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nydus/The ABC of CommunismPublic
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26. Capital Financiero

(EL IMPERIALISMO, LA GUERRA Y EL COLAPSO DEL CAPITALISMO)

26. Capital financiero.

Hemos visto anteriormente que entre los empresarios hay una lucha continua y encarnizada por los compradores, y que el resultado infalible de esta lucha es la victoria de los grandes empresarios.

De ahí que los capitalistas menores se arruinen, de modo que el capital y la producción en su conjunto se acumulan en manos de los grandes capitalistas (la concentración y centralización del capital).

A principios de los años ochenta del siglo XIX, la centralización del capital ya estaba muy avanzada.

En lugar de los propietarios individuales de las empresas, aparecieron ahora gran cantidad de sociedades anónimas y asociaciones cooperativas; pero debe señalarse cuidadosamente que estas "cooperativas" eran compañías de accionistas capitalistas.

¿Cuál fue el significado de este desarrollo? ¿Por qué surgieron las sociedades anónimas?

Es fácil responder a la pregunta. Había llegado el momento en que cada nueva empresa requería el control de una cantidad considerable de capital. Si se fundaba una empresa escasamente dotada de capital, sus posibilidades de supervivencia eran escasas; por todas partes estaba rodeada por sus competidores más vigorosos, por empresas que producían a mayor escala.

Si, por lo tanto, una nueva empresa no debía perecer en su infancia, si la empresa había de vivir y prosperar, tenía que construirse sobre bases sólidas. Pero solo podían proporcionar bases sólidas aquellos que tenían capital en abundancia. La sociedad anónima fue el resultado de esta necesidad.

El quid de la cuestión es que unos pocos grandes capitalistas se sirven del capital de los capitalistas menores y se sirven también de los ahorros acumulados en manos de grupos no capitalistas (empleados, campesinos, funcionarios, etc.).

Los asuntos se disponen de la siguiente manera:

  • Cada cual aporta su porción;
  • cada cual adquiere una «acción» o un número de «acciones».

A cambio de su dinero recibe un «certificado de acciones» que le otorga el derecho a percibir una parte definida de los ingresos. De este modo, la acumulación de pequeñas sumas da lugar de inmediato a una gran cantidad de «capital por acciones».

Cuando las sociedades anónimas hicieron su aparición por primera vez, ciertos teóricos burgueses, y además ciertos defensores socialistas de la colaboración de clases, comenzaron a asegurar al mundo que estaba comenzando una nueva era.

El capitalismo, declararon, no estaba destinado a desembocar en el dominio de un pequeño grupo de capitalistas. Ni mucho menos; gracias a sus ahorros, cada trabajador podría comprar acciones y, de este modo, cada trabajador se convertiría en capitalista.

El capital, decían, se estaba «democratizando» en una medida cada vez mayor; con el tiempo, la diferencia entre los capitalistas y los trabajadores desaparecería sin necesidad de ninguna revolución.

Por supuesto, esto era una absoluta tontería. Las cosas funcionaron de un modo muy diferente. Los grandes capitalistas simplemente se sirvieron de los capitalistas menores para sus propios fines. La centralización del capital avanzó con más rapidez que nunca, ahora que la competencia había adoptado la forma de una lucha entre inmensas empresas anónimas.

Es fácil comprender cómo los grandes accionistas capitalistas han podido convertir a los pequeños accionistas en sus peones.

El pequeño accionista a menudo vive en una ciudad distinta a aquella en la que se centra la empresa, y no puede viajar cien millas o más para asistir a una junta de accionistas. Incluso cuando algunos de los accionistas ordinarios se presentan en la junta, están desorganizados y simplemente se empujan unos a otros como cachorros ciegos.

Pero los grandes accionistas están organizados. Tienen un plan común; pueden hacer lo que les plazca. La experiencia ha demostrado que al gran capitalista le basta con poseer un tercio de todas las acciones, ya que esto le otorga el control absoluto de toda la empresa.

Pero el desarrollo de la concentración y centralización del capital iba a avanzar aún más.

Durante las últimas décadas, el lugar de las empresas individuales y de las sociedades anónimas individuales ha sido ocupado en gran medida por grandes combinaciones capitalistas conocidas como sindicatos, cárteles y trusts.

¿Por qué se han formado? ¿Cuál es su significado?

Supongamos que en una determinada rama de la producción, los textiles o la ingeniería, por ejemplo, los capitalistas menores ya han desaparecido. Solo quedan cinco o seis grandes empresas, sociedades anónimas, que producen casi todas las mercancías en estas ramas particulares de la actividad empresarial.

Mantienen una competencia encarnizada; bajan los precios y, en consecuencia, obtienen menores ganancias.

Supongamos ahora que dos de estas empresas son más grandes y fuertes que las demás. Entonces, estas dos continuarán la lucha hasta que sus rivales estén arruinados.

Supongamos además que la fuerza de los dos competidores restantes es prácticamente idéntica; trabajan a escala similar, tienen el mismo tipo de maquinaria y ambos emplean aproximadamente al mismo número de trabajadores; no hay diferencia notable entre ellos en cuanto al coste neto de producción.

¿Qué sucederá entonces?

  • Ninguno puede obtener la victoria;
  • ambos están siendo agotados por la lucha;
  • ninguno de ellos obtiene beneficio alguno.

Los grupos capitalistas sacan la misma conclusión. ¿Por qué, se preguntan, deberíamos seguir reduciendo los precios los unos a los otros? ¿No sería mejor para nosotros unirnos, juntar fuerzas para esquilmar al público?

Si nos combinamos, no habrá más competencia; controlaremos el mercado y podremos subir los precios a la cifra que nos plazca.

Así surge el combine, la liga de capitalistas, conocida como el sindicato o trust. El sindicato se distingue del trust de la siguiente manera.

Cuando se organiza un sindicato, las empresas participantes acuerdan no vender sus mercancías por debajo de un precio determinado; o acuerdan repartirse los pedidos; o acuerdan una división territorial del mercado (tú limitas tus ventas a una comarca, y yo limitaré las mías a otra); y así sucesivamente.

En este acuerdo, sin embargo, la dirección del sindicato no tiene derecho a cerrar ninguna de las empresas; todas estas son miembros de una liga en la que cada una conserva un cierto grado de independencia.

En el trust, por otra parte, existe una unión tan íntima que cada empresa individual pierde por completo su independencia; la dirección del trust puede cerrarla, reconstituirla, trasladarla a otro lugar, hacer lo que parezca ventajoso para el trust en su conjunto. El propietario de la empresa individual, por supuesto, sigue recibiendo sus beneficios con regularidad, y estos beneficios pueden incluso ser mayores que antes; pero toda la gestión recae en el combine capitalista sólidamente estructurado: el trust.

Los sindicatos y los trusts ejercen un control casi absoluto sobre el mercado. Ya no temen a la competencia, pues la han aplastado. Su lugar ha sido ocupado por el monopolio capitalista, es decir, por el dominio de un solo trust.1

De este modo, la concentración y la centralización del capital conducen gradualmente a la supresión de la competencia.

La competencia se ha devorado a sí misma. Cuanto más frenético era el desarrollo del capitalismo, más rápida era la centralización, debido a que la ruina de los capitalistas más débiles se consumaba con mayor celeridad. Al final, la centralización del capital, surgida de la competencia, resultó fatal para esta.

LA «LIBRE COMPETENCIA» HA SIDO REEMPLAZADA POR EL DOMINIO DE LOS MONOPOLIOS CAPITALISTAS, POR EL GOBIERNO DE LOS SINDICATOS Y TRUSTS.

Se pueden dar algunos ejemplos para mostrar el enorme poder que esgrimen los trusts y los sindicatos de empresas. En los Estados Unidos, ya en 1900, es decir, en los mismos albores del siglo XX, la proporción de la producción en manos de los sindicatos y trusts era la siguiente:

  • Textiles, más del 50 por ciento;
  • vidrio, el 54 por ciento;
  • papel, el 60 por ciento;
  • metales (excluidos el hierro y el acero), el 84 por ciento;
  • hierro y acero, el 84 por ciento;
  • productos químicos, el 81 por ciento;
  • etc.

No hace falta decir que durante las últimas dos décadas el poder de los cárteles ha aumentado enormemente. De hecho, toda la producción industrial de EE. UU. está controlada hoy en día por dos trusts, el Standard Oil Trust y el Steel Trust; todos los demás trusts dependen de estos.

En Alemania, en el año 1918, el 92,6 por ciento del carbón extraído en la región de Renania-Westfalia estaba en manos de un solo sindicato; de todo el acero producido dentro del Imperio alemán, casi la mitad era fabricado por el Sindicato del Acero; el Trust del Azúcar abastecía el 70 por ciento de la demanda interna y el 80 por ciento de la demanda de exportación.

Aun en Rusia un buen número de ramas de la industria ya había pasado por completo bajo el dominio de los sindicatos capitalistas.

  • «Produgol» producía el 60 por ciento del carbón del Donetz;
  • «Prodameta» (sindicato del metal) controlaba del 88 al 98 por ciento de la producción;
  • «Krovlya» suministraba el 60 por ciento de todo el hierro empleado en tejados;
  • «Prodwagon» era un sindicato de unas 15 empresas constructoras de vagones de ferrocarril;
  • el sindicato del cobre controlaba el 90 por ciento de la producción de cobre;
  • el sindicato del azúcar controlaba toda la producción de azúcar;
  • y así sucesivamente.

Según los cálculos de un experto suizo, a principios del siglo XX la mitad del capital mundial ya estaba en manos de trusts o sindicatos.

Los sindicatos y los trusts no centralizan únicamente empresas homogéneas. Con creciente frecuencia surgen trusts que abarcan simultáneamente varias ramas de la producción. ¿Cómo tiene esto lugar?

Las diversas ramas de la producción están conectadas unas con otras principalmente por medio de la compra y la venta.

Consideremos la producción de mineral de hierro y de carbón. Aquí tenemos que vérnoslas con productos que sirven de materia prima para las fundiciones de hierro y los talleres de ingeniería; a su vez, estos talleres producen, supongamos, máquinas; las máquinas sirven como medios de producción en una serie de otras ramas; y así sucesivamente.

Imaginemos ahora que tenemos una fundición de hierro. Compra mineral de hierro y carbón. Por supuesto, el interés de los Altos Hornos es comprar el mineral y el carbón lo más barato posible. ¿Pero qué pasa si el mineral y el carbón están en manos de otro sindicato? Comienza entonces una lucha entre ambos sindicatos, que termina ya sea con la victoria de uno de ellos o bien con la fusión de ambos.

En cualquiera de los dos casos surge un nuevo sindicato que une ambas ramas de la producción. Es obvio que tal unión puede efectuarse no solo en el caso de dos, sino de tres o de diez ramas de la producción. Tales empresas se denominan empresas «compuestas» (o «combinadas»).

De este modo, los sindicatos y los trusts hacen más que organizar ramas individuales de la producción; consolidan en una sola organización diversos tipos de producción, uniendo una rama con una segunda, una tercera, una cuarta, etc.

Antiguamente, en todas las ramas, los empresarios eran independientes unos de otros, y toda la labor de producción se hallaba dispersa en cien mil pequeñas fábricas. A principios del siglo XX, la producción ya estaba concentrada en manos de enormes trusts, cada uno de los cuales organizaba muchas ramas de producción.

Las uniones de ramas de producción individuales surgieron de otro modo además del de la formación de empresas «combinadas».

El lector debe considerar ahora un fenómeno que es de aún mayor importancia que las empresas «combinadas». Nos referimos al dominio de los bancos.

Antes que nada es necesario decir unas pocas palabras sobre los bancos.

Ya se ha señalado que, cuando la concentración y la centralización del capital habían avanzado hasta un grado considerable, surgió la necesidad de un capital que pudiera emplearse para el establecimiento inmediato de empresas a gran escala.

Esta necesidad fue una de las causas del desarrollo de las sociedades anónimas. La organización de nuevas empresas requería cantidades de capital cada vez mayores.

Ahora consideremos qué hace el capitalista con el beneficio que recibe. Sabemos que gasta una parte en sus propias necesidades inmediatas, en alimentación, ropa y demás; el resto lo «ahorra».

Surge la pregunta: ¿Cómo hace esto? ¿Le es posible en cualquier momento expandir su negocio, dedicar la parte «ahorrada» de sus beneficios a este fin?

No, no puede hacerlo por la siguiente razón. El dinero fluye continuamente, pero solo a cuentagotas. Las mercancías que produce se venden de vez en cuando, y de vez en cuando se recibe dinero por ellas. Evidentemente, para que pueda utilizar estos ingresos en la expansión de su empresa, se requiere la acumulación de una suma considerable.

Por lo tanto, tendrá que esperar hasta haber reunido tanto dinero como necesita —supongamos que sea para la compra de nueva maquinaria—. Y hasta entonces, ¿qué debe hacer? Hasta entonces no puede usar el dinero. Este permanece inactivo.

Esto no le sucede solo a uno o a dos capitalistas; en un momento u otro le sucede a todos. Hay capital libre disponible constantemente.

Hemos señalado, sin embargo, con anterioridad que existe una demanda de capital.

  • Por un lado, hay sumas superfluas que yacen inactivas;
  • por el otro, existe una necesidad de estas sumas.

Cuanto más rápida es la centralización del capital, más vigorosa es la demanda de grandes sumas de capital, pero mayor es también la cantidad de capital libre. Es este estado de cosas el que otorga a los bancos su importancia.

