115. La abolición del comercio privado.
A cada método de producción le corresponde un método especial de distribución.
Tras la abolición de la propiedad capitalista sobre los medios de producción, la República Soviética entró inevitablemente en conflicto con el método capitalista de distribución, es decir, con el comercio, y se vio obligada a acometer su abolición de forma gradual.
Ante todo, se confiscaron los grandes almacenes. Esto era asimismo necesario debido a la grave crisis alimentaria y a la necesidad general de mercancías. Los artículos que los especuladores acaparaban a la espera de una subida de precios se distribuyeron entre las masas trabajadoras, y durante las primeras semanas posteriores a la revolución de noviembre esto sirvió para mitigar la crisis.
La nacionalización de los almacenes mercantiles no fue más que un primer paso. La nacionalización del gran comercio no tardó en seguirle. La medida era necesaria en la lucha contra la especulación y para hacer balance de todas las mercancías de la república; y también, sobre todo, para que estas mercancías pudieran ser distribuidas entre la clase trabajadora. El Poder Soviético introdujo un sistema de racionamiento de clase, no sólo para los productos alimenticios, sino también para los artículos manufacturados en general y para todos los artículos de uso doméstico.
Pero tal vez el mejor procedimiento para el Poder soviético hubiera sido el siguiente: confiscar todos los depósitos de mercancías que se hallaban en manos de los comerciantes privados, y distribuir estas mercancías de acuerdo con el sistema de racionamiento de clase, sin destruir el aparato comercial, que el Estado soviético más bien debió haber conservado y utilizado para sus propios fines.
Hasta cierto punto, en efecto, trabajamos en esta dirección.
Pero las mercancías fueron confiscadas desgraciadamente demasiado tarde, cuando la mayor parte de ellas ya había sido convertida en dinero, el cual había sido ocultado por los propietarios.
Todo el aparato de la gran distribución fue incautado por el Poder soviético, y comenzó a trabajar en su beneficio con la ayuda de los sindicatos de empleados. Solo se prescindió de los directores de las empresas, pues estos se habían convertido ya en elementos puramente parasitarios.
Antiguamente había sido necesario comprar mercancías, buscarlas, regatear. Pero ahora que el propio Estado proletario se había convertido en el principal productor de mercancías en sus talleres nacionalizados, habría sido absurdo que el Estado se vendiera estas mercancías a sí mismo y mantuviera así a los comerciantes a sus propias expensas.
Además, los intermediarios son superfluos entre los campesinos y el Estado, y entre el Estado y los consumidores, tan pronto como se establece un monopolio estatal sobre el grano. Los intermediarios no pueden ofrecer ningún incentivo que anime a los campesinos a entregar el grano al Estado. Los campesinos no tienen motivo para buscar compradores para el grano, ya que no hay compradores.
Por lo tanto, en la medida en que el Poder proletario se ha hecho cargo de la producción de una serie de artículos importantes, y en la medida en que efectúa una proporción notable de la producción mediante el trabajo de sus propios instrumentos, necesita su propio aparato de distribución. No hay lugar aquí para el comercio privado.
¿Pero qué va a suceder en el caso del pequeño comercio privado que sirve para la distribución de los productos de la pequeña industria doméstica independiente?
El Poder Soviético aún no se ha adueñado de esta rama de la producción. Todavía no ha logrado convertirse en el comprador monopolista de los productos de la industria doméstica.
¿Qué va a suceder en el caso de los pequeños comerciantes que distribuyen dichos productos entre la población (por supuesto, a precios desorbitados) —artículos que los agentes del Poder Soviético no pueden proporcionar a precios fijos—?
Indudablemente esta cuestión es mucho más complicada que el problema del comercio a gran escala, pues la suerte del comercio a gran escala quedó sellada por el mero hecho de la expropiación general del capital.
Sería absurdo que el Poder Soviético prohibiera el pequeño comercio cuando no se encuentra él mismo en condiciones de sustituir las funciones de este comercio por la actividad de sus propios órganos de distribución.
En ciertos casos, y sobre todo en las regiones de donde los guardias blancos habían sido recientemente expulsados, los sóviets locales y los comités revolucionarios prohibieron el comercio privado sin aportar su propio aparato para el suministro de artículos de primera necesidad; o, incluso si tal aparato existía, sin garantizar que funcionara con regularidad para el abasto adecuado de la población.
Como resultado, el comercio privado pasó a la clandestinidad y los precios subieron enormemente.
El pequeño comercio se aferrará tenazmente a la vida. Su extinción solo será posible en la medida en que pase por las manos del Estado una cantidad mayor y cada vez mayor de los productos necesarios para el abasto de la población.
