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nydus/The ABC of CommunismPublic
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19. Características del sistema comunista

19. Características del sistema comunista.

Hemos visto por qué la destrucción del sistema capitalista era inevitable. Ahora está pereciendo ante nuestros propios ojos. Está pereciendo porque está afectado por dos contradicciones fundamentales:

  • por una parte, la anarquía de la producción, que conduce a la competencia, a las crisis y a las guerras;
  • por otra parte, el carácter de clase de la sociedad, debido al cual una parte de la sociedad se encuentra inevitablemente en enemistad mortal con la otra parte (guerra de clases).

La sociedad capitalista es como una máquina mal construida, en la que una parte interfiere continuamente con los movimientos de otra (véase el § 18. «Contradicciones fundamentales del sistema capitalista»). Por eso era inevitable que esta máquina se rompiera tarde o temprano.

Es evidente que la nueva sociedad debe estar construida con mucha más solidez que el capitalismo. Tan pronto como las contradicciones fundamentales del capitalismo hayan destruido el sistema capitalista, sobre las ruinas de ese sistema debe surgir una nueva sociedad que esté libre de las contradicciones de la vieja.

Es decir, el modo comunista de producción debe presentar las siguientes características:

  • En primer lugar, debe ser una sociedad organizada; debe estar libre de la anarquía de la producción, de la competencia entre empresarios individuales, de las guerras y de las crisis.
  • En segundo lugar, debe ser una sociedad sin clases, no una sociedad en la cual las dos mitades se encuentren en enemistad eterna la una con la otra; no debe ser una sociedad en la que una clase explote a la otra.

Ahora bien, una sociedad en la que no hay clases, y en la que la producción está organizada, solo puede ser una sociedad de camaradas, una sociedad comunista basada en el trabajo.

Examinemos esta sociedad más de cerca.

La base de la sociedad comunista debe ser la propiedad social de los medios de producción y cambio.

  • La maquinaria, las locomotoras, los vapores, los edificios de las fábricas, los almacenes, los silos de grano, las minas, los telégrafos y teléfonos, la tierra, las ovejas, los caballos y el ganado vacuno deben estar todos a disposición de la sociedad.

Todos estos medios de producción deben estar bajo el control de la sociedad en su conjunto, y no como en la actualidad bajo el control de capitalistas individuales o de cárteles capitalistas.

¿Qué queremos decir con «la sociedad en su conjunto»? Queremos decir que la propiedad y el control no son el privilegio de una clase, sino de todas las personas que componen la sociedad.

En estas circunstancias, la sociedad se transformará en una enorme organización de trabajo para la producción cooperativa.

Ya no habrá entonces ni desintegración de la producción ni anarquía en la misma. En semejante orden social, la producción estará organizada.

Ya no competirá una empresa con otra; las fábricas, los talleres, las minas y otras instituciones productivas serán todas subdivisiones, por decirlo así, de un vasto taller popular que abarcará toda la economía nacional de producción.

Es evidente que una organización tan abarcadora presupone un plan general de producción.

Si todas las fábricas y talleres, junto con el conjunto de la producción agrícola, se combinan para formar una inmensa empresa cooperativa, es obvio que todo debe calcularse con precisión.

Debemos saber de antemano cuánta mano de obra asignar a las diversas ramas de la industria; qué productos se necesitan y cuánto es necesario producir de cada uno; cómo y dónde se deben proporcionar las máquinas.

Estos y otros detalles similares deben pensarse de antemano, al menos con una precisión aproximada; y el trabajo debe guiarse de conformidad con nuestros cálculos.

Así se efectuará la organización de la producción comunista.

Sin un plan general, sin un sistema de directivas generales y sin un cálculo y una contabilidad minuciosos, no puede haber organización. Pero en el orden social comunista existe tal plan.

Sin embargo, la mera organización no basta. La esencia del asunto radica en esto, en que la organización debe ser una organización cooperativa de todos los miembros de la sociedad. El sistema comunista, además de afectar a la organización, se distingue además por el hecho de que pone fin a la explotación, de que abole la división de la sociedad en clases.

Podemos concebir la organización de la producción como efectuada de la siguiente manera: un pequeño grupo de capitalistas, un trust capitalista, lo controla todo; la producción ha sido organizada de modo que el capitalista ya no compite con el capitalista; conjuntamente extraen plusvalía de los trabajadores, quienes han sido reducidos prácticamente a la esclavitud.

Aquí tenemos organización, pero también tenemos la explotación de una clase por otra. Aquí hay una propiedad conjunta de los medios de producción, pero es la propiedad conjunta de una sola clase, una clase explotadora. Esto es algo muy diferente del comunismo, aunque se caracterice por la organización de la producción.

Tal organización de la sociedad solo habría eliminado una de las contradicciones fundamentales: la anarquía de la producción.

Pero habría fortalecido la otra contradicción fundamental del capitalismo: la división de la sociedad en dos mitades en guerra; la guerra de clases se intensificaría.

Tal sociedad estaría organizada en una sola línea; en otra, la de la estructura de clases, seguiría desgarrada.

La sociedad comunista no se limita a organizar la producción; además, libera a las personas de la opresión de los demás. Está organizada por completo.

El carácter cooperativo de la producción comunista se manifiesta asimismo en cada detalle de la organización.

Bajo el comunismo, por ejemplo, no habrá directores permanentes de fábricas, ni habrá personas que hagan una y la misma clase de trabajo durante toda su vida.

Bajo el capitalismo, si un hombre es zapatero, se pasa toda la vida haciendo zapatos (el zapatero a sus zapatos); si es pastelero, se pasa toda la vida horneando pasteles; si es director de una fábrica, se pasa los días dando órdenes y haciendo trabajo administrativo; si es un mero obrero, se pasa toda la vida obedeciendo órdenes.

Nada de esto ocurre en la sociedad comunista. Bajo el comunismo las personas reciben una cultura versátil y se sienten como en casa en diversas ramas de la producción:

  • hoy trabajo con capacidad administrativa, calculo cuántas botas de fieltro o cuántos panecillos franceses deben producirse durante el mes siguiente;
  • mañana estaré trabajando en una fábrica de jabón,
  • el mes próximo tal vez en una lavandería mecánica,
  • y al mes siguiente en una central eléctrica.

Esto será posible cuando todos los miembros de la sociedad hayan recibido una educación adecuada.

20. La distribución en el sistema comunista.

El modo de producción comunista presupone además que la producción no es para el mercado, sino para el consumo.

Bajo el comunismo, ya no es el fabricante individual ni el campesino individual quien produce; el trabajo de producción es efectuado por la gigantesca cooperativa en su conjunto.

Como consecuencia de este cambio, ya no tenemos mercancías, sino únicamente productos.

Estos productos no se cambian unos por otros; ni se compran ni se venden. Simplemente se almacenan en los almacenes comunales y, posteriormente, se entregan a quienes los necesitan.

En tales condiciones, el dinero ya no será necesario.

«¿Cómo puede ser eso?», preguntarán algunos. «En ese caso, una persona recibirá demasiado y otra muy poco. ¿Qué sentido tiene un método de distribución así?».

