soldados y campesinos declara que ahora, en la hora de la lucha decisiva entre el proletariado y los explotadores, no puede haber lugar para los explotadores en ninguno de los instrumentos del poder”.
El Poder Soviético, por lo tanto, no solo proclama su carácter de clase, sino que no duda en privar de derechos electorales y excluir de los instrumentos del poder a los representantes de aquellas clases que son hostiles al proletariado y al campesinado.
¿Por qué razón puede y debe el Poder Soviético actuar de manera tan abierta? Porque el Poder Soviético es realmente el poder de las masas trabajadoras, el poder de la mayoría de la población. No tiene ocasión de ocultar que nació en los barrios obreros. Ni mucho menos, pues cuanto más conspicuamente insista el Poder Soviético en su origen y en su significado, más estrechos serán los vínculos entre él y las masas, y más sobresaliente será su éxito en la lucha contra los explotadores.
Naturalmente, este estado de cosas no durará eternamente.
La esencia del asunto radica en que es necesario aplastar la resistencia de los explotadores. Pero tan pronto como los explotadores hayan sido reprimidos, refrenados y domeñados, tan pronto como hayan sido educados para el trabajo y se hayan convertido en trabajadores como los demás, la presión sobre ellos se relajará y la dictadura del proletariado desaparecerá gradualmente.
Esto está expresamente estipulado en nuestra constitución (Parte II, Capítulo 5):
«La tarea fundamental de la constitución de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia —una constitución adaptada a las necesidades del actual periodo de transición— consiste en el establecimiento de la dictadura de los trabajadores urbanos y rurales y de los campesinos pobres en forma de un fuerte Poder Soviético de toda Rusia, cuyo propósito será llevar a cabo el aplastamiento completo de la burguesía, poner fin a la explotación de un ser humano por otro y realizar el socialismo, en el cual no habrá ni división en clases ni ninguna autoridad estatal».
De esto podemos deducir las tareas de nuestro partido.
El partido debe desenmascarar sistemáticamente el fraude burgués, que funciona de la siguiente manera.
- Se le conceden ciertos derechos al obrero, pero se le deja en una dependencia material respecto a un amo.
En consecuencia, la tarea de nuestro partido es aplastar a los explotadores por todos los medios de los que dispone el proletariado.
Además, incumbirá a nuestro partido, a medida que sea capaz de aplastar a los explotadores y a sus acólitos, a medida que sea capaz de transformarlos, mitigar y revocar gradualmente las medidas que al principio fue necesario imponer.
Supongamos, por ejemplo, que las clases profesionales se han acercado a la clase obrera, que ya no son hostiles a los trabajadores, que en todo lo que hacen están enteramente del lado del Poder Soviético, que están en los mejores términos con el proletariado. Cuando esto suceda (y es solo cuestión de tiempo), nos incumbirá otorgar a las clases profesionales plenos derechos civiles y acogerlas en nuestra familia.
Hoy, cuando el mundo entero está en armas contra la República de los Trabajadores, sería prematuro hablar de semejante ampliación de derechos.
Pero no debemos dejar nunca de manifestar con absoluta claridad que la ampliación de derechos llegará en definitiva, y llegará tanto antes cuanto más pronto terminen los intentos de los explotadores por derrocar el comunismo.
De este modo, el Estado proletario se irá extinguiendo gradualmente y se transformará en una sociedad comunista sin Estado, en la que la división en clases habrá desaparecido por completo.
49. Rights of the Workers under bourgeois Democracy and under the Soviet Power.
Uno de los mayores fraudes de la democracia burguesa consiste en que concede solo la apariencia de derechos. Sobre el papel leemos que los trabajadores pueden elegir al parlamento en perfecta libertad; que tienen los mismos derechos que los amos (se dice que son «iguales ante la ley»); que tienen derecho de asociación y de reunión pública; que pueden publicar todos los periódicos y libros que les plazcan; y así sucesivamente.
Estas cosas se denominan la «esencia de la democracia»; se nos asegura que la democracia es para todos, para todo el pueblo, para todos los ciudadanos, de modo que las condiciones son muy distintas de las de la República Soviética.
En primer lugar, debemos señalar que semejante democracia burguesa no existe realmente. Existió hace cien años, pero el señor Burgués hace tiempo que acabó con ella.
Estados Unidos servirá como el mejor ejemplo de esto. Aquí, durante la guerra, se promulgaron las siguientes leyes:
- Estaba prohibido hablar con desprecio del presidente;
- estaba prohibido decir nada que desacreditara a los Aliados;
- estaba prohibido declarar que la entrada de EE. UU. y de la Entente en la guerra era el resultado de motivos mezquinos y materiales;
- estaba prohibido abogar por una paz prematura;
- estaba prohibido pronunciar cualquier condena pública de la política del gobierno de EE. UU.;
- estaba prohibido decir nada en favor de Alemania;
- estaba prohibido abogar por el derrocamiento del orden existente, la abolición de la propiedad privada, la lucha de clases, etc.
La pena por infringir cualquiera de estas leyes oscilaba entre 3 y 20 años de prisión. En el transcurso de un solo año, alrededor de 1500 trabajadores fueron arrestados por tales delitos. La organización de la clase trabajadora conocida como I.W.W. (Trabajadores Industriales del Mundo) fue atacada salvajemente y algunos de sus líderes fueron linchados.
Como ejemplo del «derecho de huelga», podemos mencionar la huelga en las minas de cobre de Arizona en el año 1917, cuando muchos de los trabajadores fueron fusilados, otros azotados y otros embreados y plumados; cuando familias enteras fueron expulsadas de sus hogares y reducidas a la indigencia. Asimismo, durante la huelga en las minas de carbón de Rockefeller, en Ludlow, en el estado de Colorado, los pistoleros de Rockefeller fusilaron y quemaron a varios cientos de obreros y obreras.