El capitalista, que no desea que su dinero permanezca inactivo, lo deposita en el banco, y el banco se lo presta a quienes lo necesitan para el desarrollo de empresas antiguas o para el inicio de nuevos emprendimientos.

Ciertos fabricantes depositan dinero en el banco, y el banco presta ese dinero a otros fabricantes. Estos últimos, con la ayuda del capital prestado, extraen plusvalía. Parte de sus ingresos se paga al banco en concepto de interés. El banco paga entonces una porción de esta última suma a sus depositantes y se queda con el resto como beneficios bancarios.

Así sigue marchando la máquina.

Podemos comprender ahora por qué, durante la última fase del régimen capitalista, el papel de los bancos, su importancia y su actividad se han expandido en un grado maravilloso.

Las sumas de capital absorbidas por los bancos aumentan continuamente. Y en una medida cada vez mayor, los bancos invierten capital en la industria. El capital bancario está siempre «en activo» en la industria; sufre una conversión en capital industrial.

La industria se vuelve dependiente de los bancos, que la apoyan y la alimentan con capital. El capital bancario se fusiona con el capital industrial. He aquí la forma de capital que se conoce como capital financiero.

En resumen, EL CAPITAL FINANCIERO ES EL CAPITAL BANCARIO QUE SE HA INJERTADO EN EL CAPITAL INDUSTRIAL.

Por mediación de los bancos, el capital financiero efectúa una unión aún más íntima de todas las ramas de la industria que la efectuada por la combinación directa de las empresas.

¿A qué se debe esto?

Supongamos que tenemos ante nosotros a un gran banco. Este gran banco provee de capital (o, según la expresión corriente, «financia») no a una sola empresa, sino a un gran número de ellas, o a bastantes sindicatos.

Naturalmente, al banco le interesa que estos dependientes financieros no choquen entre sí. El banco los une a todos. Su política constante es lograr una unión real de las empresas en un todo que se halle bajo su propia administración.

El banco comienza a llevar las riendas en toda una serie de ramas de la industria. Sus agentes de confianza son nombrados directores de trusts, sindicatos y empresas individuales.

Así, al final llegamos al siguiente cuadro.

LA INDUSTRIA DE TODO EL PAÍS ESTÁ UNIDA EN SINDICATOS, TRUSTS Y EMPRESAS COMBINADAS. TODOS ELLOS ESTÁN UNIDOS POR LOS BANCOS. A LA CABEZA DE TODA LA VIDA ECONÓMICA HAY UN PEQUEÑO GRUPO DE GRANDES BANQUEROS QUE ADMINISTRAN LA INDUSTRIA EN SU TOTALIDAD. LA AUTORIDAD GUBERNAMENTAL SIMPLEMENTE CUMPLE LA VOLUNTAD DE ESTOS BANQUEROS Y MAGNATES DE LOS TRUSTS.

Esto se ve muy bien demostrado en los Estados Unidos. Aquí la administración “democrática” del presidente Wilson no es más que una servidora de los trusts.

El Congreso no hace más que ejecutar lo que previamente se ha decidido en cónclaves secretos de magnates de los trusts y banqueros. Los trusts gastan sumas colosales en comprar congresistas, en financiar campañas electorales y cosas por el estilo.

Myers, un escritor estadounidense, informa que en el año 1904 las grandes compañías de seguros de vida gastaron en sobornos las siguientes sumas:

  • la Mutual, 364.254 dólares;
  • la Equitable, 172.698 dólares;
  • la New York, 204.019 dólares.

El ministro de Hacienda, McAdoo, yerno de Wilson, es uno de los principales magnates de la banca y de los trusts. Los senadores, los ministros de Estado, los congresistas, no son más que los esbirros de los grandes trusts, a menos que ellos mismos posean grandes intereses en estas entidades.

La autoridad del Estado, el aparato gubernamental de la “república libre”, no es más que un taller para el despojo del público.

Podemos afirmar por tanto que

UN PAÍS CAPITALISTA BAJO EL DOMINIO DEL CAPITAL FINANCIERO SE TRANSFORMA EN SU CONJUNTO EN UN INMENSO TRUST COMBINADO. A LA CABEZA DE ESTE TRUST ESTÁN LOS BANCOS. EL GOBIERNO BURGUÉS CONSTITUYE SU COMITÉ EJECUTIVO.

Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, etc., no son más que trusts capitalistas de Estado, organizaciones poderosas de magnates de los trusts y banqueros, que explotan y gobiernan a cientos de millones de esclavos asalariados.

27. Imperialismo.

En los distintos países, el efecto del predominio del capital financiero consiste, en cierta medida, en poner fin a la anarquía de la producción capitalista. Los diversos productores, que hasta entonces habían estado luchando entre sí, se unen ahora en un fideicomiso (trust) capitalista de Estado.

¿Pero qué pasa en este caso con una de las contradicciones fundamentales del capitalismo? Hemos dicho más de una vez que el capitalismo inevitablemente se vendrá abajo debido a su falta de organización y a que está afectado por la lucha de clases. Ahora bien, si una de estas dos contradicciones (véase el § 13) no es válida, ¿no podría ser que la predicción relativa al colapso del capitalismo carezca de fundamento?

El punto que debemos considerar principalmente es este. En realidad, la anarquía de la producción y de la competencia no ha cesado. O tal vez sería mejor decir que cesa en un lugar para estallar peor que nunca en otro. Esforcémonos por explicar el asunto en detalle.

El capitalismo contemporáneo es un capitalismo mundial. Todos los países están interconectados; se compran unos a otros. Hoy no podemos encontrar ningún país que no esté bajo el talón del capitalismo; no podemos encontrar ningún país que produzca por sí mismo absolutamente todo lo que necesita.

Hay numerosos artículos que solo se pueden producir en determinados lugares.

  • Las naranjas no crecen en un país frío; mientras que el mineral de hierro no se puede obtener de un país que no tenga yacimientos del mismo bajo su suelo.
  • El café, el cacao y el caucho solo se cultivan en climas cálidos.
  • El algodón se cultiva en los Estados Unidos, la India, Egipto, Turkestán, etc.; desde estas tierras se exporta a todas partes del mundo.
  • El carbón se encuentra en Gran Bretaña, Alemania, los Estados Unidos, Austria y Rusia; pero no hay carbón en Italia, e Italia depende enteramente de los suministros de carbón británico y alemán.
  • El trigo se exporta a todos los demás países desde los Estados Unidos, la India, Rusia y Rumanía.

Por otro lado, ciertos países están muy avanzados en su desarrollo, mientras que otros están atrasados.

Como resultado de esto, diversos productos de la industria urbana de los países más avanzados se comercializan en los países atrasados.

  • Inglaterra, los Estados Unidos y Alemania, en particular, envían artículos de hierro a todas partes del mundo.
  • Alemania es el principal exportador de productos químicos.

Así cada país depende de los demás; cada uno vende a los demás o compra a los demás.

Hasta dónde puede llegar esta dependencia, podemos aprenderlo del ejemplo de Gran Bretaña. De tres cuartas partes a cuatro quintas partes del trigo que necesita ese país y la mitad de la carne son importados, y a cambio de esto la mayor parte de los productos fabricados en las factorías británicas tiene que ser exportada.

Preguntémonos ahora si el capital financiero pone fin a la competencia en el mercado mundial. ¿Crea acaso una organización mundial en virtud de que une a los capitalistas dentro de los distintos países?

Evidentemente, este no es el caso. La anarquía de la producción y de la competencia dentro de cada país específico cesa más o menos por completo debido a que los empresarios individuales se unen para formar un fideicomiso capitalista de Estado. Tanto más feroz se vuelve la lucha entre los diversos fideicomisos capitalistas de Estado. Esto es lo que siempre sucede cuando el capital se centraliza.

Cuando los peces pequeños se arruinan, por supuesto el número de competidores disminuye, ya que solo quedan los peces gordos. Entre estos últimos, la lucha se libra ahora a mayor escala; en lugar de una pelea entre fabricantes individuales, se desencadena una pelea entre los fideicomisos. Naturalmente, el número de fideicomisos es menor que el de los fabricantes individuales. La lucha, por lo tanto, se ha vuelto más feroz y destructiva.

Cuando los capitalistas de un país determinado han derrotado a sus oponentes más débiles y se han organizado en un fideicomiso capitalista de Estado, el número de competidores se reduce aún más. Pues los competidores son ahora estas potencias capitalistas titánicas. Dicha competencia implica gastos y despilfarro a una escala sin precedentes. La lucha entre los fideicomisos capitalistas de Estado se expresa en tiempos de «paz» a través de la rivalidad armamentista. En última instancia, conduce a una guerra devastadora.

Por lo tanto,

MIENTRAS QUE EL CAPITAL FINANCIERO PONE FIN A LA COMPETENCIA DENTRO DE LOS PAÍSES INDIVIDUALES, a su debido tiempo y cuando el momento es propicio, DA LUGAR A UNA FEROZ Y AMARGADA COMPETENCIA ENTRE LOS DIVERSOS ESTADOS.

¿Cómo surge esto?

¿Por qué, además, la competencia entre los países capitalistas conduce al fin a una política anexionista y a la guerra? ¿Por qué la competencia no puede ser pacífica?

Cuando dos industriales compiten entre sí, no se atacan con cuchillos, sino que intentan quitarse mutuamente la clientela por métodos pacíficos. ¿Por qué, entonces, la competencia en el mercado mundial ha de adoptar una forma tan salvaje? ¿Por qué los competidores deben recurrir a las armas?

A estas preguntas debemos dar una respuesta detallada.

En primer lugar, debemos considerar por qué era necesario que la política de la burguesía experimentara un cambio simultáneamente con la transición del viejo capitalismo, en el que prevalecía la libre competencia, al nuevo capitalismo, en el que impera el capital financiero.

Comencemos con la denominada política arancelaria. En la lucha internacional, las autoridades gubernamentales burguesas, cada una con el objetivo de proteger a sus propios capitalistas, recurren desde hace mucho tiempo a los aranceles aduaneros como medio de lucha.

Cuando, por ejemplo, los fabricantes textiles rusos temían que sus competidores británicos o alemanes introdujeran productos textiles británicos o alemanes en Rusia y abarataran los precios, el gobierno ruso fue lo suficientemente complaciente como para imponer un arancel de importación a los textiles británicos y alemanes. Por supuesto, esto dificultó la importación de productos extranjeros a Rusia.

Los fabricantes suelen declarar que los aranceles son necesarios para fomentar la industria nacional. Sin embargo, si estudiamos las políticas arancelarias de los distintos países, podemos ver que el objetivo real era muy diferente.

Durante las últimas décadas, los países en los que los capitalistas han clamado con más fuerza por aranceles de importación elevados, los países en los que se han impuesto tales aranceles, son los países más grandes y fuertes del mundo. Estados Unidos ha estado a la vanguardia de este movimiento.

¿Podría la competencia extranjera perjudicar a estos países?

«¿A qué viene tanto jaleo, John? ¿Quién te está haciendo daño? ¡Tú eres el agresor!».

¿Cuál es el verdadero significado de todo esto?

Supongamos que en un determinado país la industria textil ha sido monopolizada por sindicatos o trusts.

¿Qué sucede si se impone un arancel a la importación?

Los capitalistas sindicados matan dos pájaros de un tiro.

  • En primer lugar, se libran de la competencia extranjera.
  • En segundo lugar, pueden subir los precios a los compradores de su propia tierra en una cantidad casi igual a la del arancel.

Supongamos que el arancel de importación sobre los textiles es de dos chelines por yarda. En tal caso, los magnates textiles no necesitan vacilar en añadir dos chelines, o al menos 1 chelín con 9 peniques, por yarda al precio de sus mercancías.

Si la industria no estuviera sindicada, la competencia interna entre los capitalistas del país que estamos considerando conduciría inmediatamente a una reducción de precios. Pero si hay un sindicato al mando, no tiene ninguna dificultad para subir los precios, ya que el extranjero es mantenido fuera del mercado por la barrera aduanera y, debido a la sindicación de la industria, no hay competencia en el país de origen.

En la medida en que haya alguna importación, los ingresos del Estado se benefician, mientras que los fabricantes sindicados obtienen un plusvalor adicional como consecuencia del precio incrementado. Esto solo puede ocurrir cuando existe un sindicato o trust.

Pero ese no es el final del asunto. Gracias a estas superganancias, los fabricantes sindicados pueden introducir sus mercancías en otros países y venderlas allí por debajo del costo simplemente con el fin de suplantar a todos los competidores en dichos países.

Esto es lo que efectivamente han hecho. Es un hecho de conocimiento general que el Sindicato Azucarero Ruso mantuvo el precio del azúcar en Rusia comparativamente alto, mientras vendía azúcar en Inglaterra a un precio ridículamente bajo con la esperanza de destruir a los competidores en ese país. Se hizo corriente el dicho de que en Inglaterra se alimentaba a los cerdos con azúcar ruso.

De este modo, los fabricantes sindicados, ayudados por los aranceles, pueden al mismo tiempo esquilmar a sus propios compatriotas y someter a los clientes extranjeros a su dominio.

Las consecuencias son de gran importancia.

Es evidente que los superbeneficios del sindicato aumentarán proporcionalmente con el aumento del número de ovejas que deben ser esquiladas, con el aumento del número de aquellos que están encerrados dentro de las barreras arancelarias.

Si la zona aduanera es pequeña, la oportunidad de obtener beneficios también será pequeña. Si, por el contrario, la zona aduanera es grande y poblada, las oportunidades de obtener beneficios serán correspondientemente extensas. En ese caso, los superbeneficios serán muy grandes, por lo que será posible actuar con audacia en el mercado mundial, y hacerlo allí con la esperanza de un éxito sustancial.