La respuesta es la siguiente. Al principio, sin duda, y tal vez durante veinte o treinta años, será necesario contar con diversas regulaciones. Tal vez ciertos productos solo se entreguen a aquellas personas que tengan un registro especial en su libreta de trabajo o en su tarjeta de trabajo.

Posteriormente, cuando la sociedad comunista se haya consolidado y desarrollado plenamente, no serán necesarias tales regulaciones. Habrá una cantidad abundante de todos nuestros productos, nuestras heridas actuales habrán sanado hacía tiempo y cada uno podrá obtener exactamente tanto como necesite.

“¿Pero no encontrarán las personas que les conviene tomar más de lo que necesitan?”

Ciertamente no. Hoy, por ejemplo, a nadie le parece que valga la pena, cuando quiere un asiento en un tranvía, tomar tres billetes y dejar dos lugares vacíos. Ocurrirá exactamente lo mismo en el caso de todos los productos. Una persona tomará del almacén comunal precisamente tanto como necesite, ni más ni menos. Nadie tendrá ningún interés en tomar más de lo que quiere para vender el excedente a otros, ya que todos estos otros podrán satisfacer sus necesidades siempre que les plazca.

El dinero dejará entonces de tener valor. Lo que queremos decir es que al principio, en los primeros días de la sociedad comunista, los productos se distribuirán probablemente de acuerdo con la cantidad de trabajo realizado por el solicitante; en una etapa posterior, sin embargo, simplemente se suministrarán según las necesidades de los camaradas.

A menudo se ha sostenido que en la sociedad futura todos tendrán derecho al producto íntegro de su trabajo.

“Lo que habéis hecho con vuestro trabajo, eso recibiréis”.

Esto es falso. Nunca sería posible realizarlo plenamente. ¿Por qué no?

Por la sencilla razón de que, si todos recibieran el producto íntegro de su trabajo, nunca habría ninguna posibilidad de desarrollar, expandir y mejorar la producción. Parte del trabajo realizado debe dedicarse siempre al desarrollo y mejora de la producción.

Si tuviéramos que consumir y agotar todo lo que hemos producido, entonces nunca podríamos producir máquinas, ya que estas no se pueden comer ni vestir. Pero es obvio que la mejora de la vida irá de la mano de la ampliación y el perfeccionamiento de la maquinaria. Es evidente que hay que producir continuamente cada vez más máquinas.

Ahora bien, esto implica que parte del trabajo que se ha incorporado en las máquinas no se le devolverá a la persona que ha realizado la labor. Implica que nadie podrá recibir jamás el producto íntegro de su trabajo.

Pero nada de eso es necesario. Con la ayuda de una buena maquinaria, la producción se organizará de tal manera que todas las necesidades quedarán satisfechas.

En resumen, al principio los productos se distribuirán en proporción al trabajo realizado (lo que no significa que el trabajador vaya a recibir «el producto íntegro de su trabajo»); posteriormente, los productos se distribuirán según las necesidades, pues habrá abundancia de todo.

21. La administración en el sistema comunista.

La administración en el sistema comunista.

En una sociedad comunista no habrá clases. Pero si no hay clases, esto implica que en la sociedad comunista tampoco habrá Estado. Hemos visto anteriormente que el Estado es una organización de clase de los gobernantes. El Estado está siempre dirigido por una clase contra la otra.

Un Estado burgués está dirigido contra el proletariado, mientras que un Estado proletario está dirigido contra la burguesía. En el orden social comunista no hay terratenientes, ni capitalistas, ni trabajadores asalariados; simplemente hay personas: camaradas.

Si no hay clases, entonces no hay guerra de clases ni organizaciones de clase. En consecuencia, el Estado ha dejado de existir. Dado que no hay guerra de clases, el Estado se ha vuelto superfluo. No hay a nadie a quien reprimir, y no hay nadie que imponga represión.

Pero ¿cómo, nos preguntarán, puede ponerse en marcha esta vasta organización sin ninguna administración?

  • ¿Quién va a elaborar los planes para la producción social?
  • ¿Quién distribuirá la fuerza de trabajo?
  • ¿Quién llevará la cuenta de los ingresos y gastos sociales?
  • En una palabra, ¿quién va a supervisar todo el asunto?

No es difícil responder a estas preguntas. La dirección principal será encomendada a varios tipos de oficinas de contabilidad o gabinetes estadísticos.

Allí, de día en día, se llevará la cuenta de la producción y de todas sus necesidades; allí también se decidirá adónde deben ser enviados los trabajadores, de dónde deben ser tomados y cuánto trabajo hay por hacer.

Y dado que, desde la infancia en adelante, todos estarán acostumbrados al trabajo social, y puesto que todos comprenderán que este trabajo es necesario y que la vida es más fácil cuando todo se hace según un plan preestablecido y cuando el orden social es como una máquina bien engrasada, todos trabajarán de acuerdo con las indicaciones de estos gabinetes estadísticos.

No habrá necesidad de ministros de Estado especiales, de policía y prisiones, de leyes y decretos; nada por el estilo.

Así como en una orquesta todos los intérpretes observan la batuta del director y actúan en consecuencia, de igual modo aquí todos consultarán los informes estadísticos y dirigirán su labor en consecuencia.

El Estado, por consiguiente, ha dejado de existir. No hay grupos y no hay ninguna clase que esté por encima de las demás clases. Además, en estas oficinas de estadística trabajará hoy una persona, mañana otra. La burocracia, los funcionarios permanentes, desaparecerán. El Estado se extinguirá.

Manifiestamente esto solo sucederá en el sistema comunista plenamente desarrollado y firmemente establecido, tras la victoria completa y definitiva del proletariado; ni tampoco se seguirá inmediatamente a dicha victoria.

Durante mucho tiempo aún, la clase trabajadora tendrá que luchar contra todos sus enemigos, y en especial contra los vestigios del pasado, tales como la pereza, la desidia, la criminalidad, el orgullo. Todo esto tendrá que ser extirpado.

Dos o tres generaciones de personas tendrán que crecer bajo las nuevas condiciones antes de que desaparezca la necesidad de leyes y castigos y del uso de medidas represivas por parte del Estado obrero. Solo entonces desaparecerán todos los vestigios del pasado capitalista.

Aunque en el período intermedio la existencia del Estado obrero es indispensable, posteriormente, en el sistema comunista plenamente desarrollado, cuando los vestigios del capitalismo se hayan extinguido, la autoridad del Estado proletario también desaparecerá.

El proletariado mismo se fundirá con todos los demás estratos de la población, pues todos llegarán gradualmente a participar en el trabajo común. Al cabo de unas pocas décadas habrá un mundo completamente nuevo, con gente nueva y nuevas costumbres.

22. El desarrollo de las fuerzas productivas en el sistema comunista. (Las ventajas del comunismo).

Tan pronto como se haya logrado la victoria y tan pronto como todas nuestras heridas hayan sido sanadas, el sistema comunista desarrollará rápidamente las fuerzas de producción. Este desarrollo más rápido de las fuerzas de producción se deberá a las siguientes causas.