Aunque el Congreso es elegido por sufragio universal, este se limita a cumplir las órdenes de los reyes de los trusts, ya que casi todos los congresistas están a sueldo de los trusts. Los reyes sin corona son los verdaderos dictadores de América. Entre ellos podemos nombrar a:
- Rockefeller, el jefe del trust Standard Oil, que controla, además de los pozos petrolíferos, un vasto número de bancos;
- Morgan, el rey de los ferrocarriles, que también controla numerosos bancos;
- Schwab, el rey del acero;
- Swift, el jefe del trust de la carne;
- Dupont, el rey de la pólvora, que amasó una riqueza increíble durante la guerra.
Basta decir que ¡los ingresos de Rockefeller son de 10 000 dólares por hora! ¿Quién puede resistir tal fuerza? Esta pandilla de Schwabs y Rockefellers lo tiene todo en sus manos en nombre de la «democracia».
Aun si lo que se denomina democracia burguesa existiera realmente, en comparación con el Poder Soviético no valdría un bledo.
Las leyes de papel no le sirven de nada a la clase obrera a menos que exista la posibilidad de realizarlas. Pero tal posibilidad de realización no existe bajo el régimen capitalista, no puede existir bajo el sistema en el que los capitalistas poseen toda la riqueza.
Incluso si los trabajadores disfrutan sobre el papel del derecho de reunión, a menudo les resulta del todo imposible ejercer tal derecho. Por ejemplo, los taberneros, incitados por los grandes tiburones del capital, o movidos por su propia hostilidad hacia los trabajadores, se negarán frecuentemente a alquilar salas para reuniones, y los trabajadores no tienen a dónde más ir.
He aquí otro ejemplo. Los trabajadores desean publicar un periódico, y tienen el derecho legal de hacerlo. Pero para ejercer este derecho necesitan dinero, papel, oficinas, una imprenta, etc. Todas estas cosas están en manos de los capitalistas. Los capitalistas no aflojarán su control. ¡No hay nada que hacer!
Con el mísero salario de los trabajadores es imposible acumular fondos adecuados. El resultado es que la burguesía tiene masas de periódicos y puede engañar a los trabajadores a su antojo día tras día; mientras que los trabajadores, a pesar de sus «derechos» legales, prácticamente no tienen prensa propia.
Tal es el carácter real de la «libertad» de los trabajadores bajo la democracia burguesa.
La libertad existe únicamente sobre el papel. Los trabajadores poseen lo que se denomina libertad «formal». En esencia, sin embargo, no tienen ninguna libertad, porque su libertad formal no puede traducirse al plano de los hechos.
Ocurre aquí lo mismo que en todas las demás esferas de la vida. Según la teoría burguesa, el patrono y el empleado son iguales en la sociedad capitalista, puesto que existe el «contrato libre»:
- el empleador ofrece trabajo;
- el trabajador es libre de aceptarlo o rechazarlo.
¡Así es sobre el papel! En la realidad de los hechos, el patrono es rico y está bien alimentado; el trabajador es pobre y tiene hambre. Debe trabajar o perecer de hambre. ¿Es esto igualdad?
No puede haber igualdad entre ricos y pobres, por mucho que lo declare la palabra escrita.
Por esta razón, en el régimen capitalista, la «libertad» tiene un matiz burgués.
En la República Soviética, en cambio, la libertad existe realmente para la clase trabajadora. Existe porque es una libertad que puede traducirse al reino de los hechos.
Citemos la constitución de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (Parte II, Capítulo 5).
“14. A fin de garantizar a los trabajadores la libertad real de expresión de opiniones, la República Socialista Federativa Soviética de Rusia abole la dependencia de la prensa respecto al capital y pone en manos de la clase trabajadora y de los campesinos pobres todos los medios técnicos y materiales para la publicación de periódicos, folletos, libros y todos los demás productos de la imprenta, y asegura su libre distribución por todo el país.
“15. Con el fin de garantizar a los trabajadores el derecho efectivo de reunión, la República Socialista Federativa Soviética de Rusia otorga a todos los ciudadanos de la República Soviética el derecho irrestricto de celebrar mítines y congresos, marchar en procesiones, etc., y pone en manos de la clase trabajadora y de los campesinos pobres todos los edificios aptos para la celebración de reuniones públicas, junto con la provisión de luz, calefacción, etc.
“16. A fin de garantizar a los trabajadores la libertad efectiva de asociación, la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, habiendo derrocado el poder económico y político de las clases poseedoras y habiendo eliminado todos los obstáculos que hasta entonces, en la sociedad burguesa, impedían a los obreros y campesinos realizar efectivamente la libertad de organización y de actividad, proporciona a los trabajadores y a los campesinos pobres toda clase de asistencia, material y moral, necesaria para su asociación y organización.
“17. Con el fin de garantizar a los trabajadores el acceso efectivo al conocimiento, la República Socialista Federativa Soviética de Rusia se impone el deber de proporcionar a los trabajadores y a los campesinos pobres una educación completa, integral y gratuita.”
Aquí vemos la enorme diferencia entre las libertades espurias de la democracia burguesa y las libertades efectivas de la democracia proletaria.
El Poder Soviético y nuestro partido ya han hecho mucho en esta dirección. Las mansiones de los nobles, los teatros, las imprentas, el papel, etc., todo esto pertenece ahora a las organizaciones de la clase obrera y al Estado de los trabajadores.
Nuestra tarea futura consiste en ayudar por todos los medios posibles a que las capas atrasadas del proletariado y del campesinado realicen plenamente estos derechos. Esto se logrará de dos maneras:
- En primer lugar, debemos avanzar continuamente por el camino que hemos trazado, y debemos hacer todo lo que esté en nuestro poder para ampliar los fundamentos materiales de la libertad de los trabajadores. Debemos, por lo tanto, hacer todo lo posible para diseñar y construir nuevas casas, establecer nuevas imprentas, instalar palacios obreros, etc.