Ahora bien, la zona aduanera suele coincidir con la zona administrada por el Estado. ¿Cómo puede ampliarse esta última?

  • A través de la apropiación de algún territorio extranjero,
  • mediante su anexión,
  • incluyéndolo dentro de las propias fronteras, dentro de la propia área gubernamental.

Pero esto significa la guerra. Significa que el dominio de los sindicatos está inevitablemente asociado a las guerras de conquista. Todo Estado capitalista rapaz se esfuerza por extender sus fronteras; la extensión es exigida por los intereses de los magnates de los trusts, por los intereses del capital financiero. Ahora bien, quien habla de extender fronteras en realidad habla de hacer la guerra.

De este modo, la política arancelaria de los magnates de los sindicatos y los trusts, en combinación con su política en el mercado mundial, conduce a colisiones violentas. Pero aquí actúan causas adicionales que tienden hacia la guerra.

Hemos visto que el desarrollo de la producción da como resultado la acumulación continua de plusvalía. Por consiguiente, en todo país de desarrollo capitalista avanzado se expande continuamente una masa de capital superfluo que arroja menos ganancias que en los países comparativamente atrasados.

Cuanto mayor es la acumulación de capital superfluo en cualquier país, más enérgicos son los esfuerzos por exportar capital, por invertirlo en el extranjero. Este objetivo se ve favorecido de forma preeminente por la política arancelaria. De hecho, los aranceles de importación dificultan enormemente la importación de mercancías. Cuando, por ejemplo, los industriales rusos impusieron aranceles elevados a los productos alemanes, a los industriales alemanes les resultó difícil introducir sus productos en Rusia. (Hablamos, por supuesto, de hechos ocurridos cuando los industriales estaban en el poder, antes de los días del Gobierno soviético).

Pero cuando les resultó difícil exportar sus mercancías a Rusia, se le abrió otro camino a los capitalistas alemanes. Comenzaron a introducir su capital en Rusia.

Construyeron fábricas allí; compraron acciones de empresas rusas o pusieron en marcha nuevas empresas, dotándolas de capital.

¿Supusieron los aranceles algún obstáculo? De ninguna manera. Lejos de ser un obstáculo, fueron una ayuda; promovieron positivamente la entrada de capital. Por la siguiente razón.

Cuando el capitalista alemán tiene una fábrica en Rusia, y cuando él también pasa a ser miembro del sindicato «ruso», por supuesto que el arancel ruso le ayuda a obtener ganancias extraordinarias. Los aranceles de importación le resultan tan útiles para desplumar al público ruso como a sus colegas rusos.

El capital se desplaza de un país a otro no solo para fundar nuevas empresas en este último o para apoyar a las que ya existen.

En muchos casos, la introducción de capital toma la forma de un préstamo al gobierno del país en el que se introduce el capital, un préstamo a un tipo de interés fijo. Esto significa que el gobierno prestatario aumenta su deuda nacional, endeudándose con el gobierno prestamista.

En tales casos, el gobierno deudor suele comprometerse a colocar todos los empréstitos (y especialmente los empréstitos de guerra) entre los industriales del Estado acreedor. Así, vastas cantidades de capital pasan de un Estado a otro, incorporadas en parte a edificios y empresas manufactureras, y adoptando en parte la forma de empréstitos de Estado.

Bajo el dominio del capital financiero, la exportación de capital alcanza proporciones gigantescas.

Daremos ciertas cifras que todavía pueden enseñarnos mucho, aunque estén un tanto anticuadas. En el año 1902, Francia tenía en veintiséis Estados extranjeros inversiones por un valor aproximado de treinta y cinco mil millones de francos: cerca de la mitad de esta suma correspondía a empréstitos estatales. La parte del león había ido a parar a Rusia (diez mil millones). Como paréntesis, podemos señalar que esta es la razón por la cual la burguesía francesa está tan furiosa porque nosotros, los rusos, hemos anulado las deudas zaristas y nos hemos negado a pagar a los usureros franceses. Hacia el año 1905, la suma de capital extranjero importado a Rusia ya superaba los cuarenta mil millones. En el año 1911, las inversiones extranjeras de Gran Bretaña ascendían a unos mil seiscientos millones de libras esterlinas; pero si incluimos los empréstitos a las colonias británicas, la suma invertida en el extranjero por los británicos ascendía a tres mil millones de libras esterlinas. Alemania, antes de la guerra, tenía inversiones extranjeras que ascendían a algo así como treinta y cinco mil millones de marcos. — En una palabra, todos los gobiernos capitalistas exportan vastas cantidades de capital para, con la ayuda de este capital, saquear a los países extranjeros.

Además, la exportación de capital acarrea importantes consecuencias. Los diversos Estados poderosos comienzan a competir por la posesión de aquellas áreas territoriales o Estados menores a los que desean exportar capital.

Pero aquí hay otro punto al que debemos llamar la atención. Cuando los capitalistas exportan capital a una tierra «extranjera», el riesgo implicado no es el de ciertas cantidades de mercancías, sino el de inmensas sumas de dinero que ascienden a millones y millardos.

Evidentemente, por lo tanto, surgirá un fuerte deseo de tomar por completo en sus manos los países menores en los que han invertido capital, y de enviar ejércitos para proteger este capital. En los Estados exportadores surge así la aspiración de someter estos territorios a sus propias autoridades gubernamentales, de hacerlo a toda costa, simplemente de conquistarlos, de anexionarlos por la fuerza.

Se produce por parte de varios Estados fuertes y rapaces una invasión competitiva de los territorios débiles, y es evidente que, a la larga, los merodeadores deben entrar en colisión mutua. Tales enfrentamientos han tenido lugar en la práctica. En consecuencia, la exportación de capital ha conducido a la guerra.

Tenemos ahora algunos puntos adicionales que considerar. Con el crecimiento de los sindicatos y la introducción de aranceles, la lucha por los mercados se intensifica enormemente. Ya hacia finales del siglo XIX no se podía encontrar ningún territorio que permaneciera completamente libre para la exportación de mercancías, ni ninguna región en la que el capitalista no hubiera puesto aún el pie.

Comenzaba una gran subida en el precio de las materias primas; los metales, la lana, la madera, el carbón y el algodón se estaban encareciendo. Durante los años inmediatamente anteriores a la guerra, se había producido una lucha encarnizada por los mercados y una pugna por nuevas fuentes de materias primas.

Los capitalistas husmeaban por todo el mundo en busca de nuevas minas de carbón y nuevos yacimientos de mineral; buscaban nuevos mercados a los que exportar los productos de sus metalúrgicas, sus telares y otras fábricas; querían un público nuevo, un público «fresco» al que saquear.

En días pasados, con bastante frecuencia, los competidores de cualquier país consistían en empresas cuya competencia era «pacífica»; seguían manteniendo relaciones tolerablemente buenas.

Bajo el dominio de los bancos y los fideicomisos, se ha producido un gran cambio. Supongamos que se han descubierto nuevos yacimientos de cobre. Son inmediatamente acaparados por un banco o un fideicomiso, que los toma enteramente bajo su poder, los monopoliza. A los capitalistas de otros países no les queda más que consolarse con el refrán: «A lo hecho, pecho».

Las mismas consideraciones se aplican a la lucha por los mercados. Supongamos que el capital de allende los mares llega a una colonia remota.

La venta de mercancías se organiza entonces a gran escala. El negocio suele caer en manos de una empresa gigantesca. Al abrir sucursales en el lugar, ejerce presión sobre las autoridades locales, procurando de este modo, y mediante mil astucias y estratagemas, acaparar el mercado, asegurarse un monopolio y excluir a todos los competidores.

Es obvio que el capital monopolista y los magnates de los trusts y los sindicatos deben actuar según su naturaleza. No vivimos en los «buenos viejos tiempos», sino en una era de guerra entre ladrones y saqueadores monopolistas.

Inevitablemente, por lo tanto, SIMULTÁNEAMENTE CON EL CRECIMIENTO DEL CAPITAL FINANCIERO DEBE PRODUCIRSE UNA GRAN INTENSIFICACIÓN DE LA LUCHA POR LOS MERCADOS Y LAS MATERIAS PRIMAS, Y ESTO NO PUEDE DEJAR DE CONDUCIR A COLISIONES VIOLENTAS.

Durante el último cuarto del siglo XIX, los grandes Estados bandidos se apoderaron despiadadamente de numerosas regiones pertenecientes a naciones más pequeñas.

Entre 1876 y 1914, las llamadas Grandes Potencias se anexionaron aproximadamente diez millones de millas cuadradas de territorio.

En otras palabras, arrebataron un territorio cuya superficie total es dos veces mayor que la de Europa.

El mundo entero había sido repartido entre los grandes bandidos; todos los demás países se habían convertido en sus colonias, sus tributarios o sus esclavos.

Gran Bretaña desde 1870 ha anexionado en Asia: * Baluchistán, * Birmania, * Weihaiwei, y * el territorio continental adyacente a Hong Kong;

ha ampliado los Estrechos Malayos; ha adquirido Chipre y el norte de Borneo británico.

En Australasia y Oceanía ha anexionado varias islas, ha ocupado la parte oriental de Nueva Guinea, ha anexionado una gran parte de las islas Salomón, la isla de Tonga, etc.

Sus nuevas posesiones en África son: * Egipto, * el Sudán septentrional, * Uganda, * el África Oriental Ecuatorial, * la Somalia británica, * Zanzíbar y Pemba.

Se ha tragado las dos repúblicas bóeres, ha ocupado Rodesia y el África Central británica, ha anexionado Nigeria, y así sucesivamente, y así sucesivamente.

  • Francia, desde 1870, ha adquirido Annam; ha conquistado Tonkín; se ha anexionado Laos, Túnez, Madagascar, grandes porciones del Sáhara, Sudán y la costa de Guinea; ha adquirido territorios en la Costa de Marfil, en Dahomey, en Somalilandia, etc.

Como resultado, a principios del siglo XX las colonias francesas tenían una superficie que equivalía a casi veinte veces la de la metrópoli.

(Las colonias británicas en esta fecha superaban en más de cien veces el tamaño de la metrópoli.)

Alemania comenzó a participar en el juego del reparto algo más tarde, hacia 1884; pero en poco tiempo logró asegurarse una parte considerable del botín.

La Rusia zarista ha aplicado asimismo una política de rapiña a gran escala. En los últimos años, esta se dirigió principalmente hacia Asia, y de ahí sobrevino un conflicto con Japón, pues este último intentaba saquear Asia por el otro lado.

Los Estados Unidos anexionaron numerosas islas en el mar Caribe y, posteriormente, practicaron una política anexionista en el continente americano. Su actitud hacia México ha sido extremadamente amenazante.

En el año 1914 los territorios nacionales de las seis Grandes Potencias sumaban en total unos seis millones de millas cuadradas. La superficie total de sus posesiones coloniales en la misma fecha era de aproximadamente treinta millones de millas cuadradas.

Sobran las palabras para decir que en un principio tales robos se efectuaban a costa de los países más pequeños, de aquellos que estaban desprotegidos y eran débiles. Fueron los primeros en arruinarse.

Del mismo modo que en la lucha entre los fabricantes y los artesanos independientes estos últimos fueron los primeros en sucumbir, ocurrió aquí.

Los grandes fideicomisos estatales, los grandes capitalistas organizados para el robo, comenzaron por aplastar a los gobiernos menores y apoderarse de sus posesiones.

En la economía mundial, la centralización del capital avanzó por los caminos conocidos; los Estados menores se arruinaron mientras los grandes Estados bandidos se enriquecían, se hacían más grandes y más poderosos.

Tan pronto como hubieron anexionado el mundo entero, comenzaron a luchar más ferozmente entre ellos.

Era inevitable que los bandidos se disputaran ahora el botín, que lucharan por una redistribución del mundo. Quedaban Estados ladrones gigantescos, y un combate a vida o muerte iba a sobrevenir entre estos supervivientes.

LA POLÍTICA DE CONQUISTA QUE EL CAPITAL FINANCIERO PERSIGUE EN LA LUCHA POR LOS MERCADOS, POR LAS FUENTES DE MATERIAS PRIMAS Y POR LOS LUGARES EN LOS QUE EL CAPITAL PUEDE SER INVERTIDO, SE CONOCE COMO IMPERIALISMO.

El imperialismo nace del capital financiero. Así como un tigre no puede vivir de hierba, el capital financiero no puede existir sin una política de conquista, expoliación, violencia y guerra.

El deseo esencial de cada uno de los trusts estatales capitalistas financieros es dominar el mundo; establecer un imperio mundial, en el cual el pequeño grupo de capitalistas pertenecientes a las naciones victoriosas ejerza un dominio indiviso.

El imperialista británico, por ejemplo, sueña con una “Gran Bretaña” que gobierne todo el mundo — un mundo en el que los magnates de los trusts británicos manden sobre el trabajo de negros y rusos, alemanes y chinos, hindúes y armenios, esclavos de todos los colores, negros, blancos, amarillos y rojos.

Gran Bretaña no está lejos de la consecución de este ideal. Pero cuanto más acapara, más quiere. Lo mismo ocurre con los imperialistas de otras naciones.

  • Los imperialistas rusos sueñan con una “Gran Rusia”;
  • Los imperialistas alemanes sueñan con una “Gran Alemania”;
  • y así sucesivamente.