Si hoy el Narkomprod [el Comisariado del Pueblo para la Alimentación] coexiste con la Sujáriovka [un mercado de Moscú], esto implica que la guerra entre el capitalismo y el socialismo aún continúa en el dominio de la distribución. La lucha ahora se libra en torno a las posiciones ocupadas por el pequeño comercio. No cesará hasta que la autoridad del Estado se convierta en el principal comprador de los productos de la pequeña industria; o hasta que, como finalmente sucederá, el Estado se haya convertido él mismo en el fabricante de todos estos productos.
Por supuesto, no estamos considerando aquí los casos en los que los pequeños comerciantes venden productos que ya son suministrados por los órganos de distribución del Estado; no nos ocupan los casos que son simplemente formas de la lucha contra el hurto y contra otros defectos del mecanismo soviético de distribución.
En cualquier caso, el pequeño comercio continuará hasta que, primero, la gran producción se haya organizado adecuadamente en las ciudades y, segundo, exista una provisión adecuada de todos aquellos artículos de primera necesidad que aún no son producidos por el monopolio del Estado.
Aunque la abolición completa de los intermediarios en el ámbito de la distribución es el objetivo del socialismo, y aunque este objetivo se realizará en última instancia, es obvio que no podemos esperar en un futuro inmediato lograr la destrucción total del aparato del comercio minorista.
116. El aparato de distribución.
Deben crearse órganos de distribución socialistas adecuados para ocuparse de las grandes masas de productos necesarios para el abasto de la población, en la medida en que estos productos pasan ahora o pasarán próximamente por las manos del Estado. Estos órganos de distribución deben poseer las siguientes características:
- Deben estar centralizados.
- La centralización garantizará la distribución más equitativa y exacta.
- Reducirá el costo de mantenimiento del aparato, pues bajo el socialismo este aparato requerirá muchos menos gastos de fuerza de trabajo y de medios materiales que los necesarios para el aparato del comercio privado.
El aparato de distribución socialista debe funcionar con rapidez. Esto es de suma importancia. Es esencial no solo que el aparato exija el mínimo gasto de fuerza y medios por parte del Estado, sino además que no suponga el desperdicio de un solo minuto del tiempo de ningún consumidor. De lo contrario, se incurriría en una gran pérdida para la sociedad en su conjunto debido al gasto improductivo de energía.
Bajo un sistema de comercio privado y en las condiciones normales de la economía capitalista, el consumidor, siempre que tenga dinero, puede adquirir lo que quiera cuando quiera. En estos asuntos, el aparato de distribución socialista debe ser al menos tan bueno como el del comercio privado. Pero, en vista del alto grado de centralización, existe un riesgo considerable de que el aparato socialista se convierta en una máquina engorrosa y morosa en la que una gran cantidad de artículos se pudran antes de llegar al consumidor.
¿Cómo debe construirse un aparato de distribución eficiente?
Dos posibilidades se ofrecían al Poder Soviético. Podía crear un aparato distributivo enteramente nuevo; o podía utilizar todos los órganos de distribución creados por el capitalismo, poniéndolos al servicio del socialismo.
El Poder Soviético adoptó este último camino. Al tiempo que creaba sus propios órganos donde era necesario, especialmente en el período inicial de destrucción de las condiciones capitalistas, concentró su atención en las cooperativas, con el objetivo principal de utilizar el aparato cooperativo para la distribución de mercancías.
117. Cooperación en otros tiempos.
En la sociedad capitalista, la función principal de las cooperativas es liberar al consumidor de la tiranía del intermediario, de las garras del comerciante especulador; asegurar los beneficios comerciales para la unión de consumidores; y proporcionar a los consumidores bienes de calidad satisfactoria.
Las cooperativas logran estos resultados con un grado considerable de éxito, pero lo hacen únicamente para sus propios miembros, es decir, únicamente para una cierta parte de la sociedad.
Los primeros cooperadores imaginaban que el capitalismo sería renovado pacíficamente mediante el instrumento de la cooperación. Lo que realmente ha sucedido, sin embargo, equivale a lo siguiente.
Con todos sus éxitos, la cooperación apenas ha sido capaz de derrocar al comercio al por menor con más o menos éxito; pero no ha hecho nada para quebrantar el poder del comercio al por mayor, ante el cual ella misma está subordinada. Nos referimos, por supuesto, a la cooperación de consumo.
En lo que respecta a la cooperación de producción, esta desempeña un papel insignificante en todo el sistema de producción capitalista, y prácticamente no ejerce ninguna influencia sobre el curso y el desarrollo de la industria capitalista. En términos generales, podemos decir que la organización titánica del capital no considera a la cooperación como un competidor serio. El capitalismo se sintió plenamente capaz de estrangular a la cooperación como a un gatito siempre que lo creyera conveniente, y por lo tanto se contentó con dejar que los soñadores del movimiento cooperativo dieran rienda suelta a sus visiones sobre el derrocamiento del capitalismo, y con permitir que los contadores cooperativos se vanagloriasen de los beneficios que habían arrebatado a los pequeños comerciantes.