En primer lugar, se habrá producido la liberación de la inmensa cantidad de energía humana que hoy se absorbe en la lucha de clases.

Pensemos tan solo en cuán grande es el desperdicio de energía nerviosa, de fuerza y de trabajo —en la lucha política, en las huelgas, en las revueltas y su represión, en los juicios en los tribunales, en las actividades policiales, en la autoridad del Estado, en el esfuerzo cotidiano de las dos clases hostiles—.

La guerra de clases devora hoy ingentes cantidades de energía y de medios materiales. En el nuevo sistema, esta energía quedará en libertad; las personas ya no lucharán unas contra otras. La energía liberada se consagrará a la obra de la producción.

En segundo lugar, la energía y los medios materiales que hoy se destruyen o se malgastan en la competencia, las crisis y las guerras, quedarán totalmente ahorrados.

Si consideramos cuánto se despilfarra solo en guerras, nos daremos cuenta de que esto asciende a una cantidad enorme.

Cuánto, de nuevo, se pierde para la sociedad a través de la lucha de los vendedores entre sí, de los compradores entre sí, y de los vendedores con los compradores.

Cuánta destrucción fútil resulta de las crisis comerciales.

Cuánto gasto innecesario resulta de la desorganización y la confusión que imperan en la producción.

Todas estas energías, que hoy se desperdician, se ahorrarán en la sociedad comunista.

En tercer lugar, la organización de la industria según un plan deliberado no solo nos ahorrará un derroche innecesario, en la medida en que la producción a gran escala es siempre más económica. Además, será posible mejorar la producción desde el punto de vista técnico, ya que el trabajo se llevará a cabo en fábricas muy grandes y con la ayuda de maquinaria perfeccionada.

Bajo el capitalismo, existen límites precisos para la introducción de nueva maquinaria.

El capitalista solo introduce nueva maquinaria cuando no puede conseguir una cantidad suficiente de mano de obra barata. Si puede contratar abundante mano de obra barata, el capitalista nunca instalará nueva maquinaria, ya que puede asegurar un beneficio amplío sin esa molestia.

El capitalista considera que la maquinaria es indispensable únicamente cuando reduce sus gastos en mano de obra bien pagada. Bajo el capitalismo, sin embargo, la mano de obra suele ser barata. Las malas condiciones que prevalecen entre la clase trabajadora se convierten en un obstáculo para el perfeccionamiento de la técnica de fabricación.

Esta secuencia causal es particularmente evidente en la agricultura. Aquí la fuerza de trabajo siempre ha sido barata y, por esa razón, la introducción de maquinaria en el trabajo agrícola ha sido sumamente lenta.

En la sociedad comunista, nuestra preocupación no será el beneficio, sino los trabajadores. Allí todo avance técnico será adoptado inmediatamente. Las cadenas que el capitalismo impuso dejarán de existir.

Los avances técnicos continuarán produciéndose bajo el comunismo, pues todos disfrutarán ahora de una buena educación, y aquellos que bajo el capitalismo perecieron por necesidad —los trabajadores dotados intelectualmente, por ejemplo— podrán desplegar plenamente sus capacidades.

En la sociedad comunista, el parasitismo también desaparecerá. No habrá lugar para los parásitos que no hacen nada y que viven a costa de los demás.

Lo que en la sociedad capitalista es despilfarrado por los capitalistas en glotonería, borrachera y vida disoluta, se dedicará en la sociedad comunista a las necesidades de la producción.

Los capitalistas, sus lacayos y sus parásitos (sacerdotes, prostitutas y los demás) desaparecerán, y todos los miembros de la sociedad se ocuparán en el trabajo productivo.

El método comunista de producción significará un desarrollo enorme de las fuerzas productivas.

Como resultado, ningún trabajador en la sociedad comunista tendrá que hacer tanto trabajo como en el pasado. La jornada laboral se acortará continuamente y las personas se verán liberadas en una medida cada vez mayor de las cadenas impuestas por la naturaleza.

Tan pronto como el ser humano pueda dedicar menos tiempo a alimentarse y vestirse, podrá consagrar más tiempo a la obra del desarrollo mental.

La cultura humana ascenderá a alturas jamás alcanzadas antes. Ya no será una cultura de clase, sino que se convertirá en una cultura genuinamente humana.

Simultáneamente con la desaparición de la tiranía del hombre sobre el hombre, la tiranía de la naturaleza sobre el hombre se desvanecerá asimismo. Los hombres y las mujeres podrán, por primera vez, llevar una vida digna de seres pensantes en lugar de una vida digna de bestias brutas.

Los oponentes del comunismo lo han descrito siempre como un proceso consistente en repartirlo todo por igual. Declaraban que los comunistas querían confiscar y dividirlo todo; parcelar la tierra, repartir los demás medios de producción y distribuir también todos los artículos de consumo.

Nada podría ser más absurdo que esta noción. Ante todo, un reparto general de este tipo es imposible. Podríamos repartir la tierra, los caballos y el ganado, el dinero, pero no podríamos repartir los ferrocarriles, la maquinaria, los barcos de vapor y otras cosas por el estilo. Hasta ahí hemos llegado.

Además, un reparto de esa índole, en la medida en que fuera practicable, no solo no le haría ningún bien a nadie, sino que constituiría un paso atrás para la humanidad. Crearía una vasta cantidad de pequeños propietarios. Pero ya hemos visto que de la pequeña propiedad y de la competencia entre pequeños propietarios surge la gran propiedad. Así pues, incluso si fuera posible llevar a cabo tal reparto igualitario, se reproduciría el mismo viejo ciclo.

Comunismo proletario (o socialismo proletario) es una vasta mancomunidad cooperativa. Es una consecuencia de todo el desarrollo de la sociedad capitalista y de la condición del proletariado en esa sociedad. Debe distinguirse cuidadosamente de las cuatro cosas siguientes:

  1. Socialismo del lumpenproletariado (anarquismo).

Los anarquistas reprochan a los comunistas basándose en que el comunismo (según sostienen) mantendrá la autoridad del Estado en la sociedad futura. Como hemos visto, esta afirmación es falsa. La diferencia esencial consiste en que los anarquistas se preocupan mucho más por el reparto que por la organización de la producción; y en que conciben la organización de la producción no bajo la forma de una enorme mancomunidad cooperativa, sino de un gran número de comunas «libres», pequeñas y autogobernadas.

Ni que decir tiene que semejante sistema social no lograría liberar a la humanidad del yugo de la naturaleza, pues en él las fuerzas productivas no se desarrollarían ni siquiera hasta el grado en que lo han sido bajo el capitalismo. El anarquismo no aumentaría la producción, sino que la desintegraría.

Es natural que, en la práctica, los anarquistas defiendan el reparto de los artículos de consumo y se opongan a la organización de la producción a gran escala. En su gran mayoría, no representan los intereses y aspiraciones de la clase trabajadora; representan los de aquello que se denomina lumpenproletariado, el proletariado des clase; representan los intereses de quienes viven en malas condiciones bajo el capitalismo, pero son del todo incapaces de un trabajo creador independiente.