Por parte de estos “grandes”, por supuesto, se practica una descarada expoliación de todos los demás.

De este modo, por lo tanto, el reinado del capital financiero debe arrastrar inevitablemente a toda la humanidad al sangriento abismo de una guerra en beneficio de los banqueros y los magnates de los trusts; una guerra que no se libra por la tierra propia, sino por el pillaje de otras tierras; una guerra que se lleva a cabo para que el mundo sea subyugado por el capital financiero del país conquistador.

Tal fue la naturaleza de la primera gran guerra mundial, durante los años 1914 a 1918.

28. Militarismo.

El dominio del capital financiero, de los barones de la banca y de los magnates de los trusts, encuentra su expresión en otro fenómeno de suma importancia, a saber, el crecimiento sin precedentes del gasto en armamentos: ejército, marina y fuerza aérea.

La razón de esto es obvia. En épocas anteriores, ningún bandido soñó jamás con el dominio mundial. Ahora, sin embargo, los pensamientos de los imperialistas se dirigen seriamente en esta dirección. Nunca antes se había librado una contienda entre trusts estatales de una fuerza tan monstruosa.

Como resultado de esta nueva situación, los Estados se han armado hasta los dientes. Las Grandes Potencias, ladrones profesionales, se vigilan las unas a las otras, pues cada una teme que su vecina la ataque por la retaguardia. A toda Gran Potencia le resulta necesario mantener un ejército, no solo para el servicio colonial, no solo para la represión de los trabajadores, sino además para la lucha contra sus colegas bandidos.

Si alguna de las Potencias introduce un nuevo sistema de armamentos, las demás potencias se esfuerzan ávidamente por superar ese avance, ya que temen quedarse atrás en la carrera. Así se desencadena una loca rivalidad armamentista en la que cada Estado intenta superar al resto.

Se forman empresas gigantescas, los trusts de los reyes de los cañones: Putilov, Krupp, Armstrong, Vickers, etc. Los trusts armamentísticos obtienen beneficios descomunales; están aliados con los estados mayores de los ejércitos; se esfuerzan por echar leña al fuego, por promover ocasiones de conflicto, dado que el volumen de sus ganancias depende de la guerra.

Tal era el cuadro disparatado que ofrecía la sociedad capitalista justo antes de la gran guerra.

Los fideicomisos estatales estaban repletos de bayonetas; en tierra, en mar y en aire, todo se había preparado para la lucha mundial; en los diversos presupuestos nacionales, las estimaciones militares y navales ocupaban un lugar cada vez mayor.

  • En Gran Bretaña, por ejemplo, en 1875 el gasto destinado a fines bélicos representaba el 38,6 por ciento del presupuesto anual para todos los fines, lo que no era mucho más de un tercio; hacia 1907-1908, la proporción había ascendido al 48,6 por ciento, casi la mitad.
  • En los EE. UU., la proporción del gasto nacional en fines bélicos para el año 1908 fue del 56,9 por ciento, lo que representaba considerablemente más de la mitad.

Ocurría lo mismo en otras tierras. El «militarismo prusiano» florecía en todos los grandes fideicomisos estatales. Los reyes del armamento llenaban sus tesoros. El mundo entero se apresuraba a un ritmo acelerado hacia la más sangrienta de todas las guerras, hacia la guerra mundial del imperialismo.

De excepcional interés fue la rivalidad armamentística entre las burguesías británica y alemana.

En el año 1912, Inglaterra decidió botar tres superdreadnoughts por cada dos que botara Alemania.

En 1918, según los presupuestos navales, la flota alemana del mar del Norte debía contar con 17 dreadnoughts frente a 21 británicos; en 1916 el número debía ser de 26 alemanes y 36 británicos; y así sucesivamente.

El gasto en el ejército y la armada aumentó de la siguiente manera:

En el transcurso de 20 años el gasto se había duplicado; en el caso de Japón se había multiplicado por 13. La danza de los armamentos se volvió aún más animada poco antes de la guerra.

  • Francia destinó a fines bélicos 50.000.000 de libras en 1910, y 74.000.000 en 1914.
  • Alemania gastó 47.800.000 libras en 1906, y 94.800.000 en 1914; es decir, el gasto se duplicó en ocho años.
  • Aún más extraordinario fue el gasto británico. En 1900 este ascendía a 49.900.000 libras; en 1910 ya era de 69.400.000; en 1914, las cifras fueron de 80.400.000 libras. En el año 1918 el gasto naval de Gran Bretaña por sí solo ascendió a una suma mayor que el total de lo que todas las potencias habían gastado en sus flotas en 1886.
  • En cuanto a la Rusia zarista, en el año 1892 el país gastó en armamentos 29.300.000 libras; en 1902, 42.100.000; en 1906, 52.900.000. En el año 1914 el presupuesto de guerra ruso ascendía a 97.500.000 libras.

Los gastos con fines bélicos absorbieron una proporción enorme de los ingresos nacionales. En el caso de Rusia, por ejemplo, un tercio de la suma presupuestada se destinaba a los armamentos; de hecho, si tenemos en cuenta los préstamos, la proporción era aún mayor.

He aquí las cifras. Por cada 100 libras esterlinas gastadas en la Rusia zarista, se gastaban:

Los presupuestos de otros Estados tenían el mismo carácter. Véase la Gran Bretaña "democrática", por ejemplo. En el año 1904, por cada 100 libras gastadas, se gastaron:

29. La guerra imperialista de 1914 a 1918.

Era inevitable que la política imperialista de las «Grandes Potencias» las llevara tarde o temprano a chocar entre sí.

Indiscutiblemente, el juego de rapiña practicado por todas las «Grandes Potencias» fue la verdadera causa de la guerra. Solo un idiota puede seguir creyendo que la guerra se produjo porque los serbios mataron al archiduque heredero de Austria o porque los alemanes invadieron Bélgica.

En un principio, hubo mucha discusión sobre quién era el responsable de la catástrofe.

  • Los capitalistas alemanes sostenían que Rusia era la agresora, mientras que los rusos pregonaban por todas partes que Alemania había comenzado.
  • En Gran Bretaña se corrió la voz de que los británicos habían entrado en la contienda en defensa de la «valiente y pequeña Bélgica».
  • En Francia, todo el mundo escribía, gritaba y cantaba para demostrar lo gloriosamente que se estaba comportando Francia en defensa de la heroica nación belga.
  • Simultáneamente, en Austria y Alemania se trumpeteaba que estos dos países estaban repeliendo una invasión cosaca y libraban una guerra puramente defensiva.

De principio a fin, todo esto fue un disparate; fue un fraude contra los trabajadores. El fraude era necesario para permitir que la burguesía obligara a sus soldados a ir a la batalla.

No era la primera vez que la burguesía utilizaba tales métodos. Ya hemos visto anteriormente que los magnates de los trusts introdujeron aranceles elevados para que, mientras saqueaban a sus compatriotas, pudieran conquistar más fácilmente el mercado extranjero. Para ellos, por lo tanto, los derechos de aduana eran un medio de ataque. Pero la burguesía insistía en que los derechos se imponían con el fin de proteger la industria nacional.

Lo mismo ocurrió en el caso de la guerra. La esencia de la guerra imperialista, que iba a someter al mundo al yugo del capital financiero, residía en que en ella todos eran agresores. Hoy esto está más claro que el agua.

Los lacayos del zarismo declararon que se estaban defendiendo. Pero cuando la revolución de noviembre abrió los archivos ministeriales y cuando se publicaron los secretos tratados, se aportaron pruebas documentales de que tanto el zar como Kérenski, de acuerdo con los británicos y los franceses, estaban librando la guerra en aras del botín, de que querían apoderarse de Constantinopla, saquear Turquía y Persia, y robar Galitzia a Austria. Estas cosas son ahora tan evidentes como que dos y dos son cuatro.

Los imperialistas alemanes también terminaron por quedar al descubierto. Pensemos en el tratado de Brest-Litovsk; pensemos en los pillajes en Polonia, Lituania, Ucrania y Finlandia.

La revolución alemana también ha conducido a numerosas revelaciones. Hemos sabido por pruebas documentales que Alemania estaba dispuesta a atacar por amor al saqueo, y que había planeado apoderarse de vastas extensiones de territorios y colonias extranjeros.

¿Y qué hay de los «nobles» Aliados? Ellos también han quedado completamente desenmascarados. Nadie puede creer en su nobleza después del tratado de Versalles. Han despojado a Alemania hasta dejarla en los huesos; han exigido una indemnización de guerra de doce mil millones y medio; se han quedado con toda la flota alemana y todas las colonias alemanas; se han apoderado de la mayor parte de las locomotoras y de las vacas lecheras como garantía de la indemnización. Han devastado Rusia en el norte y en el sur. Ellos también han estado luchando por el botín.

Los bolcheviques comunistas dijeron todo esto al comienzo mismo de la guerra. Pero por entonces pocos les creyeron. Hoy, cualquiera que no esté en un manicomio puede ver que es verdad. El capital financiero es un ladrón codicioso y sanguinario, sin importar cuál sea la nacionalidad de los capitalistas. Da igual que sean rusos, alemanes, franceses, ingleses, japoneses o estadounidenses.

Vemos, pues, que cuando hablamos de la guerra imperialista es absurdo decir que un imperialista es culpable y que otro es inocente, decir que unos imperialistas fueron los agresores y que otros estaban a la defensiva.

Todas estas afirmaciones se hacen únicamente con el fin de engañar a los trabajadores. En realidad, las Potencias habían comenzado todas con agresiones contra los pueblos más pequeños en cuyas tierras establecieron sus colonias; todas albergaron designios de saqueo mundial; en todos los países por igual, los capitalistas esperaban someter al mundo entero al capital financiero de su propio país.

Una vez comenzada, la guerra no podía dejar de ser una guerra mundial. La razón es evidente. Casi todo el mundo se había repartido entre las «Grandes Potencias», y las Potencias estaban íntimamente conectadas por los lazos de un sistema económico de escala mundial. No sorprende, por tanto, que la guerra involucrase a todos los países y afectase a ambos hemisferios.

Gran Bretaña, Francia, Italia, Bélgica, Rusia, Alemania, Austria-Hungría, Serbia, Bulgaria, Rumanía, Montenegro, Japón, Estados Unidos, China y una docena de Estados menores fueron arrastrados al sangriento vórtice.

La población total del mundo ronda los mil quinientos millones. Toda esta vasta población sufrió directa o indirectamente las miserias de la guerra, que les fue impuesta por un pequeño grupo de criminales capitalistas.

  • Nunca antes el mundo había visto ejércitos tan inmensos como los que ahora se alineaban,
  • nunca antes había conocido instrumentos de muerte y destrucción tan monstruosos.

Tampoco el mundo había presenciado jamás una masa de capital tan irresistible. Gran Bretaña y Francia pusieron al servicio de sus arcas no sólo a los británicos y franceses de nacimiento, sino además a los miles y miles de esclavos coloniales de piel negra y de piel amarilla. Los ladrones civilizados no dudaron en alistar caníbales entre sus tropas, cuando los había.

Todo esto se hizo en nombre de los más elevados ideales.

La guerra de 1914 tuvo sus prototipos en las guerras coloniales. De este carácter fueron las siguientes:

  • las campañas de las potencias «civilizadas» contra China;
  • la guerra hispano-estadounidense;
  • la guerra ruso-japonesa del año 1904 (a causa de Corea, Port Arthur, Manchuria, etc.);
  • la campaña italiana en Trípoli en 1912;
  • la guerra de los bóeres a principios de siglo, cuando la Inglaterra «democrática» aplastó brutalmente a las dos repúblicas sudafricanas.

Hubo varias ocasiones en las que se atisbó la amenaza de una conflagración internacional gigantesca.

El reparto de África estuvo a punto de desencadenar una guerra entre Gran Bretaña y Francia (el incidente de Fashoda). Alemania y Francia se vieron enemistadas a causa de Marruecos. En cierta ocasión, la Rusia zarista estuvo a punto de entrar en guerra con Gran Bretaña en relación con el reparto de Asia Central.

Al comienzo de la guerra mundial, el conflicto de intereses entre Inglaterra y Alemania respecto a la predominancia territorial en África, Asia Menor y los Balcanes pasó a primer plano.

Los acontecimientos se desarrollaron de tal manera que los aliados de Gran Bretaña fueron, en primer lugar, Francia, que esperaba arrancar Alsacia-Lorena a Alemania, y en segundo lugar, Rusia, en busca de oportunidades de especulación en los Balcanes y Galitzia.

El imperialismo rapaz de Alemania aseguró a su principal aliado en Austria-Hungría.

El imperialismo estadounidense entró en el conflicto comparativamente tarde, después de observar durante un tiempo cómo las potencias europeas se iban agotando con sus luchas.

Además del militarismo, uno de los métodos más aborrecibles empleados en la rivalidad entre las potencias imperialistas es la diplomacia secreta, que se vale de tratados secretos y conspiraciones, y que no retrocede ante el uso del cuchillo del asesino ni de la bomba del dinamitero.

Los verdaderos fines de la guerra imperialista se plasmaron en los tratados secretos entre Gran Bretaña, Francia y Rusia, por un lado, y entre Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria, por el otro.

Es evidente que los agentes secretos de la Entente estaban al tanto del asesinato del príncipe heredero austríaco, ocurrido cinco semanas antes de la guerra. Por otra parte, la diplomacia alemana no se desconsertó en absoluto por el asesinato. Por ejemplo, Rohrbach, el imperialista alemán, escribió:

«Podemos considerarnos afortunados de que la gran conspiración antialemana se haya manifestado antes del tiempo previsto a través del asesinato del archiduque Francisco Fernando. Dos años después, la guerra habría sido mucho más difícil».