- En segundo lugar, hay que hacer que las capas atrasadas de la población se familiaricen íntimamente con aquellas posibilidades de libertad que ya existen, pero de las que hasta ahora no han podido aprovecharse debido a la ignorancia, la oscuridad mental y la falta de cultura.
50. La igualdad de los trabajadores, sin distinción de sexo, credo ni raza.
La democracia burguesa proclama con palabras toda una serie de libertades, pero de los oprimidos estas libertades están resguardadas con cinco cerrojos y siete sellos.
Entre otras cosas, la democracia burguesa ha declarado a menudo que las personas son iguales independientemente de su sexo, credo, raza y nacionalidad. Con orgullo se ha dado la promesa de que bajo el sistema democrático burgués todos son iguales: mujeres y hombres; blancos, amarillos y negros; europeos y asiáticos; budistas, cristianos y judíos.
En realidad, la burguesía ha dejado de cumplir estas promesas. Durante la época imperialista, ha habido en todo el mundo un terrible aumento de la opresión racial y nacional. (Para más detalles, véase el capítulo siguiente).
Pero incluso en lo que concierne a las mujeres, la democracia burguesa está lejos de haber realizado la igualdad. La mujer ha seguido siendo un ser sin derechos, un animal doméstico, parte del mobiliario del lecho conyugal.
La mujer trabajadora en la sociedad capitalista está singularmente oprimida, singularmente desprovista de derechos. En todos los asuntos posee incluso menos que los mendigos derechos que la burguesía concede al obrero. El derecho al voto parlamentario se ha concedido en unos pocos países tan solo.
En lo que concierne al derecho de herencia, la mujer recibe en todas partes la porción del mendigo. En la vida familiar está siempre sujeta a su marido, y todo lo que sale mal se considera culpa suya.
En una palabra, la democracia burguesa exhibe en todas partes, en lo que respecta a las mujeres, leyes y costumbres que nos recuerdan fuertemente las costumbres de los salvajes, quienes intercambian, compran, castigan o roban mujeres tal como si fueran bienes muebles, muñecas o bestias de carga.
Nuestro refrán ruso reza: «Una gallina no es un pájaro, y una mujer no es una persona»; aquí tenemos la valoración de una sociedad esclavista.
Este estado de cosas es extremadamente desventajoso para el proletariado.
- Hay más mujeres que hombres entre los trabajadores.
- Es obvio que la lucha del proletariado debe verse muy obstaculizada por la falta de igualdad entre las dos mitades de las que se compone.
Sin la ayuda de las mujeres del proletariado, es vano soñar con una victoria general, es vano soñar con la «liberación del trabajo».
Por esta razón, es de gran interés para la clase trabajadora que exista una completa camaradería de lucha entre las porciones femenina y masculina del proletariado, y que esta camaradería se vea fortalecida por la igualdad.
El Poder Soviético es el primero en haber realizado dicha igualdad en todos los ámbitos de la vida: en el matrimonio, en la familia, en los asuntos políticos, etc.
En todo, en toda la Rusia soviética, las mujeres son iguales a los hombres.
Incumbe a nuestro partido hacer realidad esta igualdad en la vida efectiva. Antes que nada, debemos dejar claro a las amplias masas de trabajadores que la subyugación de las mujeres les es sumamente perjudicial. Hasta ahora, entre los obreros ha sido costumbre considerar a las mujeres como inferiores; en cuanto a los campesinos, sonríen cuando una «mera mujer» empieza a interesarse por los asuntos sociales. En la República Soviética, la trabajadora tiene exactamente los mismos derechos que el trabajador; puede ser electora y elegible para los sóviets; puede ocupar cualquier cargo de comisario; puede realizar cualquier tipo de trabajo en el ejército, en la vida económica y en la administración del Estado.
Pero en Rusia, las mujeres trabajadoras están mucho más atrasadas que los hombres trabajadores. Mucha gente las menosprecia.
En este asunto se necesitan esfuerzos perseverantes: * entre los hombres, para que dejen de bloquear el camino de las mujeres; * entre las mujeres, para que aprendan a hacer pleno uso de sus derechos, para que dejen de ser tímidas o inseguras.
No debemos olvidar que «a todo cocinero hay que enseñarle a participar en la administración del Estado».
Hemos aprendido más arriba que lo realmente importante no es el derecho escrito en el papel, sino la posibilidad de realizar un derecho en la práctica. ¿Cómo puede una mujer trabajadora hacer efectivos sus derechos cuando tiene que dedicar tanto tiempo a las tareas del hogar, tiene que ir al mercado y esperar su turno allí, tiene que hacer la colada familiar, tiene que cuidar de sus hijos, tiene que soportar la pesada carga de todo ese trabajo doméstico rutinario?
El objetivo de la República Soviética y de nuestro partido debe ser el de redimir a la mujer trabajadora de dicha esclavitud, liberar a la mujer trabajadora de estas condiciones obsoletas y antediluvianas.
La organización de comunas hogareñas (no lugares en los que la gente discuta, sino lugares en los que viva como seres humanos) con lavaderos centrales; la organización de cocinas comunales; la organización de guarderías comunales, jardines de infancia, áreas de juegos, colonias de verano para niños, escuelas con comedores comunales, etc. — tales son las cosas que emanciparán a la mujer y le permitirán interesarse por todos aquellos asuntos que hoy interesan al hombre proletario.
En una época de devastación y hambre, es, por supuesto, difícil hacer todas estas cosas como debieran hacerse.