  1. Socialismo pequeño-burgués.

Este encuentra sus principales partidarios, no en el proletariado, sino en la clase decadente de los artesanos independientes, entre los habitantes de las ciudades de la pequeña burguesía y, en parte, entre la intelectualidad (las clases profesionales).

Protesta contra el gran capital, pero lo hace en nombre de la «libertad» de la pequeña empresa. En su mayor parte, los socialistas pequeño-burgueses defienden la democracia burguesa y se oponen a la revolución social; esperan alcanzar sus ideales de forma «pacífica», mediante el desarrollo de cooperativas, una organización unificada de los trabajadores a domicilio, etcétera.

En Rusia, la mayoría de las cooperativas urbanas formadas por los revolucionarios sociales presentan este cariz. Bajo el capitalismo, las empresas cooperativas tienden a degenerar en organizaciones capitalistas ordinarias, y en este caso los cooperativistas apenas se distinguen de los burgueses.

  1. Socialismo campesino agrario.

Este asume diversas formas y, a veces, se parece mucho al anarquismo campesino. Su característica más distintiva es el modo en que habitualmente no logra ver el socialismo como un sistema de gran producción, y la forma en que se inclina hacia el reparto y hacia la nivelación.

Su principal distinción con respecto al anarquismo es que exige la creación de una fuerte autoridad central que lo proteja, por un lado de los terratenientes y, por el otro, del proletariado. En esta forma de socialismo tenemos la «socialización de la tierra» defendida por los socialrevolucionarios, que desean establecer la pequeña producción a perpetuidad, que temen al proletariado y que se oponen a la formación de una gran y unida comunidad cooperativa.

Además, entre ciertos estratos del campesinado encontramos todavía otras variedades de socialismo más o menos emparentadas con el anarquismo. Aquí se rechaza la autoridad del Estado, pero los defensores de estas tendencias se distinguen por sus puntos de vista pacifistas (diversos sectarios de inclinación comunista, como los duhobores, etc.).

Los tipos agrarios de socialismo no serán erradicados hasta que transcurran bastantes años. Desaparecerán tan pronto como las masas del campesinado lleguen a comprender las ventajas de la gran producción. Volveremos sobre este asunto más adelante en el libro.

  1. Esclavismo y socialismo capitalista a gran escala (el llamado).

En esta forma no podemos discernir ni un ápice de socialismo. En las tres variedades mencionadas anteriormente, encontramos al menos cierta tintura de socialismo y en ellas hallamos una protesta contra la opresión; pero en la cuarta variedad, la que estamos considerando ahora, el «socialismo» es una mera palabra, empleada fraudulentamente por aquellos que quieren una nueva barajada de cartas. Esta variedad fue introducida por intelectuales burgueses y retomada por los defensores socialistas de la colaboración de clases (y en parte por Kautsky y Cía.).

De este carácter, por ejemplo, era el comunismo de Platón, el filósofo de la antigua Grecia.

La característica esencial de este sistema era que la organización de los esclavistas explotaría de manera «camaraderil» y «conjunta» a la masa de esclavos, los cuales carecerían de derechos legales.

En lo que respecta a los esclavos propietarios, habría una igualdad perfecta y todos los bienes se mantendrían en común. La situación de los esclavos iba a ser muy diferente; debían convertirse en mero ganado.

Obviamente, esto no tiene absolutamente nada que ver con el socialismo.

Una especie similar de «socialismo» ha sido defendida por ciertos profesores burgueses bajo el nombre de «socialismo de Estado». La única diferencia con la variedad de Platón es que los proletarios contemporáneos han ocupado el lugar de los esclavos, mientras que los magnates capitalistas ocupan los asientos de los poderosos en lugar de los esclavistas.

Aquí, asimismo, no hay rastro de socialismo. Tenemos capitalismo de Estado, basado en el trabajo forzoso. A este asunto volveremos.

El socialismo pequeñoburgués, agrario y del lumpenproletariado tiene una característica común a todos ellos.

Tales variedades de socialismo no proletario están fuera del curso general de la evolución.

El curso de la evolución social conduce a la expansión de la producción. Pero en estas variedades no proletarias toda la tendencia es hacia la pequeña producción.

Inevitablemente, por tanto, el socialismo de este tipo no es más que un sueño utópico. No hay ninguna probabilidad de su realización real.

23. La dictadura del proletariado.

Para la realización del sistema comunista, el proletariado debe tener toda la autoridad y todo el poder en sus manos.

El proletariado no puede derrocar al viejo mundo a menos que tenga el poder en sus manos, a menos que por un tiempo se convierta en la clase dominante. Manifiestamente, la burguesía no abandonará su posición sin presentar combate.

Para la burguesía, el comunismo significa la pérdida de su anterior poder, la pérdida de su «libertad» para extorsionar sangre y sudor a los trabajadores; la pérdida de su derecho a la renta, al interés y al beneficio. En consecuencia, la revolución comunista del proletariado, la transformación comunista de la sociedad, es ferozmente resistida por los explotadores.

De ello se deduce que la principal tarea del gobierno de los trabajadores es aplastar implacablemente a esta oposición.

Precisamente porque la oposición será inevitablemente muy encarnizada, es necesario que la autoridad de los trabajadores, el dominio proletario, adopte la forma de una dictadura.

Ahora bien, la «dictadura» significa métodos de gobierno muy estrictos y el aplastamiento resuelto de los enemigos. Es obvio que en tal estado de cosas no puede hablarse de «libertad» para todos.

La dictadura del proletariado es incompatible con la libertad para la burguesía. Esta es la razón misma por la cual se necesita la dictadura del proletariado:

  • para privar a la burguesía de libertad;
  • para atarla de pies y manos;
  • para hacerle imposible continuar la lucha contra el proletariado revolucionario.

Cuanto más enérgica sea la resistencia de la burguesía, más desesperada la movilización de sus fuerzas, más amenazadora su actitud, más severa y dura debe ser la dictadura proletaria. En casos extremos, el gobierno obrero no debe dudar en emplear el método del terror.

Solo cuando la represión de los explotadores sea completa, cuando hayan dejado de resistir, cuando ya no esté en su poder dañar a la clase trabajadora, la dictadura proletaria se volverá progresivamente más suave.

Mientras tanto, la burguesía, poco a poco, se fusionará con el proletariado; el Estado obrero se extinguirá gradualmente; la sociedad en su conjunto se transformará en una sociedad comunista en la que no habrá clases.

Bajo la dictadura del proletariado (una institución temporal), los medios de producción pertenecerán, por la naturaleza de las cosas, no a la sociedad en su conjunto, sino únicamente al proletariado, a su organización estatal.

Por el momento, la clase trabajadora, es decir, la mayoría de la población, monopoliza los medios de producción.