Los agentes provocadores alemanes habrían estado perfectamente dispuestos a asesinar al príncipe heredero alemán con el fin de desencadenar la guerra; ni los agentes secretos británicos, franceses o rusos habrían vacilado tampoco ante el asesinato de este mismo príncipe.

30. Capitalismo de Estado y las clases.

La conducta de la guerra imperialista se diferenció de la de todas las guerras anteriores, no solo por las dimensiones del conflicto y por sus efectos devastadores, sino además por el hecho de que en cada país activamente involucrado en la guerra imperialista toda la vida económica tuvo que ser subordinada a los fines bélicos.

En los conflictos pasados, la burguesía podía llevarlos a cabo meramente aportando fondos. La guerra mundial, sin embargo, alcanzó proporciones tan enormes y afectó a países tan altamente desarrollados que el dinero por sí solo no bastaba.

En esta guerra se volvió fundamental que las fundiciones de acero se dedicaran por completo a la fabricación de cañones pesados, cuyo calibre se ampliaba continuamente; que el carbón fuera extraído únicamente para fines de guerra; que los metales, los textiles, las pieles, todo, fuera empleado al servicio de la guerra.

Por lo tanto, era natural que la mayor esperanza de victoria fuera para aquel de los fideicomisos [o trusts] capitalistas de Estado que mejor pudiera atar la producción y el transporte al carro de la guerra.

¿Cómo debía lograrse esto? Manifiestamente, la única manera en que podía lograrse era mediante la centralización completa de la producción. Sería necesario disponer las cosas de tal modo que la producción marchara sin tropiezos; que estuviera bien organizada; que se hallara enteramente bajo el control de los combatientes, es decir, del estado mayor; que todas las órdenes de aquellos que llevaban charreteras y estrellas fueran cumplidas puntualmente.

¿Cómo pudo la burguesía hacer tal cosa? El asunto era bastante sencillo. Para tal fin era necesario que la burguesía pusiera la producción privada, los trusts y los sindicatos de propiedad privada, a disposición del Estado capitalista rapaz.

Esto es lo que hicieron durante la duración de la guerra. La industria fue «movilizada» y «militarizada», es decir, fue puesta bajo las órdenes del Estado y de las autoridades militares.

«¿Pero cómo?», preguntarán algunos de nuestros lectores. «¿De ese modo la burguesía seguramente perdería sus ingresos? ¡Eso sería nacionalización! Cuando todo ha sido entregado al Estado, ¿dónde queda la burguesía y cómo se reconciliarán los capitalistas con semejante estado de cosas?».

Es un hecho real que la burguesía accedió al acuerdo. Pero no hay nada muy notable en ello, pues los sindicatos y trusts de propiedad privada no fueron entregados al Estado de los trabajadores, sino al Estado imperialista, el Estado que pertenecía a la burguesía. ¿Había algo que alarmara a la burguesía en semejante perspectiva? Los capitalistas simplemente trasladaron sus posesiones de un bolsillo a otro; las posesiones siguieron siendo tan grandes como siempre.

Nunca debemos olvidar el carácter de clase del Estado. El Estado no debe ser concebido como si constituyera un «tercer poder» situado por encima de las clases; de la cabeza a los pies es una organización de clase.

Bajo la dictadura de los trabajadores es una organización de la clase obrera. Bajo el dominio de la burguesía es de manera igualmente definida una organización económica, tal como lo es un trust o un sindicato.

Vemos, pues, que cuando la burguesía entregó los sindicatos y trusts de propiedad privada al Estado, se los entregó a su propio Estado, al Estado capitalista de rapiña y no al Estado proletario; por consiguiente, no tenía nada que perder con el cambio.

¿No es exactamente lo mismo para un fabricante, a quien podemos llamar Schulz o Smith, recibir sus beneficios de la contabilidad de un sindicato o de un banco estatal?

Lejos de perder con el cambio, la burguesía en realidad ganó. Hubo una ganancia porque, mediante la centralización estatal de la industria, se permitió que la máquina de guerra funcionara con mayor eficacia y hubo mayores probabilidades de ganar la guerra de rapiña.

No es de extrañar, por tanto, que en casi todos los países capitalistas tuviera lugar durante la guerra un desarrollo del capitalismo de Estado en lugar del capitalismo de los sindicatos o fideicomisos privados.

Alemania, por ejemplo, obtuvo muchos éxitos y pudo resistir durante un largo período el ataque de enemigos de una fuerza muy superior, simplemente porque la burguesía alemana tuvo tanto éxito en la organización de su capitalismo de Estado.

El cambio al capitalismo de Estado se efectuó de diversas maneras. En la mayoría de los casos se instituyó un monopolio estatal de la producción y el comercio. Esto implicaba que la producción y el comercio quedaban por completo en manos del Estado burgués. A veces la transformación no se efectuaba de golpe, sino a plazos. Esto ocurría cuando el Estado se limitaba a comprar algunas de las acciones del sindicato o del trust.

Una empresa en la que esto había tenido lugar era mitad privada y mitad un asunto de Estado, pero el Estado burgués llevaba las riendas.

Además, incluso cuando ciertas empresas permanecían en manos privadas, a menudo estaban sometidas al control gubernamental.

Algunas empresas se veían obligadas por una legislación especial a comprar sus materias primas a ciertas otras, mientras que estas últimas tenían que vender a las primeras en cantidades especificadas y a precios fijos.

El Estado prescribía los métodos de trabajo, especificaba qué materiales debían utilizarse y racionaba dichos materiales.

Así, en lugar del capitalismo privado, surgió el capitalismo de Estado.

Bajo el capitalismo de Estado, en lugar de las organizaciones separadas de la burguesía, florece ahora una organización unida: la organización del Estado. Hasta la época de la guerra existía en cualquier país capitalista la organización estatal de la burguesía, y existían también, separadas del Estado, gran número de organizaciones burguesas, tales como sindicatos, trusts, sociedades de empresarios, organizaciones de terratenientes, partidos políticos, asociaciones de periodistas, sociedades científicas, círculos de artistas, la iglesia, asociaciones del clero, exploradores (Boy Scouts) y cuerpos de cadetes (organizaciones de la Guardia Blanca para la juventud), agencias de detectives privados, etc. Bajo el capitalismo de Estado, todas estas organizaciones separadas se funden con el Estado burgués; se convierten, por decirlo así, en departamentos del Estado, y trabajan de acuerdo con un plan general, sujetas al «alto mando»; en las minas y en las fábricas hacen lo que les ordena el estado mayor; escriben en los periódicos por orden del estado mayor; predican en las iglesias aquello que sea útil a los ladrones del estado mayor; sus cuadros, sus libros y sus poemas se producen bajo las órdenes del estado mayor; inventan maquinaria, armas, gases venenosos, etc., para satisfacer las necesidades del estado mayor. De este modo, toda la vida se militariza con el fin de asegurar a la burguesía la percepción continuada de su sucia ganancia.

El capitalismo de Estado significa un enorme incremento de fuerza para la gran burguesía.

Del mismo modo que bajo la dictadura de la clase obrera, en el Estado obrero, la clase trabajadora es más poderosa en la medida en que la autoridad de los sóviets, los sindicatos, el Partido Comunista, etc., actúan con mayor armonía, así también bajo la dictadura de la burguesía la clase capitalista es fuerte en la medida en que todas las organizaciones burguesas reman juntas con éxito.

El capitalismo de Estado, al centralizar todas estas organizaciones, al convertirlas a todas en instrumentos de una sola organización unida, contribuye inmensamente al poder del capital.

La dictadura burguesa alcanza su punto culminante en el capitalismo de Estado.

El capitalismo de Estado floreció durante la guerra en todos los grandes países capitalistas. También en la Rusia zarista comenzó a abrirse paso (en forma de comités de industria de guerra, monopolios, etc.).

Posteriormente, sin embargo, la burguesía rusa, alarmada por la revolución de marzo de 1917, temió que la industria de producción pasara a manos del proletariado junto con el poder del Estado. Por esta razón, tras la revolución de marzo, la burguesía no solo se abstuvo de intentar organizar la producción, sino que saboteó positivamente la industria.

Vemos que el capitalismo de Estado, lejos de poner fin a la explotación, en realidad acrecienta el poder de la burguesía.

Sin embargo, los scheidemannistas en Alemania y los solidarios sociales en otras tierras han sostenido que este trabajo forzado es el socialismo. Tan pronto como todo esté en manos del Estado, afirman, el socialismo se realizará.

No alcanzan a ver que en un sistema así el Estado no es un Estado proletario, ya que está en manos de quienes son los enemigos acérrimos y mortales del proletariado.

El capitalismo de Estado, que unió y organizó a la burguesía y aumentó el poder del capitalismo, ha debilitado enormemente, por supuesto, a la clase trabajadora. Bajo el capitalismo de Estado, los obreros se convirtieron en los esclavos blancos del Estado capitalista. Fueron privados del derecho a la huelga; fueron movilizados y militarizados; todo aquel que alzaba su voz contra la guerra era llevado ante los tribunales y condenado por traición. En muchos países se privó a los trabajadores de toda libertad de movimiento, prohibiéndoseles trasladarse de una empresa a otra. Los obreros asalariados «libres» fueron reducidos a la servidumbre; fueron condenados a perecer en los campos de batalla, no en pro de su propia causa, sino en pro de la de sus enemigos. Fueron condenados a trabajar hasta la extenuación, no por su propio bien ni por el de sus compañeros o sus hijos, sino por el de sus opresores.

31. El colapso del capitalismo y la clase trabajadora.

De este modo, en un principio, la guerra contribuyó a la centralización y organización de la economía capitalista. Lo que los sindicatos, los bancos, los trusts y las empresas combinadas aún no habían logrado por completo, lo consumó rápidamente el capitalismo de Estado. Este creó una red con todos los órganos que regulaban la producción y la distribución. Preparó así el terreno, aún más plenamente que antes, para el momento en que el proletariado pudiera tomar en sus propias manos la gran producción, ahora centralizada.

Era inevitable que la guerra, cuyo peso oprimía tan fuertemente a la clase obrera, condujera a su debido tiempo a un levantamiento de las masas proletarias.

La característica principal de la guerra fue que resultó asesina en un grado sin precedentes. El reclutamiento de tropas avanzó a pasos de gigante. El proletariado quedó positivamente diezmado en los campos de batalla.

Los informes muestran que hasta marzo de 1917, el número de muertos, heridos y desaparecidos ascendía a un total de 25 millones; hacia el 1 de enero de 1918, el número de muertos había sido de aproximadamente 8 millones.

Si suponemos que el peso medio de un soldado es de 150 libras, esto significa que entre el 1 de agosto de 1914 y el 1 de enero de 1918, los capitalistas habían llevado al mercado mil doscientos millones de libras de carne humana putrefacta.

Para calcular la pérdida real de seres humanos, debemos sumar unos cuantos millones de inválidos permanentes. Si consideramos únicamente la sífilis, esta enfermedad se ha propagado a causa de la guerra en una medida casi increíble, de modo que el contagio es ahora prácticamente universal.

Como consecuencia de la guerra, las personas han perdido mucha aptitud física; los elementos más sanos, los más eficaces, aquellos que formaban la flor y nata de las naciones, han sido destruidos. Huelga decir que el peso principal de las pérdidas recayó sobre los obreros y los campesinos.

En los grandes centros de los Estados beligerantes podemos encontrar comunidades enteras de personas que han quedado lisiadas y monstruosamente mutiladas; hombres a los que les han arrancado la cara a balazos, con máscaras, se sientan en la miseria como testimonios vivientes de las delicias de la civilización burguesa.

El proletariado, sin embargo, no fue simplemente masacrado en el frente. Además, se impusieron cargas intolerables sobre los hombros de quienes quedaron con vida.

La guerra exigió un gasto frenético. Justo en el momento en que los propietarios de las fábricas acumulaban inmensas ganancias que pasaron a conocerse distintivamente como «ganancias de guerra», los obreros eran sometidos a fuertes impuestos con fines bélicos.

El costo de la guerra siguió aumentando sin medida. En el otoño de 1919, en la conferencia de paz, el ministro de hacienda francés declaró que la guerra les había costado a los beligerantes más de un billón de francos. El significado de tales cifras no es fácil de comprender. En otros tiempos, la cantidad de millas entre una estrella y otra se expresaba en términos similares. Ahora se emplean para calcular el costo de estos años de matanza criminal.

Un billón es un millón de millones. Tal ha sido el resultado de la guerra ideada por los capitalistas. Según otro cálculo, el costo de la guerra fue el siguiente:

Posteriormente, los costos de la guerra aumentaron aún más, alcanzando cifras pasmosas por su magnitud. Fue necesario recaudar sumas enormes para hacer frente a estos costos.

Naturalmente, por tanto, los Estados capitalistas ya han comenzado a imponer pesadas cargas a la clase trabajadora:

  • ya sea mediante impuestos directos;
  • o mediante impuestos a los artículos de consumo;
  • o, finalmente, para hacer que la burguesía también contribuya, mediante un aumento deliberado en el precio de los bienes por motivos patrióticos.

Los precios han seguido subiendo. Pero los fabricantes, y en especial aquellos que han estado fabricando cosas necesarias para la guerra, se han embolsado ganancias sin precedentes.