Sin embargo, nuestro partido debe hacer todo lo posible de esta manera para atraer a la mujer trabajadora a desempeñar su papel en la tarea común.
La igualdad nacional, la igualdad racial, etc., se tratarán en el siguiente capítulo. Aquí nos limitaremos a citar los párrafos de la constitución que abordan este tema (Parte II, Capítulo 5).
“20. En vista de la solidaridad de los trabajadores de todos los países, la República Socialista Federativa Soviética de Rusia concede los derechos políticos de los ciudadanos rusos a los extranjeros que viven en los territorios de la República Rusa, siempre que vivan de su propio trabajo y pertenezcan a la clase trabajadora o sean campesinos que no emplean trabajo ajeno; reconoce el derecho de los sóviets locales a conceder la ciudadanía rusa a dichos extranjeros sin formalidades tediosas.
“21. La República Socialista Federativa Soviética de Rusia concede el derecho de asilo a todos los extranjeros que sufran persecución a causa de delitos políticos o religiosos.
“22. La República Socialista Federativa Soviética de Rusia, reconociendo la igualdad de derechos de todos los ciudadanos sin distinción de su origen racial o nacional, declara que el establecimiento o mantenimiento de cualquier privilegio o ventaja preferencial sobre la base de dicho origen es contrario a la ley fundamental de la república; no menos contrario a la ley fundamental es cualquier tipo de opresión de las minorías nacionales o cualquier limitación de su igualdad de derechos”.
51. El parlamentarismo y el sistema soviético.
En los Estados democráticos burgueses, a la cabeza de todo se halla lo que se conoce como parlamento. Esta es una institución representativa, cuyo sufragio electoral varía según los distintos países.
- En algunos, solo los ricos tienen derecho a voto;
- en otros, una parte de los pobres es admitida en el sufragio;
- en un tercer grupo, todos los hombres de cierta edad pueden votar;
- en un cuarto país, también todas las mujeres.
Pero aun cuando el parlamento es elegido por sufragio universal, la mayoría de los escaños están invariablemente ocupados por representantes de la burguesía. ¿Por qué ocurre esto siempre? La razón es obvia a la luz de lo que ya hemos aprendido.
Supongamos que los trabajadores, que constituyen la mayoría en el país, tienen derecho a voto. Pero supongamos además que toda la riqueza está en manos de los capitalistas, que ellos poseen todos los periódicos y todos los lugares donde se pueden celebrar reuniones públicas, y que artistas, imprentas y millones de panfletos están a su servicio; que desde todos los púlpitos el clero defiende su causa; supongamos, por otra parte, que los pobres trabajadores se dedican día tras día a una labor agotadora, que no tienen lugares de reunión, que tipos listos circulan entre ellos (agentes de la burguesía, abogados, periodistas y otros oradores elocuentes) defendiendo lo que parecen ser excelentes consignas y confundiendo así las mentes de los trabajadores; recordémos los enormes recursos financieros de los magnates de los trusts, que les permiten corromper a los representantes de los trabajadores —por muy honestos que estos hayan sido al principio— ofreciéndoles puestos cómodos, mediante halagos en la prensa diaria, y así sucesivamente.
Entonces podemos comprender por qué, incluso en tales parlamentos, la mayoría consiste siempre en agentes secretos o declarados de la burguesía, del capital financiero, de los reyes de la banca.
Por consiguiente, resulta extraordinariamente difícil para las masas trabajadoras elegir a cualquiera de los suyos como representantes.
Una vez que un representante llega al parlamento, el asunto ha terminado; puede desafiar a los electores; durante tres o cuatro años su escaño está asegurado.
Es independiente de ellos. Se vende a diestra y siniestra. No puede ser revocado por los electores; la ley no contempla nada parecido.
Tal es el estado de cosas en una república democrática burguesa bajo el parlamentarismo.
Muy distinta es la situación en la República Soviética. Aquí los parásitos —los comerciantes y los dueños de fábricas, los prelados y los terratenientes, los oficiales militares y los campesinos ricos— no tienen derecho al voto. No pueden ni elegir ni ser elegidos.
Por otra parte, el ejercicio del sufragio por parte de los obreros y los campesinos pobres es sencillo y fácil. Además, todo delegado al sóviet puede ser revocado por los electores, quienes pueden enviar a otro en su lugar. Si el delegado cumple mal sus deberes, si se da vuelta la chaqueta, etc., puede ser revocado. Este derecho de revocación no se ha adoptado en ninguna parte tan extensamente como en la República Soviética.
En una república burguesa, el parlamento es un «parlamento de charlatanes»; los miembros no hacen otra cosa que debatir y pronunciar discursos. El trabajo real lo realizan los funcionarios, los ministros de Estado, etc. El parlamento aprueba leyes; «controla» a los ministros haciéndoles diversas preguntas; vota lo que la administración decide. En el parlamento se concentra lo que se denomina la autoridad legislativa. Pero la autoridad ejecutiva está en manos del gabinete. El parlamento, por tanto, no hace nada; el parlamento se limita a hablar.
En el sistema soviético, los asuntos se organizan de manera muy diferente. El órgano de gobierno más alto e importante es el Congreso de los Sóviets. La constitución establece: «El Congreso Panruso de los Sóviets es la autoridad suprema de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia». Debe reunirse al menos dos veces al año. Habiendo examinado la situación general, toma las decisiones oportunas, que se convierten en leyes. Los miembros del congreso no son charlatanes profesionales, sino trabajadores reales, con algo concreto que hacer.
En los intervalos entre los congresos, la autoridad suprema recae en el Comité Ejecutivo Central, elegido por el congreso. El Comité Ejecutivo Central ejerce al mismo tiempo funciones legislativas y ejecutivas; es decir, no solo aprueba leyes, sino que dirige los asuntos públicos. Sus departamentos se conocen como Comisariados del Pueblo, y sus miembros trabajan en estos comisariados. Por lo tanto, el Comité Ejecutivo Central es un auténtico comité de trabajo.