En consecuencia, aún no existe la producción comunista en toda su plenitud. Todavía existe la división de la sociedad en clases; todavía hay una clase gobernante (el proletariado); todos los medios de producción están monopolizados por esta nueva clase gobernante; todavía existe una autoridad estatal (la autoridad proletaria) que aplasta a sus enemigos.

Pero a medida que la resistencia de los antiguos capitalistas, terratenientes, banqueros, generales y obispos sea aplastada, en esa misma medida el sistema de dictadura del proletariado se transformará en comunismo sin necesidad de ninguna revolución.

La dictadura del proletariado no es solo un instrumento para el aplastamiento de los enemigos; es asimismo una palanca para llevar a cabo la transformación económica.

La propiedad privada de los medios de producción debe ser reemplazada por la propiedad social; la burguesía debe ser privada de los medios de producción y de cambio, debe ser «expropiada».

¿Quién hará y podrá hacer esto? Evidentemente, ningún individuo aislado podría hacerlo, aun cuando fuera de origen proletario. Si esto fuera hecho por un individuo aislado o incluso por grupos aislados de individuos, en el mejor de los casos no sería más que un reparto, y en el peor, un mero acto de robo.

Comprendemos, por tanto, por qué la expropiación de la burguesía debe ser efectuada por el poder organizado del proletariado. Ahora bien, este poder organizado toma la forma del Estado obrero dictatorial.

Las objeciones a la dictadura del proletariado provienen de diversos sectores.

En primer lugar están los anarquistas. Dicen que se rebelan contra toda autoridad y contra toda clase de Estado, mientras que los bolcheviques comunistas son los sostenedores del Gobierno soviético.

Todo tipo de gobierno, continúan, implica el abuso de poder y la limitación de la libertad. Por esta razón es necesario derrocar a los bolcheviques, al Gobierno soviético, a la dictadura del proletariado. No es necesaria ninguna dictadura, no es necesario ningún Estado. Tales son los argumentos de los anarquistas.

Sólo en apariencia es su crítica revolucionaria. En realidad, los anarquistas no están más a la izquierda, sino más a la derecha que los bolcheviques.

¿Por qué, en efecto, necesitamos la dictadura? La necesitamos para la destrucción organizada del régimen burgués; la necesitamos para aplastar por la fuerza a los enemigos del proletariado. Bien abiertamente lo decimos: por la fuerza. La dictadura es el hacha en manos del proletariado.

Todo aquel que se opone a la dictadura del proletariado es alguien que teme la acción decisiva, teme hacer daño a la burguesía y no es un revolucionario.

Cuando hayamos vencido por completo a la burguesía, la necesidad de la dictadura del proletariado dejará de existir. Pero mientras continúe la lucha a vida o muerte, es absolutamente imperativo que la clase obrera aplaste por completo a sus enemigos.

UNA ÉPOCA DE DICTADURA PROLETARIA DEBE INTERVENIR INEVITABLEMENTE ENTRE UNA SOCIEDAD CAPITALISTA Y UNA COMUNISTA.

A continuación, como detractores de la dictadura, vienen los socialdemócratas, y en especial los mencheviques. Estos dignos señores han olvidado por completo lo que escribieron sobre el asunto en otros tiempos.

En nuestro viejo programa, redactado por nosotros y los mencheviques conjuntamente, se afirma expresamente:

“Una condición esencial para la revolución social es la dictadura del proletariado, es decir, la conquista del poder político por el proletariado, lo que permitirá a los trabajadores aplastar toda resistencia por parte de los explotadores.”

Los mencheviques firmaron esta declaración. Pero cuando llegó el momento de la acción, armaron un gran revuelo contra el aplastamiento de la libertad de la burguesía, contra la supresión de los periódicos burgueses, contra el “reino del terror” bolchevique, etcétera.

Incluso Plejánov, en una época, aprobó por completo las medidas más despiadadas contra la burguesía, diciendo que podíamos privar a los burgueses de sus derechos electorales, etcétera. Hoy en día, los mencheviques han olvidado todo esto; se han refugiado en el campo de la burguesía.

Finalmente, se introducen en nuestra contra una serie de consideraciones de carácter moral. Se nos dice que emitimos nuestros juicios como los salvajes hotentotes.

El hotentote dice: «Cuando yorobo la mujer de mi vecino, es bueno; cuando él roba mi mujer, es malo».

Se arguye que los bolcheviques se asemejan a estos salvajes, pues dicen: «Cuando la burguesía usa la fuerza para aplastar al proletariado, es malo; pero cuando el proletariado usa la fuerza para aplastar a la burguesía, es bueno».

Quienes argumentan de tal modo no saben de qué están hablando. En el caso de los hotentotes se trata de dos individuos iguales que se roban mutuamente las mujeres por idénticos motivos. Pero el proletariado y la burguesía no se encuentran en pie de igualdad.

  • Los proletarios constituyen una clase enorrne, los burgueses forman un grupo comparativamente pequeño.
  • El proletariado lucha por la liberación de toda la humanidad; pero la burguesía lucha por el mantenimiento de la opresión, las guerras, la explotación.
  • El proletariado lucha por el comunismo, la burguesía por la preservación del capitalismo.

Si el capitalismo y el comunismo fuesen una y la misma cosa, entonces la burguesía y el proletariado podrían compararse con los dos hotentotes.

El proletariado lucha exclusivamente en pro del nuevo orden social. Todo lo que ayuda en la lucha es bueno; todo lo que la obstaculiza, es malo.

24. La conquista del poder político.

La conquista del poder político.

El proletariado hace real su dictadura a través de la conquista del poder del Estado. Pero ¿qué queremos decir con la conquista del poder?

Muchas personas se imaginan que es un asunto bastante fácil arrebatarle el poder a la burguesía, tan fácil como pasar una pelota de un bolsillo a otro.

  • Primero, el poder está en manos de la burguesía;
  • luego el proletariado expulsará a la burguesía del poder y tomará las riendas en sus propias manos.

Según este punto de vista, el problema no es la creación de un nuevo poder, sino la toma de un poder que ya existe.

Tal noción es completamente falsa, y una muy breve reflexión nos mostrará dónde radica el error.

El poder del Estado es una organización. El poder del Estado burgués es una organización burguesa, y en esa organización a las personas se les asignan sus roles de manera distintiva.

A la cabeza del ejército están los generales, miembros de la clase rica; a la cabeza de la administración están los ministros, miembros de la clase rica; y así sucesivamente.

Cuando el proletariado lucha por el poder, ¿contra quién y contra qué está luchando? En primer lugar, contra esta organización burguesa.

Ahora bien, cuando lucha contra esta organización, su tarea es asestar golpes que destruyan dicha organización. Pero dado que la fuerza principal del gobierno reside en el ejército, si deseamos obtener la victoria sobre la burguesía, lo primero y esencial es desorganizar y destruir el ejército burgués.

Los comunistas alemanes no podrían derrocar el régimen de Scheidemann y Noske a menos que pudieran destruir el ejército de Guardias Blancas.

  • Si el ejército opuesto permanece intacto, la victoria de la revolución será imposible;
  • si la revolución resulta victoriosa, el ejército de la burguesía se desintegrará y se desmoronará.