Los fabricantes rusos pudieron asegurar más del doble de los dividendos anteriores, y en ciertas empresas los beneficios fueron positivamente fabulosos. He aquí algunas de las cifras:

  • la empresa de nafta de los hermanos Mirosyev pagó un 40 por ciento;
  • Danshevsky Ltda., un 30 por ciento;
  • la fábrica de tabaco Kalfa, un 30 por ciento; y así sucesivamente.

En Alemania, durante los años 1913 y 1914, los beneficios netos en cuatro ramas de la industria, a saber, la química, la de explosivos, la metalúrgica y la de automóviles, ascendieron a 133 millones; durante los años 1915 y 1916 los beneficios totales en las mismas ramas ascendieron a 259 millones, prácticamente el doble.

En los Estados Unidos, los beneficios del Trust del Acero durante el primer semestre de 1916 fueron tres veces mayores que los beneficios durante el primer semestre de 1916. Los beneficios totales del Trust en 1915 fueron de 98 millones de dólares; en el año 1917 fueron de 478 millones de dólares. Se declararon varias veces dividendos del 200 por ciento.

Se podrían dar muchos más ejemplos. Hubo un aumento enorme similar en los beneficios bancarios. Durante la guerra, los peces pequeños entre los fabricantes se arruinaron, mientras que los grandes tiburones se enriquecieron increíblemente. En cuanto al proletariado, este cayó bajo el yugo de los impuestos y el aumento de los precios.

Los principales artículos producidos durante la guerra fueron metralla, proyectiles, explosivos de gran potencia, armas pesadas, tanques, aeroplanos, gas venenoso, pólvora, etc. Se fabricó una cantidad increíble de estos elementos necesarios.

En los Estados Unidos, surgieron nuevas ciudades como hongos alrededor de las fábricas de pólvora. Los propietarios de las nuevas fábricas de pólvora, en su afán de lucro, dirigieron el trabajo con tanta negligencia que las explosiones eran frecuentes. Por supuesto, los fabricantes de municiones obtuvieron enormes beneficios, de modo que sus negocios prosperaron de manera asombrosa.

Pero en lo que respecta a la gente común, las cosas empeoraron continuamente. Las cosas de valor real, como las que se pueden comer, vestir, etc., se producían en cantidades cada vez menores. Con pólvora y munición la gente puede disparar y destruir, pero la pólvora y la munición no sirven para comer ni para vestirse.

Sin embargo, toda la fuerza de los beligerantes se dedicó a la producción de pólvora y otros instrumentos de muerte. La producción de bienes de utilidad ordinaria se redujo cada vez más. Los trabajadores fueron reclutados para los ejércitos y la industria productiva se volcó por completo a los fines de la guerra. Había una escasez cada vez mayor de bienes útiles. De ahí surgieron la escasez de alimentos y los precios exorbitantes.

FALTA DE PAN, FALTA DE CARBÓN, FALTA DE TODOS LOS BIENES ÚTILES Y, ADEMÁS, UNA ESCASEZ MUNDIAL UNIDA A UN AGOTAMIENTO MUNDIAL, TALES FUERON LAS PRINCIPALES CONSECUENCIAS DE LA CRIMINAL GUERRA IMPERIALISTA.

Aquí hay algunos ejemplos de diferentes países.

En Francia, durante los primeros años de la guerra, la producción agrícola disminuyó de la siguiente manera:

En Gran Bretaña las reservas de mineral de hierro disminuyeron de la siguiente manera:

En otras palabras, las reservas de mineral de hierro estaban prácticamente agotadas a finales de 1917.

En Alemania la producción de hierro fundido fue la siguiente :

Debido a la escasez de carbón, la situación de la industria en todo el mundo era desesperada.

En Europa Central y Occidental, el principal proveedor de carbón era Gran Bretaña. En Gran Bretaña, a mediados de 1918, la producción de carbón se redujo en un 13 por ciento.

Ya en 1917, las principales industrias se encontraban prácticamente sin suministros de carbón.

  • Las centrales eléctricas recibían solo una sexta parte del carbón que necesitaban, mientras que las empresas textiles recibían únicamente una undécima parte del suministro anterior a la guerra.

En el momento de la conferencia de «paz» en Versalles, casi todos los países del mundo se veían afectados por una terrible crisis del carbón. Las fábricas cerraban por falta de combustible y los servicios ferroviarios se reducían. Se produjo una desorganización generalizada de la industria y el transporte.

Lo mismo sucedió en Rusia.

En 1917 la guerra había conducido a condiciones muy malas en lo que respecta al suministro de carbón. Las industrias del distrito de Moscú requerían 12.000.000 de poods de carbón por mes (61 poods = 1 tonelada). La administración de Kérenski prometió suministrar 6.000.000 de poods, la mitad de la cantidad normal. Los suministros reales fueron los siguientes:

No es sorprendente que la industria rusa, lejos de mostrar «una expansión tremenda», estuviera prácticamente paralizada. Aquí, como en todo el mundo, comenzaba la ruina del capitalismo. En 1917, bajo el régimen de Kerenski, el cierre de fábricas alcanzó las siguientes proporciones:

La ruina avanzaba a pasos agigantados.

Si deseamos examinar el aumento de los precios debido en parte a la escasez y en parte a la inflación monetaria, basta con remitirnos a Gran Bretaña, que de todos los beligerantes originales fue el menos afectado por la guerra.

Aquí están los precios medios de cinco de los principales artículos de la dieta (té, azúcar, mantequilla, pan y carne):

Así, en el curso de la guerra, incluso en Gran Bretaña, los precios se más que duplicaron, y el aumento de los salarios estuvo muy lejos de seguir el ritmo del incremento en el costo de vida.

En otros países, las condiciones fueron mucho peores. Fueron especialmente malas en Rusia, donde la guerra resultó positivamente ruinosa y el país quedó reducido a la condición de un mendigo andrajoso dependiente del favor de los señores del capital.

En los Estados Unidos, país aún menos afectado por la guerra que Gran Bretaña, entre 1913 y 1918 los precios de quince de los principales productos aumentaron un 160 por ciento, mientras que durante el mismo periodo el incremento de los salarios fue de tan solo el 80 por ciento.

A la postre, aun la producción con fines bélicos comenzó a languidecer por falta de carbón, acero y otros elementos esenciales. En todas partes, con la sola excepción de los Estados Unidos, cundía la pobreza; el hambre, el frío y la ruina avanzaban por todo el globo.

No hace falta decir que los principales sufridos por todos estos males fueron los miembros de la clase trabajadora, quienes por ello intentaron protestar. Contra ellos se declaró entonces la guerra, una guerra librada con toda la fuerza de los Estados burgueses rapaces.

En todas partes, tanto en los países republicanos como en los monárquicos, la clase trabajadora fue sometida a persecuciones sin precedentes. A los trabajadores no solo se les privó del derecho de huelga, sino que el más mínimo movimiento de protesta fue reprimido sin piedad. De este modo, la dominación del capitalismo condujo a la guerra civil entre las clases.

La resolución de la Tercera Internacional sobre el Terror Blanco ofrece un cuadro impactante de la persecución de los trabajadores durante la guerra. Dice así: Al estallar la guerra, las clases dominantes —que en los campos de batalla han masacrado a más de diez millones de hombres y han dejado tullido y mutilado a un número inmenso además— instauraron en los asuntos internos un régimen de sangrienta dictadura (como dictadura burguesa). En Rusia, el gobierno zarista fusiló y ahorcó a los trabajadores, organizó pogromos antijudíos y sofocó cualquier protesta. La burguesía británica masacró a algunos de los mejores representantes del pueblo irlandés. Los imperialistas alemanes exhalaron amenazas y matanzas, y los marinos insurrectos fueron las primeras víctimas de su brutal ira. En Francia, las autoridades fusilaron a los soldados rusos que se negaban a defender los intereses financieros de los banqueros franceses. En los Estados Unidos, la burguesía linchó a los internacionalistas, condenó a muchos de los mejores proletarios a veinte años de prisión y ametralló a los trabajadores en huelga.

El sistema capitalista se estaba desmoronando. La anarquía de la producción había conducido a la guerra, y esta había provocado una agudización enorme del conflicto de clases. Así, la guerra condujo a la revolución.

El capitalismo comenzaba a desintegrarse de dos maneras fundamentales. (Véase el § 18.) Se había iniciado la era del colapso del capitalismo. Examinemos este colapso más de cerca.

La sociedad capitalista se construyó sobre un único modelo en todas partes. Una fábrica se organizaba exactamente igual que una oficina gubernamental o que una división del ejército imperial. En la cima estaban los ricos, que mandaban; en la base estaban los pobres, los obreros y los asalariados, que obedecían; en el medio estaban los ingenieros superintendentes, los «suboficiales» [los capataces], los empleados de categoría superior, etc.

Se sigue, por consiguiente, que la sociedad capitalista solo puede mantenerse en existencia en tanto que el soldado raso (proveniente de las filas de los trabajadores) obedezca las órdenes del oficial (proveniente de la aristocracia, la pequeña nobleza rural o la burguesía más acomodada); en tanto que en las oficinas gubernamentales los subordinados obedezcan las órdenes de sus acaudalados jefes; y en tanto que en las fábricas los trabajadores continúen obedeciendo a los gerentes mejor pagados o a los dueños de fábricas que viven de la plusvalía.

Pero tan pronto como las masas trabajadoras se dan cuenta de que no son más que peones en manos de sus enemigos, se rompen los lazos que atan al soldado raso al servicio del oficial y que atan al obrero al servicio del dueño de la fábrica.

  • Los obreros dejan de acatar las órdenes del dueño de la fábrica;
  • los soldados rasos dejan de acatar las órdenes de sus oficiales;
  • los funcionarios civiles dejan de acatar las órdenes de sus jefes.

Then begins the period in which the old discipline is relaxed, that discipline which enabled the rich to rule the poor, which enabled the bourgeoisie to fleece the workers.

This period will inevitably continue until the new class (the proletariat) has subjugated the bourgeoisie, has forced the bourgeoisie to serve the workers, has established a new discipline.

Semejante estado de cosas, en el que el viejo orden ha sido destruido y el nuevo orden aún no ha sido creado, no puede terminar de ninguna otra manera que con la victoria completa del proletariado en la guerra civil.

32. La Guerra Civil.

La guerra civil es una guerra de clases extremadamente agudizada, y se produce cuando la guerra de clases ha conducido a la revolución. La guerra mundial imperialista entre los dos grupos de Estados burgueses, la guerra librada por el reparto del mundo, fue llevada a cabo por los esclavos del capital. Impuso cargas tan pesadas a los trabajadores que la guerra de clases se transformó en una guerra civil librada por los oprimidos contra sus opresores, la guerra que Marx había declarado ser la única guerra justa.

Era perfectamente natural que el capitalismo culminara en la guerra civil, que la guerra imperialista entre los Estados burgueses condujera a una guerra entre las clases.

Nuestro partido predijo este desarrollo desde el mismo comienzo de la guerra, en el año 1914, cuando nadie soñaba con la revolución. Sin embargo, era manifiesto que las intolerables cargas que la guerra imponía a la clase trabajadora debían conducir a una insurrección del proletariado.

Era, además, perfectamente claro que la burguesía no podía en absoluto asegurar una paz duradera, pues el conflicto de intereses entre los diversos grupos de saqueadores era demasiado vital.

Nuestras predicciones se han cumplido por completo. Tras los terribles años de guerra, brutalidad y devastación, comenzó una guerra civil contra los opresores. Esta guerra civil fue inaugurada por las revoluciones rusas de marzo y noviembre de 1917; la continuaron la revolución finlandesa, la revolución húngara, la revolución austriaca y la revolución alemana; las revoluciones en otros países han comenzado. Las burguesías no pueden traer una paz duradera. Los Aliados vencieron a Alemania en noviembre de 1918; la paz de los bandidos de Versalles se firmó muchos meses después; pero nadie sabe cuándo se efectuará el arreglo definitivo. Es evidente para todos que la paz de Versalles no es duradera. Ya han estallado disputas entre los yugoslavos y los italianos, entre los polacos y los checoslovacos, entre los polacos y los lituanos, entre los letones y los alemanes. Además, todos los Estados burgueses se han unificado para atacar a la república de los trabajadores rusos victoriosos. Así, la guerra imperialista está terminando en una guerra civil, cuyo resultado inevitable será la victoria del proletariado.

La guerra civil no es el resultado del capricho de ningún partido; su llegada no ha sido una cuestión de azar. La guerra civil es una manifestación de la revolución, y la revolución era absolutamente inevitable porque la guerra de rapiña de los imperialistas había abierto los ojos a las amplias masas de los trabajadores.

Pensar que la revolución puede llevarse a cabo sin guerra civil equivale a pensar que puede haber una revolución «pacífica». Cualquiera que crea esto (como lo creen los mencheviques, que profieren lamentos acerca de lo nocivo de la guerra civil) está apartándose de Marx para volverse hacia aquellos socialistas antediluvianos que imaginan que se puede convencer a los dueños de fábricas hablando con ellos. ¡Bien podríamos esperar acariciar a un tigre para persuadir al animal de que se alimente de hierba y deje en paz al ganado!

Marx era un defensor de la guerra civil, es decir, de la lucha del proletariado armado contra la burguesía. Escribiendo a propósito de la Comuna de París (el levantamiento de los obreros parisinos en el año 1871), Marx declara que los comuneros no habían sido suficientemente resolutivos. Utiliza términos de reproche en el manifiesto de la Primera Internacional (La guerra civil en Francia).