La cooperación se adaptó al capitalismo y pasó a desempeñar un papel definido en el sistema capitalista de distribución. Incluso resultó ventajosa para el capitalismo, ya que redujo el coste del aparato capitalista de distribución y, de este modo, liberó una cierta cantidad de capital comercial para su uso en la industria productiva. Por otra parte, la cooperación, al reducir el número de pequeños intermediarios y al poner al consumidor en un contacto más estrecho con el productor capitalista a gran escala, aceleró el intercambio de mercancías, garantizó el pago puntual y consciente de las obligaciones y, en última instancia, empeoró aún más que antes la situación del ejército de reserva industrial, pues los miembros de la reserva industrial a menudo se han sentido inclinados a refugiarse en la vida del pequeño comercio.
Además, numerosas investigaciones han demostrado que, en lo que respecta a la cooperación entre los campesinos, sus ventajas se limitaban principalmente a los campesinos vigorosos y acomodados, mientras que los campesinos pobres se beneficiaban muy poco de ella.
Considerando la clase a la que sus miembros pertenecen respectivamente, las cooperativas de consumo pueden dividirse en cooperativas de obreros, cooperativas de campesinos y cooperativas de habitantes urbanos comparativamente acomodados —pequeñoburgueses y funcionarios públicos—. Las cooperativas obreras forman siempre el ala extrema izquierda entre las instituciones cooperativas en general; pero en lo que respecta a las organizaciones de clase del proletariado, constituyen el ala extrema derecha. En las cooperativas campesinas, los campesinos acomodados tienen voz decisiva. En el tercer tipo de cooperativa, el lugar predominante lo ocupan los intelectuales pequeñoburgueses, del mismo calibre que aquellos cuya mentalidad ha dominado todo el movimiento cooperativo: personas que creen que el cooperativismo tiene una gran misión para la destrucción del capitalismo mediante bonos cooperativos y panes cooperativos.
La verdadera naturaleza del movimiento cooperativo fue revelada por la revolución proletaria en Rusia.
A excepción de algunas cooperativas obreras, este movimiento —especialmente en lo que respecta a los intelectuales y a los campesinos ricos entre los líderes cooperativos— adoptó una actitud decididamente hostil hacia la revolución socialista.
En efecto, las cooperativas siberianas, bajo la forma de la organización conocida como Compra-Venta, y otras cooperativas de consumo, se pusieron abiertamente del lado de la contrarrevolución y propugnaron el aplastamiento de la República Soviética con la asistencia del imperialismo mundial.
El 1 de octubre de 1917, había 612 sociedades cooperativas en Rusia. Al parecer, sin embargo, esta cifra es demasiado baja, pues el 1 de enero de 1918, según estimaciones de diversas fuentes, había 1000 sociedades de este tipo.
En el Centrosoyus [la liga cooperativa central] había 38.601 sociedades con un total de 13.694.196 miembros. Sin embargo, dado que una misma cooperativa puede pertenecer a dos o tres ligas diferentes, es probable que el número de cooperativas y cooperativistas en Rusia sea menor de lo que esta afirmación sugiere.
En lo que se refiere a la cooperación de producción, en 1918 existían en Rusia 469 sociedades y ligas cooperativas, en su mayoría pequeñas empresas.
118. Cooperación contemporánea.
En el régimen capitalista, la cooperación cumple un papel definido en el sistema general. En el régimen soviético, el aparato cooperativo está destinado o bien a extinguirse gradualmente junto con todos los demás aparatos de distribución capitalista, o bien a integrarse en el sistema de distribución socialista y asumir el papel de un aparato de distribución estatal.
Los viejos líderes de las cooperativas —los mencheviques, los socialrevolucionarios y los diversos «socialistas» del tipo de Kolchak— quisieran asegurar para las cooperativas la independencia respecto al Estado proletario, lo que significa asegurarles la libertad de extinguirse.
El Poder Soviético, por otra parte, teniendo en cuenta los intereses reales de las grandes masas de trabajadores, y velando en particular por los intereses de los propios cooperadores, sigue otro camino. Desatendiendo las opiniones de los intelectuales que dirigían las cooperativas y negándose a descartar todo el aparato cooperativo debido a las actividades contrarrevolucionarias de dichos líderes, el Poder Soviético se ha esforzado continuamente por fusionar el aparato de distribución cooperativo con todo el sistema de sus propios órganos de distribución. Se ha esforzado por ampliar antes que por estrechar la escala de las actividades cooperativas.