Al igual que el Comité Ejecutivo Central, las demás instituciones soviéticas están estrechamente unidas y se basan en toda una serie de organizaciones de las masas trabajadoras.
Las instituciones soviéticas se basan en el Partido Comunista, los sindicatos, los comités de fábrica y las cooperativas. Estas organizaciones comprenden a muchos millones de trabajadores, quienes se combinan para apoyar el Poder Soviético.
Por medio de estas organizaciones, las masas trabajadoras toman parte activa en la administración del Estado. El Partido Comunista y los sindicatos designan a sus miembros de mayor confianza para ocupar todos los cargos y llevar a cabo todas las funciones. De este modo, los mejores entre los trabajadores son delegados, no meramente para hablar, sino para administrar realmente.
En la llamada república democrática, nada de esto sucede. Allí, el elector de la clase trabajadora deposita su papeleta de voto en la urna, y entonces termina su parte en el asunto. La burguesía le asegura que ha cumplido con sus «deberes como ciudadano»; ya no necesita preocuparse más por los asuntos del Estado.
Estos arreglos ocultan uno de los fraudes fundamentales del sistema de gobierno burgués.
El fraude es de la misma naturaleza que los explicados anteriormente. Sobre el papel parece como si los trabajadores estuvieran «participando» de alguna manera.
En realidad, están completamente al margen del curso de los acontecimientos. Todo es administrado y todo el trabajo es realizado por una casta especial de funcionarios burgueses, totalmente distinta de las masas, y que constituye lo que se conoce como la burocracia.
El aparato administrativo está fuera del alcance de las masas; las masas no tienen contacto alguno con él.
Hasta los siglos xvi o xvii, los funcionarios del Estado procedían exclusivamente de la nobleza. Durante la transición al sistema capitalista, surgió una burocracia profesional.
En los últimos años, esta burocracia profesional se ha reclutado principalmente de las filas de la llamada intelectualidad o las clases profesionales, pero los puestos más altos han sido ocupados por miembros de la burguesía más adinerada.
Sin embargo, incluso los funcionarios menores son educados en un espíritu de devoción hacia el Estado rapaz; los más talentosos entre ellos aspiran a un ascenso de categoría, a condecoraciones y títulos, a una «carrera oficial». El resultado es que la mayoría de estos caballeros rebosa de un profundo desdén hacia el «pueblo llano».
Las dimensiones y el crecimiento de esta oficialidad pueden deducirse de las siguientes cifras, tomadas del libro de Olshevsky Burocracia.
- En Austria, en el año 1874, ascendían en números redondos a 27 000; en 1891, ascendían a 36 000; en 1900, ascendían a 169 000.
- En Francia, el número de funcionarios en el año 1891 era de 1 500 000, lo que representaba aproximadamente el 4 por ciento de la población.
- En Gran Bretaña, en el mismo año, había alrededor de 1 000 000 de funcionarios [empleados públicos], lo que representaba aproximadamente el 2,6 por ciento de la población.
- En los Estados Unidos, en el año 1890, había 750 000 funcionarios.
Olshevsky, burgués él mismo, nos dice que la burocracia se caracteriza por los siguientes rasgos: rutinismo, burocratismo, modales prepotentes, mezquindad.
En todos los países capitalistas, el trabajo administrativo se halla de hecho en manos de una oficialidad de este carácter.
Debemos repetir que los más altos funcionarios son reclutados principalmente de entre la burguesía adinerada, y de los círculos de la nobleza y de los grandes terratenientes. Esto es inevitable en la sociedad capitalista, donde la burguesía manda.
En la República Soviética, las masas no se limitan a elegir (eligiendo, no a abogados venales, sino a su propia gente), sino que participan en la labor de administración, ya que los sóviets y las demás organizaciones de las masas trabajadoras se ocupan efectivamente de la labor administrativa.
En lo que respecta a los sóviets, las elecciones son de tal índole que mantendrán un estrecho contacto entre estos órganos y las masas.
Pues las elecciones a los sóviets no son territoriales en el sentido residencial, sino que se basan en los lugares donde la gente trabaja (fábricas, talleres, etc.); se basan, según reza la frase, en «unidades de producción».
Quienes están unidos en su vida laboral eligen de entre los suyos, como delegados, a las personas en quienes tienen mayor confianza.
Así el Poder soviético realiza una forma enormemente superior, una forma mucho más genuinamente popular, de democracia: la democracia proletaria.
¿Cuál es, pues, la tarea ulterior de nuestro partido? Nuestra línea común es clara. Nuestro partido tiene que realizar la democracia proletaria en una medida cada vez mayor; lograr un contacto cada vez más estrecho entre los delegados o personas elegidas (aquellos designados para desempeñar diversas tareas) y las masas; inducir a los trabajadores a participar de manera cada vez más efectiva en la labor de administración; por último, garantizar que millones de ojos vigilen a los delegados y controlen su trabajo. Hay que hacer todo lo posible para que todas las personas a las que se confíe autoridad rindan cuentas y sean llamadas a rendirlas con frecuencia.
La ejecución de estas tareas es una gran empresa. Hay muchos obstáculos que superar. Los obstáculos deben ser vencidos. Debemos lograr una unión plena e inseparable de tres elementos:
- el aparato del Estado;
- las masas activas del proletariado, los constructores del comunismo;
- y los campesinos pobres.
52. El ejército y el poder soviético.
La democracia proletaria, como cualquier otra autoridad del Estado, tiene sus fuerzas armadas: su ejército y su armada.