Leemos:

«Aun los sergents-de-ville, en vez de ser desarmados y encerrados, como se habría debido hacer, hallaron las puertas de París abiertas de par en par para su retirada segura a Versalles. A los hombres del "partido del orden" [este era el nombre que se daba entonces a los contrarrevolucionarios] no solo no se les hizo ningún daño, sino que se les permitió reagruparse y apoderarse pacíficamente de más de un bastión en el corazón mismo de París. […] En su renuencia a continuar la guerra civil abierta por Thiers [el equivalente francés de Denikin] […] el Comité Central cometió un grave error. Era urgentemente necesario marchar sobre Versalles […] para acabar de una vez por todas con las maquinaciones de Thiers y los terratenientes [Rurals]. En lugar de esto, se permitió de nuevo al "partido del orden" medir sus fuerzas en las urnas, en las elecciones municipales del 26 de marzo».*

Aquí Marx defiende claramente la represión armada de la contrarrevolución; defiende la guerra civil.

Engels, too, wrote as follows:

“Would the Commune of Paris have held its ground for a single day unless it had put its trust in the authority of the armed people against the bourgeoisie? Have we not, rather, the right to blame the Commune for having made so little use of its powers of compulsion?”

And this is how Engels defines the term revolution:

“A revolution is an act in which one part of the population imposes its will upon the other part by means of rifles, bayonets, and artillery.”

Vemos que los líderes del socialismo tomaron la revolución con mucha seriedad. Comprendieron que el proletariado no puede persuadir pacíficamente a la burguesía; comprendieron que los trabajadores deben imponer su voluntad mediante la victoria en una guerra civil librada con «fusiles, bayonetas y artillería».

La guerra civil enfrenta el uno contra el otro, con las armas en la mano, a las dos clases de la sociedad capitalista, a las dos clases cuyos intereses son diametralmente opuestos.

El hecho de que la sociedad capitalista esté dividida en dos partes, de que consista esencialmente en al menos dos sociedades distintas —este hecho se oculta en los tiempos ordinarios. ¿Por qué razón? Porque los esclavos obedecen pasivamente a sus amos. Pero en tiempos de guerra civil esta obediencia pasiva llega a su fin, y la porción oprimida de la sociedad se levanta contra los opresores.

Es obvio que en tales circunstancias las clases no pueden en modo alguno «vivir armoniosamente lado a lado».

  • El ejército se divide en Guardias Blancas, compuestas por la aristocracia, la burguesía, los miembros más ricos de las clases profesionales, etcétera, y Guardias Rojas, compuestas por obreros y campesinos.

Ahora es imposible que exista un parlamento de cualquier tipo en el que los propietarios de fábricas y los obreros se sienten juntos. ¿Cómo pueden reunirse «pacíficamente» en el parlamento cuando se están disparando unos a otros en las calles?

En tiempo de guerra civil, la clase toma las armas contra la clase. Por eso la lucha sólo puede terminar mediante la victoria de una de las dos clases. No puede terminar en un acuerdo, ni en ningún tipo de compromiso.

Semejante punto de vista ha sido plenamente confirmado por la experiencia de la guerra civil en Rusia y en otras partes (Alemania y Hungría). Debe sobrevenir rápidamente una dictadura, ya sea del proletariado o de la burguesía.

El gobierno de las clases medias y de sus partidos (el Partido Socialista Revolucionario, el Partido Menchevique, etc.) no es más que un puente por el cual pasamos hacia un lado o hacia el otro.

Cuando el Gobierno Soviético de Hungría fue derrocado con la ayuda de los mencheviques, su lugar fue ocupado por un breve espacio de tiempo por una «coalición», pero luego se instauró un gobierno reaccionario absolutista.

De vez en cuando, el Partido Socialista Revolucionario Constitucional lograba subir al poder en Ufa, Transvolga o Siberia, pero en veinticuatro horas era invariablemente derrocado por el almirante Kolchak, apoyado por los grandes capitalistas y los terratenientes. Esto significaba el establecimiento de una dictadura de terratenientes y capitalistas en lugar de una dictadura obrero-campesina.

UNA VICTORIA DECISIVA SOBRE EL ENEMIGO Y LA REALIZACIÓN DE LA DICTADURA DEL PROLETARIADO — TAL SERÁ EL RESULTADO INEVITABLE DE LA GUERRA CIVIL MUNDIAL.

### 33. Las formas de la guerra civil y su coste.

La época de las guerras civiles fue inaugurada por la revolución rusa, que en sí misma no es más que el herald, el comienzo de una revolución general y mundial.

La revolución comenzó antes en Rusia que en otras partes porque en Rusia la descomposición del capitalismo se inició antes.

La burguesía rusa y la clase terrateniente rusa abrigaban esperanzas de conquistar Constantinopla y Galitzia. En connivencia con sus aliados, participaron en la preparación del caldo infernal de 1914.

Debido a su debilidad y falta de organización, fueron los primeros en derrumbarse, por lo que el caos y el hambre aparecieron en Rusia antes que en ningún otro lugar. Por tal motivo, le resultó especialmente fácil al proletariado ruso lidiar con sus enemigos de clase. Es por esto que los trabajadores rusos fueron los primeros en obtener una victoria decisiva, los primeros en establecer su dictadura.

No debemos deducir que la revolución comunista rusa sea la revolución más radical del mundo; ni debemos deducir tampoco que cuanto menos desarrollado esté el capitalismo en un país, más «revolucionario» será ese país y más próximo al comunismo.

La consecuencia lógica de semejante punto de vista sería que la realización completa del socialismo tendría lugar primero en China, Persia, Turquía y otros países donde prácticamente aún no ha surgido proletariado alguno. Si esto fuera así, las enseñanzas de Marx quedarían completamente falsificadas.

Cualquiera que razone así confunde dos cosas: por un lado, el comienzo de la revolución; por el otro, su carácter, su grado de profundidad.

La revolución comenzó antes en Rusia debido a la inmadurez y debilidad del desarrollo capitalista en ese país. Pero precisamente a causa de esa inmadurez y debilidad, precisamente porque Rusia es un país atrasado donde el proletariado es minoría, donde hay un gran número de pequeños comerciantes, etcétera, nos resulta difícil organizar una economía comunista íntegra.

En Inglaterra la revolución llegará más tarde. Pero allí el proletariado, tras su victoria, organizará el comunismo con mayor rapidez. En Gran Bretaña el proletariado constituye una gran mayoría de la población; los trabajadores están acostumbrados al trabajo colectivo; la producción está altamente centralizada. Por eso la revolución llegará más tarde a Inglaterra, pero por eso mismo, cuando llegue, estará más altamente desarrollada y será más profunda que la nuestra.

Muchas personas han supuesto que el carácter feroz de nuestra guerra civil se debe al atraso de nuestro país, o a ciertos rasgos "asiáticos" peculiares.

Los opositores a la revolución en la Europa occidental suelen decir que el "socialismo asiático" florece en Rusia, y que en las tierras "civilizadas" se efectuará un cambio revolucionario sin atrocidades. Obviamente, todo esto es un absurdo.

Donde el desarrollo capitalista está muy avanzado, la resistencia de la burguesía será más terca. La intelectualidad (las clases profesionales, los técnicos, los ingenieros gestores, los oficiales del ejército, etc.) está más fuertemente solidarizada con el capital y, por esa razón, es mucho más hostil al comunismo.

En tales países, por lo tanto, la guerra civil asumirá inevitablemente una forma más salvaje que en Rusia. El curso de la revolución alemana ha demostrado en realidad que la guerra adquiere formas más crueles en los países donde el desarrollo capitalista está más avanzado.

Aquellos que se lamentan del Terror bolchevique olvidan que la burguesía no se detiene ante nada para proteger sus sacos de dinero. A este respecto, la resolución aprobada por el primer congreso de la Tercera Internacional reza así:

“Cuando la guerra imperialista comenzaba a transformarse en guerra civil, y cuando para la clase gobernante (los criminales más grandes que conoce la historia) era inminente el peligro de que su régimen despiadado se derrumbara, su brutalidad creció más que nunca...

«Los generales rusos, encarnaciones vivientes del sistema zarista, organizaron el fusilamiento de los trabajadores a gran escala, y continúan haciéndolo con la complicidad directa o indirecta de los traidores al socialismo. Cuando el Partido Socialrevolucionario y el Partido Menchevique estuvieron en el poder, las prisiones se llenaron con miles de obreros y campesinos, y los generales hicieron fusilar a regimientos enteros por desobediencia. Krasnov y Denikin, con la amable cooperación de los gobiernos aliados, han masacrado a los obreros por decenas de miles, colgándolos o fusilando a uno de cada diez hombres. Como escarmiento, a menudo dejan hileras enteras de cadáveres en la horca colgando durante tres días. En los Urales y el Transvoga, las bandas de la Guardia Blanca checoslovaca han amputado las manos y los pies de los prisioneros, los han ahogado en el Volga y los han enterrado vivos. En Siberia, los generales han masacrado a los comunistas por millares y han masacrado a innumerables obreros y campesinos».

“La burguesía alemana y austriaca hizo una ostentación pública de sus tendencias bestiales en Ucrania, donde colgaron en horcas de hierro portátiles a los obreros y campesinos a los que habían robado, y ahorcaron a los comunistas que eran sus propios compatriotas, nuestros camaradas austriacos y alemanes.

En Finlandia, uno de los hogares de la democracia burguesa, ayudaron a la burguesía finlandesa a fusilar de 13 000 a 14 000 proletarios y a torturar hasta la muerte a más de 15 000 en las prisiones.

  • En Helsingfors, deseosos de protegerse contra el fuego de ametralladora, empujaron a mujeres y niños delante de sus filas.
  • Gracias a su ayuda, los guardias blancos finlandeses y sus auxiliares suecos pudieron disfrutar de esta orgía de sangre tras haber vencido al proletariado finlandés.
  • En Tammerfors, obligaron a mujeres y niños a cavar sus propias tumbas antes de ser masacrados.
  • En Viborg, mataron a miles de rusos, hombres, mujeres y niños.

“Dentro de sus propias fronteras, la burguesía alemana y la socialdemocracia alemana manifestaron un grado aún mayor de violencia reaccionaria. Las revueltas de los obreros comunistas fueron ahogadas en sangre; Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo fueron brutalmente asesinados; los obreros espartaquistas fueron masacrados. La bandera bajo la cual marcha la burguesía es la bandera del Terror Blanco —el Terror de masas y el Terror individual.

“Vemos el mismo panorama en otras tierras.

En la Suiza democrática todo está preparado para el castigo de los trabajadores si osan infringir la ley capitalista.

En América parecería que la prisión, la ley de linchamiento y la silla eléctrica son los símbolos elegidos de la democracia y la libertad.

En Hungría y Gran Bretaña, en Checoslovaquia y Polonia, en todas partes es lo mismo.

Los asesinos burgueses no retroceden ante las acciones más atroces. Con la esperanza de fortalecer su régimen, fomentan el chovinismo y organizan abominables pogromos antijudíos, peores incluso que los que solía organizar la policía zarista. . . .

Cuando los reaccionarios polacos y la chusma «socialista» asesinaron a los representantes de la Cruz Roja rusa, esto no fue más que una gota adicional en el océano de crímenes y atrocidades perpetrados por el canibalismo burgués en su agonía”.

A medida que la guerra civil se desarrolla, adopta nuevas formas. Cuando en cualquier país el proletariado es oprimido sin medida, libra esta guerra mediante una revuelta contra la autoridad estatal de la burguesía.

Ahora supongamos que en uno u otro país el proletariado ha salido victorioso y ha tomado la autoridad del Estado en sus propias manos. ¿Qué ocurre en este caso? El proletariado tiene a su servicio el poder estatal organizado, tiene el ejército proletario, tiene todo el aparato del poder.

Entonces el proletariado tiene que luchar contra la burguesía de su propia tierra, la cual organiza complots y levantamientos contra la autoridad proletaria. Además, el proletariado organizado como Estado tiene que luchar con los Estados burgueses. Aquí la guerra civil adopta una nueva forma, pues la guerra de clases se convierte en guerra en el sentido ordinario cuando el Estado proletario lucha contra los Estados burgueses; los trabajadores ya no luchan simplemente contra la burguesía, sino que el Estado obrero se halla enzarzado en una guerra formal contra los Estados imperialistas del capital.

Esta guerra se lleva a cabo, no por la apropiación de los bienes ajenos, sino por la victoria del comunismo, por la dictadura de la clase trabajadora.

Esto es lo que ha ocurrido en realidad. Tras la revolución rusa de noviembre de 1917, el Gobierno soviético fue atacado por todos lados por los capitalistas; por los británicos, los alemanes y los franceses, por los estadounidenses y los japoneses, y así sucesivamente.

Cuanto más se contagviaban los trabajadores de otras tierras por el ejemplo de la revolución rusa, más firmemente cerraba filas el capitalismo internacional contra la revolución, con más vigor intentaba establecer una alianza de bandidos de los capitalistas contra el proletariado.

Por iniciativa del estafador Wilson, el líder del capitalismo estadounidense, se intentó formar una alianza de este tipo en la autodenominada conferencia de paz de Versalles.

La alianza de bandidos fue bautizada con el nombre de Sociedad de Naciones, pretendiendo significar con ello que se trataba de una «sociedad de pueblos».

En realidad no es una sociedad de pueblos, sino una sociedad de los capitalistas de diversos países y de sus autoridades estatales.