Los objetivos prácticos del Poder Soviético y del Partido Comunista, a este respecto, han sido los siguientes.
La cooperativa normal de tipo burgués es una unión voluntaria de ciudadanos que tienen un interés determinado en la sociedad.
Por regla general, la sociedad no sirve a nadie más que a sus propios miembros; y si suministra productos a la población general, lo hace únicamente en la medida en que esto pueda llevarse a cabo sin perjuicio para los miembros.
Nosotros, por otra parte, consideramos necesario que toda la población esté organizada en cooperativas, que cada miembro de la comunidad pertenezca a una cooperativa.
Solo entonces la distribución a través de las cooperativas significará la distribución a toda la población.
En una sociedad distributiva de cooperativistas, el trabajo se lleva a cabo habitualmente bajo la administración de todos los miembros de la sociedad.
En la realidad, por regla general, un grupo bastante pequeño de los miembros es responsable de la gestión de los asuntos, pero esto depende de los propios miembros. La constitución de la sociedad sitúa el control absoluto en manos de la asamblea general de los miembros. Si todos los ciudadanos de la república están inscritos en las cooperativas, tienen el poder absoluto para controlar estas organizaciones de abajo arriba, controlando así todo el aparato de distribución en el Estado proletario.
Si las masas mostraran suficiente independencia, podrían erradicar de forma resuelta y exitosa la mala administración y la burocracia de la labor de distribución, y podrían garantizar así la puntualidad y la precisión requeridas en toda la organización cooperativa del Estado.
Cuando los propios consumidores participan en la labor de distribución, los órganos distributivos ya no flotarán en el aire por encima de las masas, sino que se convertirán en instrumentos en manos de las masas mismas. Esto promoverá indudablemente el desarrollo de una conciencia comunista y favorecerá el crecimiento de una disciplina de camaradería entre los trabajadores. Al mismo tiempo, ayudará a las masas a comprender la naturaleza integral del aparato productivo y distributivo en la sociedad socialista.
Además es necesario, tras inscribir a toda la población en las cooperativas, que el papel dirigente en estas organizaciones sea asignado al estrato proletario de la población. En las ciudades esto se garantizará mediante la participación más activa de los trabajadores urbanos en las funciones cooperativas; asegurando la elección de una mayoría comunista y proletaria en los órganos administrativos; y sobre todo velando por que las cooperativas que se transformen en comunas de consumidores urbanos sean las cooperativas de trabajadores y no las cooperativas fundadas por la pequeña burguesía y los funcionarios públicos.
Con el mismo fin es esencial que exista una asociación íntima entre las cooperativas y los sindicatos, es decir, entre los respectivos órganos de distribución y producción. Hay un porvenir inmenso para dicha asociación. Con el tiempo, la función del Estado se reducirá a la de una oficina central de contabilidad, y entonces la unión viva de las organizaciones productivas con las organizaciones distributivas tendrá una importancia abrumadora.
Finalmente, es esencial que los comunistas participen como un grupo compacto en la construcción de este sistema de distribución cooperativa, y que aseguren el papel dominante en la labor.
En los distritos rurales es importante que los campesinos ricos sean excluidos de la gestión de las cooperativas; que los habitantes del campo comparativamente acomodados no reciban ningún privilegio en materia de distribución; y que todo el aparato de las cooperativas rurales sea controlado por los campesinos pobres y los elementos con conciencia de clase entre los campesinos medios.
119. Otros órganos de distribución.
Desde la revolución de noviembre han surgido varios órganos de distribución adicionales creados por la revolución.
En el centro de estos se encuentra el Narkomprod [el Comisariado del Pueblo para la Alimentación] con todos sus subdepartamentos en las provincias y los condados.
Estas organizaciones para el suministro de alimentos tenían y tienen sus propios instrumentos de distribución en forma de una red de depósitos y almacenes de alimentos.
En una época, en los distritos rurales, los comités de campesinos pobres fueron agentes de distribución, formando así un contrapeso a la distribución cooperativa.
Mientras que las cooperativas distribuían la mayor parte de los productos que recibían entre los campesinos acomodados, los comités de campesinos pobres distribuían entre los campesinos pobres la mayor parte y la mejor parte de los bienes que recibían del Estado.
Un papel importante en la distribución desempeñaron los comités de casa en las grandes ciudades y las comunas de casa.
Los sindicatos y los comités de fábrica también se ocupaban de la labor de distribución.
La tarea del Poder soviético es lograr que estos múltiples órganos de distribución sean reemplazados por un único órgano de distribución, o que se conviertan en partes de un mecanismo distributivo integral. A este respecto, por ejemplo, los comités de vecinos y las comunas de viviendas desempeñan un papel útil, pues permiten a los consumidores obtener los productos que necesitan sin tener que hacer cola durante horas o días.