En el Estado democrático burgués, el ejército se utiliza para reprimir a los trabajadores y defender las bolsas de dinero de los capitalistas. El ejército proletario, el Ejército Rojo de la República Soviética, se utiliza para los fines de clase del proletariado y para la lucha contra la burguesía.
En consecuencia, con respecto a las condiciones de servicio y con respecto a los derechos políticos, existe una vasta diferencia entre un ejército burgués y un ejército proletario.
La burguesía considera conveniente fingir que su ejército está «por encima de la política».
En realidad, utiliza al ejército como un medio para promover su política rapaz y contrarrevolucionaria bajo la bandera de la defensa de los «intereses nacionales».
Hace todo lo posible para sembrar la división entre el ejército y el pueblo. Mediante mil subterfugios, priva a los soldados de la posibilidad de utilizar sus derechos políticos.
Las cosas son muy diferentes en la República Soviética.
- En primer lugar, el proletariado declara francamente que el Ejército Rojo es un instrumento destinado a la lucha de clases política contra la burguesía.
- En segundo lugar, el Poder Soviético emplea todos los medios posibles para lograr una unión íntima entre el ejército y el pueblo.
Los trabajadores se solidarizan en los sóviets con los soldados del Ejército Rojo; estos sóviets se conocen como «Sóviets de Diputados de Obreros y Soldados». Los obreros y los soldados estudian en las mismas escuelas y asisten a los mismos cursos de conferencias; se mezclan en las reuniones públicas y codean en las manifestaciones.
Una y otra vez, los trabajadores han confiado la bandera de combate a los soldados del Ejército Rojo; y una y otra vez los soldados han confiado los colores a los trabajadores.
En el Estado soviético, que no es otra cosa que una gran república de trabajadores, solo se puede alcanzar el éxito en la lucha contra nuestros enemigos cuando existe una unidad indestructible entre el Ejército Rojo y la clase obrera revolucionaria.
Cuanto más íntima sea la solidaridad de la clase trabajadora con el ejército y del ejército con la clase trabajadora, más duradera será nuestra fuerza de combate revolucionaria.
Obviamente, pues, nuestro partido debe sostener, desarrollar y fortalecer esta unidad. La experiencia ha demostrado que la asociación íntima con las organizaciones proletarias ejerce una influencia notable sobre el ejército. No tenemos más que recordar la resistencia a Kolchak en el verano de 1919 y a Denikin en el otoño del mismo año.
Estas victorias no se habrían podido lograr si el ejército no hubiera contado con la ayuda de los trabajadores del partido, de los sindicatos, etc., que acudieron en masa a filas.
Por esta razón, el Ejército Rojo del proletariado es, en la realidad y no meramente de palabra, el primer ejército popular, el primer ejército creado por la voluntad de los trabajadores, organizado por los trabajadores, solidarizado con ellos, indisolublemente unido a ellos y, por medio de sus representantes en los sóviets, partícipe en la administración del país.
El Ejército Rojo no es algo distinto del pueblo; consta de la clase trabajadora y de los campesinos pobres; y marcha bajo la dirección de la clase trabajadora.
El ejército vive en la asociación más íntima con los trabajadores de la retaguardia. Es deber absoluto de nuestro partido ser incansable en sus esfuerzos por consolidar esta unidad.
53. El papel dirigente del proletariado.
En nuestra revolución, que es una revolución comunista, el papel principal, el papel de dirigente, ha sido asignado al proletariado.
El proletariado es la clase más unida y mejor organizada. El proletariado es la única clase cuyas condiciones de vida en la sociedad capitalista han sido tales que la han llevado a adquirir sanas opiniones comunistas; solo a ella estas condiciones le han revelado el verdadero objetivo y el camino correcto para alcanzarlo.
Naturalmente, por tanto, el proletariado se ha puesto a la cabeza en esta revolución.
Los campesinos (los campesinos medios e incluso algunos de los campesinos pobres) estuvieron lejos de ser firmes. Solo tuvieron éxito cuando unieron sus fuerzas a las del proletariado. Por el contrario, siempre que los campesinos tomaron un rumbo distinto al de los proletarios, fueron inevitablemente esclavizados por Denikin, Kolchak o algún otro representante de los terratenientes, de los capitalistas o de la casta militar.
Este papel protagónico, esta misión dominante del proletariado, encuentra expresión en la constitución soviética. Nuestras leyes conceden al proletariado ciertos derechos políticos preferenciales. Por ejemplo, los arreglos electorales de los Congresos de los Sóviets son de tal naturaleza que, en proporción a su número, los obreros urbanos tienen más delegados que los campesinos.
Aquí están los párrafos relevantes de la constitución.
“El Congreso Panruso de los Sóviets se compone de representantes de los Sóviets de las ciudades, con derecho a enviar un delegado por cada 25.000 electores, y de representantes de los Sóviets provinciales, con derecho a enviar un delegado por cada 125.000 habitantes”. (Parte III, Capítulo 5, párr. 25.)
“Los Congresos de los Sóviets se componen de: (a) Congresos Regionales, compuestos por representantes de los Sóviets de las ciudades y de los Congresos de los Sóviets de los condados, a razón de un delegado por cada 25.000 habitantes, y de las ciudades a razón de un delegado por cada 5.000 electores, con la condición de que no haya más de 500 delegados por toda la Región —o compuestos por los representantes en los Congresos Provinciales de los Sóviets, elegidos sobre la misma base, cuando el Congreso Provincial se reúna inmediatamente antes del Congreso Regional de Sóviets—. (b) Congresos Provinciales compuestos por representantes de los Sóviets de las ciudades y de los Congresos de los Sóviets de los distritos rurales, a razón de un delegado por cada 10.000 habitantes, y de las ciudades a razón de un delegado por cada 2.000 electores, con la condición de que no haya más de 300 delegados por toda la Provincia —pero cuando un Congreso de los Sóviets de condado tenga lugar inmediatamente antes del Congreso Provincial de los Sóviets, las elecciones se celebrarán al modo de estas, no para el Congreso de los Sóviets del distrito rural, sino para el Congreso de los Sóviets del condado—”. (Parte III, Capítulo 10, Párr. 53.).