Esta liga tiene la naturaleza de un intento de formar un fideicomiso mundial de proporciones monstruosas que abarque toda la superficie del globo en un abrazo de explotación universal y que, por otra parte, aplaste con la mayor ferocidad al movimiento de la clase obrera de revuelta y revolución.

Es pura fábula decir que la Sociedad de Naciones ha sido fundada para promover la causa de la paz. En realidad, tiene un doble objetivo:

  • la explotación despiadada del proletariado en todo el mundo, de todas las colonias y de los esclavos coloniales;
  • y el aplastamiento de la naciente revolución mundial.

En la Sociedad de Naciones, los EE. UU., que se enriquecieron desmedidamente durante la guerra, llevan la voz cantante.

Todos los Estados burgueses de Europa están ahora fuertemente endeudados con América.

Los Estados Unidos son muy poderosos por la razón adicional de que poseen vastas cantidades de materias primas y combustible, y son un gran país productor de trigo.

Desean utilizar estas ventajas de tal manera que todos sus compinches de rapiña dependan de ellos.

Infaliblemente se convertirán en los líderes de la Sociedad de Naciones.

Muy interesante es la forma en que los Estados Unidos ocultan su política eminentemente depredadora tras una nube de bellas frases.

Cuando, en pos de la rapiña, entró en la guerra, sus consignas fueron «la salvación de la humanidad», «el rescate de los pueblos esclavizados», y así sucesivamente.

A los Estados Unidos les convenía que Europa estuviera desintegrada, que constara de decenas de pequeños países, formalmente «independientes» pero sustancialmente dependientes de América. Este interés depredador fue enmascarado por una frase exaltada relativa al «derecho de las naciones a la autodeterminación».

La gendarmería capitalista, la Guardia Blanca y la Policía Blanca, que, según el plan de Wilson, debían estar listas en todas partes para aplastar la revolución, existirían para garantizar el castigo a las «violaciones de la paz».

En el año 1919, todos los imperialistas se volvieron repentinamente pacifistas y levantaron un clamor en el sentido de que los bolcheviques eran los verdaderos imperialistas, los verdaderos enemigos de la paz. Los planes para sofocar la revolución se disimularon como celo por la paz y la democracia.

La Sociedad de Naciones ya se ha mostrado como un gendarme y verdugo internacional.

Sus funcionarios ejecutivos derrocaron a las Repúblicas Soviéticas de Hungría y Baviera. Se han esforzado continuamente por aplastar al proletariado ruso; en el norte y en el sur, en el oeste y en el este de Rusia, los ejércitos británico, estadounidense, japonés, francés y de otros países han hecho causa común con los enemigos rusos de la clase trabajadora.

La Sociedad de Naciones utilizó tropas negras contra los trabajadores rusos y húngaros (en Odesa y en Budapest). La profundidad de la bajeza a la que puede descender la Sociedad de Naciones se pone de manifiesto por el hecho de que estos bandidos «civilizados» entraron en una Liga de Carniceros en asociación con el general Yudénich, que era jefe de la llamada Administración del Noroeste.

La Sociedad de Naciones incita a Finlandia, Polonia, etc., a atacar a la Rusia Soviética; con la ayuda de los cónsules de las potencias extranjeras organiza conspiraciones; sus agentes vuelan puentes, lanzan bombas contra los comunistas, etcétera. No hay atrocidad de la que la Sociedad de Naciones no sea capaz.

Cuanto más enérgico es el asalto proletario, más estrechamente cierran filas los capitalistas.

En el Manifiesto Comunista, redactado en el año 1847, Marx y Engels escribieron:

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una santa alianza para acosar a este fantasma: el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y la policía alemana”.

Han pasado muchos años desde entonces. El fantasma del comunismo ha empezado a revestirse de carne y hueso. En la campaña contra él no solo está alineada la «vieja Europa», sino el mundo capitalista entero.

Sin embargo, la Sociedad de Naciones será incapaz de cumplir sus dos objetivos, que son la organización de la economía mundial en un único trust y la supresión universal de la revolución.

No hay suficiente unidad ni siquiera entre las Grandes Potencias. Los Estados Unidos son hostiles a Japón, y ambas Potencias se están armando para el combate. Es difícil creer que pueda haber muchos sentimientos de amistad entre la Alemania derrotada y la Entente de bandidos «desinteresados». Ciertamente, aquí hay una nota discordante. Los Estados menores luchan unos contra otros.

Aún más importante es la aparición de una serie de levantamientos coloniales y guerras: en la India, Egipto, Irlanda, etc.

Los países esclavizados están empezando a luchar contra sus «civilizados» capataces de esclavos europeos. A la guerra civil, la guerra de clases librada por el proletariado contra la burguesía imperialista, se suman los levantamientos coloniales, que contribuyen a socavar y destruir el dominio del imperialismo mundial.

Así pues, el sistema imperialista está siendo deshecho por dos grupos diferentes de influencias.

  • Por un lado, tenemos el movimiento ascendente del proletariado, las guerras libradas por las repúblicas proletarias, y las revueltas y las guerras llevadas a cabo por las naciones esclavizadas por los imperialistas.
  • Por otro lado, tenemos las oposiciones y discordancias entre las grandes Potencias capitalistas.

En lugar de «una paz duradera», hay un caos completo; en lugar de la represión universal del proletariado, hay una feroz guerra civil.

En esta guerra civil, la fuerza del proletariado crece mientras que la fuerza de la burguesía mengua. El resultado inevitable de la lucha será la victoria del proletariado.

Ciertamente, la victoria de la dictadura proletaria no se conseguirá en condiciones fáciles.

La guerra civil, como cualquier otra guerra, exige el sacrificio de personas y el sacrificio de valores materiales. Toda revolución implica tales costes.

Una consecuencia natural es que en las fases iniciales de esta guerra civil la devastación debida a la guerra imperialista aumente considerablemente en varios lugares. Es obvio que cuando los mejores obreros, en vez de trabajar u organizar la producción, van al frente fusil en mano para defenderse contra los terratenientes y la casta militar, la vida de las fábricas tiene que sufrir.

Claramente, la desorganización que resulta de la guerra civil es perjudicial. Manifiestamente, la pérdida de camaradas que se sigue es un sacrificio costoso. Pero esto es inevitable en toda revolución.

Durante la revolución burguesa en Francia, en los años 1789-1798, cuando la burguesía estaba rompiendo el yugo de los terratenientes, la guerra civil trajo consigo mucha desorganización. Sin embargo, cuando la casta de los terratenientes y los aristócratas hubo sido vencida, el desarrollo de Francia fue rápido y extenso.

Nadie puede dejar de comprender que en una revolución tan gigantesca como la revolución universal del proletariado, que lleva a cabo el derrocamiento de un sistema de opresión que requirió siglos para edificarse, el costo debe de ser sumamente grande.

Hemos visto que la guerra civil se libra ahora a escala mundial. En parte toma la forma de una guerra librada por los Estados burgueses contra los Estados proletarios. Los Estados proletarios, que se defienden de los ladrones imperialistas, libran la guerra de clases, que es, de hecho, una guerra santa.

Pero esta guerra exige el sacrificio de sangre. Cuanto mayor sea el alcance de la guerra, mayor será el número de víctimas y más extensa la desorganización.

Pero como la revolución es costosa, no debemos por esa razón oponernos a la revolución. El sistema capitalista, producto de siglos de desarrollo, culminó en la monstruosa guerra imperialista, en la que se derramaron ríos de sangre. ¿Qué guerra civil puede compararse en sus efectos destructivos con la desorganización brutal y la devastación, con la pérdida de la riqueza acumulada de la humanidad, que resultaron de la guerra imperialista?

MANIFIESTA Y ESENCIALMENTE, ES NECESARIO QUE LA HUMANIDAD PONGA FIN AL CAPITALISMO DE UNA VEZ POR TODAS. CON ESTE OBJETIVO EN MIRA, PODEMOS SOPORTAR EL PERÍODO DE GUERRAS CIVILES Y ALLANAR EL CAMINO HACIA EL COMUNISMO, QUE SANARÁ TODAS NUESTRAS HERIDAS Y CONDUCIRÁ RÁPIDAMENTE AL PLENO DESARROLLO DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS DE LA SOCIEDAD HUMANA.

34. Caos o Comunismo.

La revolución, a medida que se desarrolla, se convierte en una revolución mundial por la misma razón que la guerra imperialista se convirtió en una guerra mundial.

Todos los países importantes están interconectados, todos son partes de la economía mundial, casi todos ellos se vieron envueltos en la guerra y quedaron unidos por ella en un entendimiento común.

En todos los países por igual, la guerra produjo una devastación terrible, condujo al hambre y a la esclavitud del proletariado.

En todas partes impulsó la descomposición y la decadencia graduales del capitalismo, y en última instancia provocó una revuelta contra la disciplina salvaje en el ejército, la fábrica y el taller.

Con la misma inevitabilidad condujo a la revolución comunista del proletariado.

Una vez iniciados, la desintegración del capitalismo y el crecimiento de la revolución comunista ya no podían ser detenidos. La ruina del capitalismo era inminente.

Todo intento de establecer una sociedad verdaderamente humana sobre las viejas bases capitalistas está abocado al fracaso absoluto.

La conciencia de clase de las masas proletarias está hoy tan plenamente desarrollada que ni pueden ni quieren trabajar para el capital. Se niegan a matarse los unos a los otros en interés del capital, de la política colonial, etc.

  • El ejército de Guillermo II no puede ser restablecido de ningún modo en la Alemania de hoy.
  • Y así como es imposible restablecer una disciplina imperialista en el ejército, así como se ha vuelto imposible obligar a los soldados proletarios a someterse al yugo de los generales junker, también es imposible restablecer la disciplina laboral capitalista y obligar a los obreros a trabajar para un amo o a los campesinos a trabajar para un terrateniente.

El nuevo ejército solo puede ser creado por el proletariado; la nueva disciplina laboral solo puede ser creada por la clase trabajadora.

Nos enfrentamos, pues, a dos alternativas, y solo a dos. Debe haber o bien una desintegración completa, un caldo de cultivo infernal, una mayor brutalización y desorden, caos absoluto, o bien el comunismo.

Todos los intentos realizados para restablecer el capitalismo en un país donde las masas han tenido el poder en sus propias manos por un tiempo, confirman esta afirmación de las alternativas.

Ni la burguesía finlandesa ni la burguesía húngara, ni Kolchak ni Denikin ni Skoropadsky, estuvieron en condiciones de restablecer la vida económica. Fueron incapaces de establecer firmemente ni siquiera su propio sistema sangriento.

EL ÚNICO PROBLEMA PARA LA HUMANIDAD ES EL COMUNISMO. Y PUESTO QUE EL COMUNISMO SÓLO PUEDE SER REALIZADO POR EL PROLETARIADO, EL PROLETARIADO ES HOY EL VERDADERO SALVADOR DE LA HUMANIDAD DE LOS HORRORES DEL CAPITALISMO, DE LAS BARBARIES DE LA EXPLOTACIÓN, DE LA POLÍTICA COLONIAL, DE LAS GUERRAS CESANTES, DE LA HAMBRUNA, DE UNA RECAÍDA EN EL SALVAJISMO Y LA BRUTALIZACIÓN, DE TODAS LAS ABOMINACIONES QUE ACARREAN EL CAPITAL FINANCIERO Y EL IMPERIALISMO. HE AQUÍ EL ESPLÉNDIDO SIGNIFICADO HISTÓRICO DEL PROLETARIADO. LOS TRABAJADORES PODRÁN SUFRIR DERROTAS EN BATALLAS INDIVIDUALes, E INCLUSO EN PAÍSES INDIVIDUALES. PERO LA V VICTORIA DEL PROLETARIADO ES TAN CIERTA COMO LA RUINA DE LA BURGUESÍA ES INEVITABLE.

De lo anterior se desprende claramente que todos los grupos, clases y partidos que creen que el restablecimiento del capitalismo es posible, que imaginan que el tiempo aún no está maduro para la llegada del socialismo, están de hecho, lo deseen o no y lo sepan o no, desempeñando el papel de contrarrevolucionarios y reaccionarios.

De este carácter son todos los partidos que predican la colaboración de clases. Volveremos sobre el asunto en el próximo capítulo.

Notas

# Literatura

  • KÁMENEV, El sistema económico del imperialismo.
  • LENIN, El imperialismo como fase superior del capitalismo.
  • BUJARIN, La economía mundial y el imperialismo.
  • TSIPEROVICH, Sindicatos y trusts en Rusia.
  • ANTÓNOV, El militarismo.
  • PÁVLOVICH, ¿Qué es el imperialismo?
  • PÁVLOVICH, Los grandes ferrocarriles.
  • PÁVLOVICH, Militarismo y política naval.
  • PÁVLOVICH, Los resultados de la guerra mundial.
  • HILFERDING, El capital financiero (una obra fundamental de gran importancia pero de lectura difícil).
  • KAUTSKY, El camino hacia el poder.
  • KÉRZHENTSEV, El imperialismo británico.
  • LÓZOVSKY, Hierro y carbón, la lucha por Alsacia-Lorena.
  • ZINÓVIEV, Austria y la guerra mundial.
  • POKROVSKI, Francia durante la guerra.
  • HERÁSKOV, Gran Bretaña durante la guerra.
  • LARIN, La tierra victoriosa.
  • LARIN, Las consecuencias de la guerra.
  • ZINÓVIEV, La Triple Alianza y la Triple Entente.
  • LÓMOV, La descomposición del capitalismo y la organización del comunismo.
  • OSINSKI, La construcción del socialismo.
  • LONDON, El talón de hierro.
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