Por esto, por ejemplo, la victoria sobre el zarismo no significó más que una destrucción parcial del Estado zarista y una descomposición parcial del ejército; pero la victoria de la revolución de noviembre denotó el derrocamiento definitivo de la organización estatal del Gobierno Provisional y la disolución total del ejército de Kerenski.

Así, la revolución destruye el viejo poder y crea uno nuevo, un poder diferente del que existía antes.

Por supuesto, el nuevo poder se adueña de algunos de los componentes constitutivos del viejo, pero los utiliza de otra manera.

De ello se deduce que la conquista del poder del Estado no es la conquista de la organización preexistente, sino la creación de una nueva organización, una organización creada por la clase que ha resultado victoriosa en la lucha.

La importancia práctica de esta cuestión es enorme.

A los bolcheviques alemanes, por ejemplo, se les ha reprochado (como antes se les reprochó a los rusos) el haber provocado la descomposición del ejército y fomentado la indisciplina, el haber alentado la desobediencia a los oficiales. Antiguamente esto se consideraba, y muchos todavía lo consideran, una acusación terrible. Pero no hay nada terrible en ello.

Debemos fomentar la descomposición en un ejército que está formado en contra de los trabajadores y a las órdenes de la burguesía, incluso aunque esta última consista en nuestros propios compatriotas. A falta de esto, la revolución sucumbirá. En consecuencia, no hay que temer en absoluto trabajar por la descomposición de semejante ejército burgués; un revolucionario que destruye el aparato estatal de la burguesía puede considerar que está prestando un servicio excelente.

Donde la disciplina burguesa permanece intacta, la burguesía es invencible. Quienes desean derrocar a la burguesía no deben dudar en hacerle daño.

25. El Partido Comunista y las Clases de la Sociedad capitalista.

Para que el proletariado pueda obtener la victoria en cualquier país, es indispensable que esté compacto y bien organizado; es indispensable que tenga su propio Partido Comunista que haya reconocido claramente la tendencia del desarrollo capitalista, que haya comprendido la situación real y los verdaderos intereses de la clase trabajadora, que haya interpretado adecuadamente dicha situación y que sea competente para alinear las filas y librar la batalla.

En ningún lugar y en ningún momento ha podido ningún partido enrolar a todos los miembros de la clase que representa; jamás ninguna clase ha alcanzado el grado necesario de conciencia.

En términos generales, aquellos que se organizan en un partido son los miembros más avanzados de una clase; aquellos que comprenden mejor sus intereses de clase; aquellos que son más audaces, más enérgicos y más obstinados en la lucha.

Por esta razón, el número de adherentes del partido es siempre considerablemente menor que el número de quienes componen la clase cuyos intereses representa el partido.

Dado que, sin embargo, un partido representa en definitiva los intereses correctamente interpretados de la clase, los partidos suelen desempeñar un papel dirigente. El partido dirige a toda la clase, y la lucha entre clases por el poder encuentra su expresión en la lucha entre partidos políticos por el poder.

Aquel que desee comprender la naturaleza de los partidos políticos debe estudiar las relaciones de las diversas clases en la sociedad capitalista.

De estas relaciones surgen intereses de clase definidos. Como ya hemos aprendido, la defensa de los intereses de clase es el propósito esencial de los partidos políticos.

Terratenientes. Durante el primer período del desarrollo capitalista, la economía agraria se basaba en el trabajo semiesclavo de los campesinos. Los terratenientes arrendaban tierras a los campesinos, recibiendo como renta un pago en dinero o en especie. Un método de pago en especie consistía en que el trabajador empleara la mitad de su tiempo en labrar la hacienda del terrateniente. A los terratenientes, como clase, les interesaba impedir que los campesinos se marcharan a las ciudades; por consiguiente, se resistían a toda innovación; deseaban mantener las viejas condiciones semiesclavas en las aldeas; se oponían al desarrollo de la industria manufacturera. Tales terratenientes poseían antiguos dominios señoriales patrimoniales; muy pocos de ellos trabajaban en sus propias haciendas, y vivían en su mayor parte como parásitos a costa de los campesinos.

Como resultado de este estado de cosas, los partidos que representan a los terratenientes han sido siempre y siguen siendo los principales pilares de la reacción.

Son estos los partidos políticos que por doquier desean el retorno al viejo orden; quieren volver al dominio de los terratenientes, restaurar al terrateniente-zar (el monarca), asegurar el predominio de la «nobleza de sangre azul», consumar la completa esclavitud de los campesinos y de los obreros.

Constituyen lo que se conoce como partidos conservadores; sería más exacto calificarlos de partidos reaccionarios.

Dado que desde tiempos inmemoriales los oficiales del ejército y de la marina se han reclutado entre las filas de la aristocracia terrateniente, es perfectamente natural que los partidos de los terratenientes estén siempre en los mejores términos con los generales y los almirantes. Esto es lo que encontramos en todos los países del mundo.

Como ejemplo se puede mencionar a los miembros de la casta de los júnkers prusianos (en Alemania, los grandes terratenientes son conocidos como «júnkers»), que envían a algunos de sus hijos al cuerpo de oficiales.

De manera similar, en Rusia tenemos a nuestra nobleza terrateniente, los llamados provincianos, «los uros», como algunos de los diputados de la duma: Markov el Segundo, Krupensky y otros.

El Consejo de Estado zarista estaba compuesto en gran parte por miembros de esta clase terrateniente. La mayoría de los ricos propietarios de tierras pertenecientes a familias antiguas ostentan títulos tales como príncipe, conde, etc.; son los verdaderos descendientes de antepasados que poseían miles de siervos.

Los partidos de los terratenientes en Rusia eran:

  • la Unión del Pueblo Ruso;
  • el Partido Nacionalista, dirigido por Krupensky;
  • los octubristas de derecha;
  • etcétera.

La burguesía capitalista.

El interés de esta clase es asegurar los mayores beneficios posibles de la «industria nacional» en desarrollo, es decir, de la plusvalía extraída a la clase trabajadora. Manifiestamente, este interés no coincide plenamente con el de los terratenientes. Cuando el capital hace sentir su influencia en la vida rural, las viejas condiciones se alteran. Los campesinos son atraídos hacia las ciudades; el capital crea un vasto proletariado y despierta nuevas necesidades en las aldeas; los campesinos, hasta entonces dóciles y tranquilos, se vuelven «indóciles». A los terratenientes, a los hombres de la provincia profunda, estas innovaciones les desagradan.

Por otra parte, la burguesía capitalista las considera llenas de promesas. Cuanto más se atrae a los trabajadores de las aldeas a las ciudades, más trabajo asalariado queda, por consiguiente, disponible al servicio del capitalista, y más barato puede este contratarlo. Cuanto más completamente se arruina la vida rural y mayor es la medida en que los pequeños productores dejan de fabricar diversos artículos para sí mismos, más esencial les resulta comprar estos productos a los grandes fabricantes. Cuanto más rápida es, por tanto, la desaparición de las viejas condiciones en las que la aldea lo producía todo para sí misma, mayor será la expansión del mercado para la venta de mercancías producidas en las fábricas y más altos serán los beneficios de la clase capitalista.