En las ciudades, como se verá, los delegados son elegidos proporcionalmente al número de electores, pero en las aldeas, proporcionalmente al número de habitantes (estos comprenden, no sólo a los trabajadores en el sentido estricto del término, sino también a los campesinos ricos, el clero, la burguesía rural, etc., así como a los niños, que no tienen derechos electorales).
De esto se deduce que la preferencia concedida a los trabajadores urbanos frente a los campesinos es menos amplia de lo que podría parecer a primera vista. Pero el trato preferencial es indudable.
Estos privilegios especificados constitucionalmente no hacen más que expresar lo que en realidad existe, a saber, que el proletariado urbano sólidamente organizado dirige a las masas rurales desorganizadas.
El primer deber del Partido Comunista es hacer todo lo posible para dejar claro que estos privilegios son temporales.
A medida que las capas atrasadas de los habitantes del campo adquieran mayor ilustración, cuando la experiencia les haya convencido de que las medidas adoptadas por los trabajadores son justas y rentables, cuando comprendan que no deben marchar junto a la burguesía sino únicamente junto al proletariado, es obvio que la desigualdad temporal descrita más arriba dejará de existir.
El Partido Comunista debe utilizar los privilegios del proletariado para influir en los distritos rurales, con el fin de solidarizar a los trabajadores más avanzados con los campesinos.
Solo así se logrará con éxito la ilustración revolucionaria de los campesinos más pobres.
La posición privilegiada de los trabajadores no se les ha dado para que sean exclusivos o se separen de los habitantes de los distritos rurales, sino para que hagan buen uso de ella, para que, mediante su mayor influencia en los sóviets y en la administración, acerquen a la clase trabajadora a la vida de la aldea, para que inicien y mantengan una unión de camaradería del proletariado con los campesinos medios y los campesinos pobres.
Así los trabajadores podrán liberar a los campesinos de la influencia de los campesinos ricos, del clero, de los antiguos terratenientes, etcétera.
54. La burocracia y el poder soviético.
El Poder Soviético ha sido organizado como el poder de una nueva clase, el proletariado, sobre las ruinas del antiguo poder burgués. Antes de que el proletariado pudiera organizar su propio poder, tuvo que romper el poder de sus adversarios.
Con la ayuda del Poder Soviético, el proletariado se apoderó de los vestigios del viejo Estado y los destruyó. Disolvió a la antigua policía, abolió los restos del servicio secreto, abolió la gendarmería y los tribunales de justicia de la burguesía zarista con sus fiscales y defensores asalariados; barrió muchos de los viejos departamentos gubernamentales, aniquiló los ministerios de Estado burgueses con sus ejércitos de funcionarios, etcétera.
¿Cuál era el objetivo de todo esto? ¿Y cuál es ahora la tarea general de nuestro partido? Ya nos hemos referidos a este asunto en la Primera Parte de la presente obra. La tarea es la siguiente: reemplazar la vieja burocracia por las masas mismas, lograr que toda la población trabajadora ponga su mano en la tarea de la administración (trabajando en algunas ocupaciones por turnos breves, y en otras ocupaciones por turnos largos).
Pero hemos tenido que tropezar con graves dificultades. Los principales obstáculos han sido los siguientes.
En primer lugar se produjo el desarrollo imperfecto, la falta de ilustración, la timidez de los estratos atrasados de la población urbana y, más aún, de la población rural. La vanguardia, formada por los espíritus audaces, por los activos de cuerpo y mente, por los bien informados, constituye un estrato comparativamente delgado. Los demás tardan mucho en moverse. Un gran número todavía teme poner la mano en el arado; un gran número aún ignora sus propios derechos y no se ha dado cuenta todavía de que son los amos del país. Esto no es difícil de entender. Las masas han estado oprimidas y esclavizadas durante siglos; es imposible que desde su condición semisalvaje asciendan en un momento a un nivel en el que puedan gobernar el país. Los primeros en dar el paso al frente son los que pertenecen al estrato más altamente desarrollado; los obreros de Petrogrado, por ejemplo. A estos los encontramos por todas partes. Los hallamos como comisarios del ejército, como organizadores de la producción, como delegados de comités ejecutivos en los distritos rurales, como propagandistas, como miembros de las más altas instituciones soviéticas, como maestros. Poco a poco, hasta las masas atrasadas van fermentando; desechan lo viejo; asimilan lo nuevo; poco a poco se van educando a sí mismas. Es obvio, sin embargo, que el bajo nivel de cultura general ha de ser un gran obstáculo para el progreso.
En segundo lugar, tuvimos la falta de experiencia en el trabajo de administración. Esto se manifiesta incluso en los mejores camaradas. La clase obrera ha tomado el poder en sus manos por primera vez. Nunca ha hecho ningún trabajo administrativo, y nadie le ha enseñado jamás a hacer nada por el estilo.
Por el contrario, durante décadas bajo el régimen zarista, y también durante la breve administración de Guchkov-Kerensky, se hizo todo lo posible para evitar que el proletariado adquiriera semejante experiencia.
Tanto el Estado burgués como el feudal eran organizaciones para mantener a los trabajadores oprimidos, no organizaciones para educarlos.
Por consiguiente, es natural que los trabajadores, al haber ascendido al poder, cometan una gran cantidad de errores mientras aprenden con la experiencia. De estos errores aprenden, pero inevitablemente los cometen.