Por esta razón, la clase capitalista arremete contra los terratenientes de la vieja escuela.

(Existen, además, terratenientes capitalistas; estos explotan sus haciendas con la ayuda del trabajo asalariado y de la maquinaria; sus intereses están estrechamente emparentados con los de la burguesía y, por lo general, se adscriben a los partidos de los capitalistas más adinerados.)

Pero, por supuesto, la principal lucha de los capitalistas es contra la clase trabajadora.

  • Cuando la clase obrera lucha principalmente contra los terratenientes y muy poco contra la burguesía, esta última contempla con aprobación la lucha de la clase trabajadora. Así ocurrió en el año 1904 y en 1905 hasta octubre.
  • Pero cuando los obreros empiezan a tomar conciencia de sus intereses comunistas y a marchar contra la burguesía, entonces esta se une a los terratenientes contra los obreros.

En todas partes, hoy en día, los partidos de la burguesía capitalista (los llamados partidos liberales) libran una lucha encarnizada contra el proletariado revolucionario, y son ellos los que constituyen el estado mayor político de la contrarrevolución.

Entre tales partidos en Rusia, se pueden mencionar dos.

  • Primero, el de los Demócratas Constitucionales; a partir de las iniciales de su nombre (C. D.), a sus miembros se les suele llamar «kadetes».
  • En segundo lugar están los octubristas, que hoy casi han desaparecido.

Miembros de la burguesía industrial, terratenientes capitalistas, banqueros y los defensores de todos ellos (la intelectualidad superior: profesores universitarios, abogados y escritores de éxito, directores de fábricas, etc.) forman los núcleos de estos partidos.

En el año 1905 los kadetes murmuraban contra la autocracia, pero ya temían a los obreros y a los campesinos; tras la revolución de marzo de 1917, se convirtieron en los líderes de todas las fuerzas que se alinearon contra el partido de la clase trabajadora, contra los bolcheviques comunistas.

En los años 1918 y 1919 los kadetes encabezaron todas las conjuras contra el Gobierno Soviético y participaron en los gobiernos del general Denikin y del almirante Kolchak. En una palabra, dirigieron la sangrienta reacción y, finalmente, llegaron incluso a formar una coalición con los partidos de los terratenientes.

Pues bajo la presión del movimiento de la clase obrera, todos los grupos de propietarios ricos se unen en un solo campo de reaccionarios, dirigido por la sección más enérgica entre ellos.

La pequeña burguesía urbana. A este grupo pertenecen los artesanos independientes, los pequeños tenderos, la pequeña intelectualidad que comprende a los asalariados y la pequeña burocracia. En realidad, no constituyen una clase, sino una muchedumbre heterogénea. Todos estos elementos son explotados más o menos por el capital, y a menudo sufren exceso de trabajo. Muchos de ellos se arruinan en el curso del desarrollo capitalista. Las condiciones de su trabajo, sin embargo, son tales que en su mayor parte no logran darse cuenta de cuán desesperada es su situación bajo el capitalismo.

Consideremos, por ejemplo, al artesano independiente. Es tan industrioso como una hormiga.

El capital lo explota de diversas maneras:

  • el usurero lo explota;
  • la tienda para la cual trabaja lo explota;
  • y así sucesivamente.

El artesano se siente a sí mismo como un «maestro»; trabaja con sus propias herramientas y, en apariencia, es «independiente», aunque en realidad está completamente enredado en la red de la araña capitalista. Vive con la esperanza perenne de mejorar su situación, pensando siempre: «Pronto podré expandir mi negocio, entonces podré comprar para mí»; tiene cuidado de no mezclarse con los trabajadores y en sus modales evita imitarlos, afectando las maneras de la gente bien, pues siempre espera convertirse él mismo en un «caballero».

En consecuencia, aunque es más pobre que las ratas, suele sentirse más afín al hombre que lo explota que a los trabajadores.

Los partidos pequeñoburgueses suelen agruparse bajo la bandera de los «radicales» o de los «republicanos», pero a veces también bajo la de los «socialistas» (véanse los párrafos en letra pequeña del § 22). Es sumamente difícil apartar a esas gentes de esta falsa actitud mental, que es su desgracia y no su culpa.

En Rusia, con más frecuencia que en otras partes, los partidos pequeñoburgueses han solido llevar una máscara socialista. Esto lo hicieron los socialistas populistas, los socialrevolucionarios y, en parte, los mencheviques.

Es necesario señalar que los socialrevolucionarios tendían a apoyarse principalmente en los campesinos medios y los campesinos ricos.

El campesinado. En los distritos rurales, el campesinado ocupa una posición muy similar a la que ocupa la pequeña burguesía en las ciudades. Este tampoco constituye, propiamente hablando, una sola clase, ya que bajo el capitalismo se divide continuamente en clases. En cada aldea y caserío hallamos que algunos de los campesizos van a buscar trabajo a las ciudades y, por tanto, con el tiempo se transforman por completo en proletarios; otros se convierten en campesinos ricos y usureros. Los campesinos «medios» forman un estrato inestable. Muchos de ellos se arruinan con el tiempo; se convierten en «hombres sin caballo» y terminan buscando trabajo como jornaleros agrícolas o como obreros fabriles; otros tienen más éxito, «prosperan en el mundo», acumulan riqueza, se convierten en «campesinos patronos», contratan mano de obra agrícola, utilizan maquinaria; en una palabra, se transforman en empresarios capitalistas. Por eso tenemos derecho a decir que el campesinado no forma propiamente una sola clase. Entre los campesinos debemos distinguir al menos tres grupos. Primero tenemos a los campesinos ricos, los campesinos patronos, que constituyen una burguesía rural, pues son explotadores del trabajo asalariado. Luego vienen los campesinos medios, que trabajan sus propias parcelas y no explotan el trabajo asalariado. En tercer y último lugar, tenemos a los campesinos pobres, que forman el semiproletariado y el proletariado rurales.

Es fácil comprender que los miembros de estos respectivos grupos, debido a la diferencia de sus posiciones, tendrán puntos de vista distintos sobre la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía.

  • Los campesinos ricos están por regla general aliados con la burguesía, y muy a menudo también con los grandes terratenientes.
  • En Alemania, por ejemplo, los llamados «grandes campesinos» están unidos en una sola organización con los sacerdotes y los terratenientes.
  • Encontramos lo mismo en Suiza y en Austria, y hasta cierto punto también en Francia.
  • En Rusia, durante el año 1918, los campesinos ricos apoyaron todas las conspiraciones contrarrevolucionarias.

Quienes pertenecen a los estratos semiproletarios y proletarios respaldan naturalmente a los trabajadores en su lucha contra la burguesía y los campesinos ricos. En lo que concierne a los campesinos medios, el asunto es mucho más complicado.

Si tan solo los campesinos medios se dieran cuenta de que para la mayoría de ellos no hay salida bajo el capitalismo, de que solo unos pocos pueden aspirar jamás a convertirse en campesinos ricos, mientras que la mayoría está destinada a vivir en la penuria, entonces estarían dispuestos a brindar un apoyo incondicional a los trabajadores.

Pero su desgracia radica en que les ocurre lo mismo que en las ciudades a los artesanos independientes y a los miembros de la pequeña burguesía. Cada uno de ellos, en el fondo de su corazón, abriga la esperanza de progresar, de enriquecerse.

Pero, por otra parte, el campesino medio está oprimido por el capitalista, el prestamista, el terrateniente y el campesino rico. El resultado es, por lo general, que el campesino medio oscila entre el proletariado y la burguesía. Es incapaz de adoptar de todo corazón el programa de la clase obrera, pero al mismo tiempo le teme terriblemente al terrateniente.

Esta vacilación ha sido singularmente evidente en Rusia. Los campesinos medios apoyaron a los obreros contra los terratenientes y los campesinos ricos. Después, temiendo no estar tan bien en la «comuna», escucharon los consejos de los campesinos ricos y se opusieron a los obreros. Más tarde aún, cuando el peligro amenazó por parte de la clase terrateniente (Denikin, Kolchak), se inclinaron una vez más a abrazar la causa de los obreros.

La misma vacilación se ha manifestado en la lucha de partidos. Unas veces el campesino medio se adhiere al partido de los obreros, al partido de los bolcheviques comunistas; otras veces se adhiere al partido de los campesinos ricos, el partido de los eseristas (socialistas revolucionarios).

La clase obrera (el proletariado). Esta clase consta de aquellos que «no tienen nada que perder más que sus cadenas». No solo son explotados por los capitalistas; sino que además, como ya hemos aprendido, el propio curso del desarrollo capitalista conduce a su unificación en un poder homogéneo, compuesto por personas acostumbradas a trabajar juntas y a luchar juntas. Por esta razón, la clase obrera es la clase más progresista de la sociedad capitalista. Por esta misma razón, asimismo, el partido de la clase obrera es el partido más progresista, el más revolucionario que pueda existir jamás.

Es natural, además, que el objetivo de este partido sea el de desencadenar la revolución comunista. Con este fin, el partido proletario debe ser absolutamente intransigente.

Su función no es regatear con la burguesía, sino derrocar a la burguesía del poder y aplastar la resistencia de los capitalistas.

Este partido debe «revelar el conflicto absoluto de intereses entre explotadores y explotados» (las palabras fueron usadas en nuestro viejo programa, que fue firmado por los mencheviques; pero, ¡ay!, los mencheviques las han olvidado por completo y ahora van de la mano con la burguesía).

¿Cuál debe ser, sin embargo, la actitud de nuestro partido hacia la pequeña burguesía, hacia los estratos más pobres no proletarios de nuestras grandes ciudades y hacia el campesinado medio?

Esto queda claro por lo que se ha dicho más arriba. Jamás debemos cansarnos de aportar pruebas y explicaciones para convencerles de que sus esperanzas de una vida mejor bajo el capitalismo son fruto del engaño ajeno o se deben a su propio autoengaño.

Debemos demostrar paciente y claramente al campesinado medio que debe ingresar sin vacilar en el campo proletario y, a pesar de todas las dificultades, luchar codo a codo con los trabajadores; es nuestro deber mostrarle que los únicos campesinos que saldrán ganando con la victoria de la burguesía serán los campesinos ricos, que en tal caso se transformarán en una nueva clase de terratenientes.

En una palabra, debemos lograr que todos los que trabajan hagan causa común con el proletariado; debemos permitir que todos los que trabajan vean las cosas desde el punto de vista de la clase trabajadora.

Aquellos que pertenecen a la pequeña burguesía y al estrato de los campesinos medios están llenos de prejuicios derivados de las condiciones de su vida.

Es nuestro deber revelar el verdadero estado de cosas. Debemos demostrar que la situación del artesano y del campesino trabajador bajo el capitalismo es totalmente desesperada, y que harían bien en dejar de intentar entretenerse con cuadros de fantasía.

Debemos decirle al campesino medio que, mientras dure el capitalismo, siempre habrá un terrateniente cabalgando sobre sus espaldas: ya sea uno de la nobleza, el terrateniente del viejo tipo; o bien un campesino rico, el terrateniente del nuevo tipo.

No hay ninguna posibilidad de reconstruir la vida sobre nuevas bases que no sea a través de la victoria y el fortalecimiento del proletariado.

Pero, puesto que la victoria del proletariado solo puede garantizarse mediante la organización de los trabajadores y mediante la existencia de un partido fuerte, sólido y resuelto, debemos atraer a nuestras filas a todos aquellos que trabajan, a todos aquellos para quienes la vida nueva es querida, a todos aquellos que han aprendido a pensar y a luchar como proletarios.

Lo importante que es la existencia de un partido comunista sólido y militante se desprende de los ejemplos de Alemania y Rusia.

En Alemania, donde el proletariado está muy desarrollado, no existía, sin embargo, antes de la guerra, un partido de la clase obrera tan militante como el de los bolcheviques comunistas en Rusia. Solo durante la guerra los camaradas Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo y otros comenzaron a fundar un partido propiamente comunista.

Por esta razón, durante los años 1918 y 1919, a pesar de una serie de levantamientos, los obreros alemanes demostraron ser incapaces de derrocar a la burguesía.

En Rusia, en cambio, existía nuestro partido intransigentemente comunista. Gracias a esto, el proletariado ruso estuvo bien dirigido. Por ello, a pesar de todas las dificultades, el proletariado ruso fue el primero en asegurar una victoria sólida y rápida.

A este respecto, nuestro partido puede servir y sirve de ejemplo a otros partidos comunistas. Su solidez y disciplina son universalmente reconocidas. Es, de hecho, el partido más militante de la revolución proletaria y, como tal, ocupa el lugar dirigente.

# Literatura

  • MARX y ENGELS, El Manifiesto Comunista.
  • LENIN, El Estado y la revolución.
  • PLEJÁNOV, El centenario de la gran Revolución Francesa.
  • BOGDÁNOV, Breve curso de ciencia económica.
  • BEBEL, La mujer y el socialismo (El Estado del futuro).
  • BOGDÁNOV, La estrella roja (utopía).
  • KORSAK, La sociedad legalista y la sociedad de los trabajadores (ensayo en la obra colectiva «Artículos de filosofía realista»;).

En cuanto al anarquismo, pueden leerse las siguientes obras:

  • VOLSKY, La teoría y la práctica del anarquismo.
  • PREOBRAZHENSKY, Anarquismo y comunismo.
  • BAZAROV, Comunismo anarquista y marxismo.

En cuanto a las clases de la sociedad capitalista, consúltese: KAUTSKY, Intereses de clase.

En cuanto a las características de los partidos pequeño-burgueses, léase lo siguiente:

  • MARX, El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte.
  • MARX, Revolución y contrarrevolución en Alemania.
  • MARX, La guerra civil en Francia.
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