En tercer lugar, tuvimos problemas con los especialistas burgueses de la vieja escuela. El proletariado se vio obligado a retener a muchos de ellos a su servicio. Los hizo someterse, los puso a trabajar, venció su sabotaje. Al final, les ha sacado un provecho exitoso.
Pero estos expertos burgueses tienden a aferrarse a sus viejas costumbres. Desprecian a las masas con altanería y no se mezclan con ellas en pie de igualdad; a menudo se aferran a la vieja y nefasta rutina de oficina; andan con dilaciones; y su mal ejemplo tiende a corromper a nuestra propia gente.
En cuarto lugar tuvimos la retirada de las mejores energías hacia el ejército. Durante los períodos más críticos de la guerra civil, cuando el ejército necesitaba urgentemente de los combatientes más leales y valientes, a menudo fue necesario enviar al frente a lo mejor de nuestra propia gente. Como consecuencia de esto, en la retaguardia quedó únicamente un número comparativamente pequeño de los más avanzados entre los trabajadores.
Todas estas circunstancias dificultan enormemente nuestro trabajo y tienden, hasta cierto punto, a fomentar la reintroducción de la burocracia en el sistema soviético.
Esto representa un grave peligro para el proletariado. Los trabajadores no destruyeron el viejo Estado plagado de funcionarios con la intención de permitir que volviera a crecer a partir de nuevas raíces.
Nuestro partido, por lo tanto, debe hacer todo lo posible para evitar este peligro. Esto solo puede evitarse atrayendo a las masas para que participen en la labor.
Lo fundamental, por supuesto, es elevar el nivel cultural general de los obreros y campesinos, acabar con el analfabetismo y difundir la ilustración.
Además, sin embargo, toda una serie de otras medidas es esencial. Entre ellas, nuestro partido defiende las siguientes.
Es absolutamente indispensable que cada miembro de un sóviet desempeñe un papel determinado en la labor de la administración del Estado.
Incumbe a todo miembro de un sóviet no limitarse a emitir opiniones sobre los asuntos que se someten a discusión, sino tomar parte él mismo en la tarea común, ocupar por sí mismo algún cargo social.
El siguiente requisito esencial es que debe haber una rotación continua en estas funciones.
Esto implica que cada camarada debe, tras un tiempo determinado, pasar de una ocupación a otra, de modo que gradualmente adquiera experiencia en todas las ramas importantes del trabajo administrativo.
El camarada no debe aferrarse durante años a un mismo puesto, pues si hace esto se convertirá en un funcionario rutinario del viejo tipo. Tan pronto como haya aprendido la rutina de una oficina, debe trasladarse a otra.
Finalmente, nuestro partido recomienda, en lo que concierne a la disposición general de la obra, que gradualmente toda la población trabajadora sea inducida a participar en la administración del Estado.
He aquí, en verdad, el verdadero fundamento de nuestro sistema político.
Ciertos pasos en esta dirección ya se han dado.
Por ejemplo, diez mil proletarios participaron en las visitas casa por casa a la burguesía de Petrogrado.
Asimismo, casi toda la población trabajadora de Petrogrado tomó parte en la defensa de la ciudad.
Una vez más, para relevar a los hombres de otras funciones, las trabajadoras ingresaron en el servicio de milicia.
En los sóviets es posible capacitar a los no miembros como asistentes. Observando, al principio, pueden aprender el trabajo del comité ejecutivo y de los subcomités.
Lo mismo puede hacerse en los comités de fábrica y en los sindicatos, donde todos los miembros pueden ocupar cargos por turno.
En una palabra, de un modo u otro (la experiencia práctica nos enseñará los mejores métodos), debemos seguir las huellas de la Comuna de París, debemos simplificar la labor de administración, atraer a las masas a participar en ella, poner fin por completo a la burocracia.
Cuanto más extensa sea esta participación de las masas, antes se extinguirá la dictadura del proletariado.
Tan pronto como todos los miembros adultos y sanos de la población, todos sin excepción, hayan pasado a participar en la administración, desaparecerán los últimos vestigios de la burocracia.
Simultáneamente con la desaparición de nuestros antagonistas burgueses, podremos celebrar las exequias del Estado. El gobierno de los hombres será reemplazado por la administración de las cosas —la administración de maquinaria, edificios, locomotoras y otros aparatos—.
El orden social comunista quedará plenamente instalado.
La extinción del Estado avanzará con mucha mayor rapidez cuando se haya obtenido una victoria completa sobre los imperialistas.
Hoy, cuando todavía arrecia una feroz guerra civil, todas nuestras organizaciones deben estar en pie de guerra. Los instrumentos del Poder Soviético han tenido que ser construidos sobre bases militaristas. Muy a menudo no hay tiempo para convocar a los sóviets y, por lo tanto, por regla general, los comités ejecutivos tienen que decidirlo todo.
Este estado de cosas se debe a la situación militar de la República Soviética. Lo que existe hoy en Rusia no es simplemente la dictadura del proletariado; es una dictadura militarista-proletaria. La república es un campamento armado. Obviamente, las condiciones descritas anteriormente no desaparecerán mientras persista la necesidad de la militarización de todas nuestras organizaciones.
# Literatura
- LENIN, El Estado y la revolución.
- LENIN, ¿Conservarán los bolcheviques la autoridad del Estado?
- OSINSKY, ¿Una república democrática o una república soviética?
- LENIN, Tesis sobre la democracia burguesa y la proletaria, aprobadas por el primer Congreso de la Internacional Comunista.
- LENIN, La revolución proletaria y el renegado Kautsky.
- STUCHKA, La Constitución de la R.S.F.S.R. en preguntas y respuestas.
- BUKHARIN, ¿Parlamentarismo o república soviética?
- KARPINSKY, Qué es el poder soviético.
- KARPINSKY y LATSIS, Qué es el poder soviético y cómo se construye.