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nydus/The Murder at the VicaragePublic
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IV

De lo que Griselda se rió.

El jueves empezó mal.

Dos de las damas de mi parroquia decidieron pelearse por los adornos de la iglesia. Me llamaron para mediar entre dos mujeres de mediana edad, cada una de las cuales temblaba literalmente de rabia. Si no hubiera sido tan doloroso, habría sido un fenómeno físico bastante interesante.

Luego tuve que reprender a dos de los niños del coro por chupar caramelos de forma persistente durante las horas del servicio divino, y me quedé con la incómoda sensación de que no estaba haciendo el trabajo con toda la entrega que debiera.

Entonces nuestro organista, que es claramente «delicado», se había ofendido y tuvieron que calmarlo.

Y cuatro de mis feligreses más pobres se declararon en abierta rebeldía contra la señorita Hartnell, quien vino a verme furiosa perdida por este motivo.

Iba de camino a casa cuando me encontré con el coronel Protheroe. Estaba de muy buen humor, habiendo condenado a tres furtivos, en su calidad de magistrado.

“Firmeza —gritó con su voz estentórea. Es un poco sordo y eleva la voz en consecuencia, como suelen hacer los sordos—. ¡Eso es lo que hace falta hoy en día: firmeza! Escarmentar. Ese granuja de Archer salió ayer y anda por ahí jurándose venganza contra mí, según me han dicho. Insolente sinvergüenza. Hombre amenazado, vida larga, como suele decirse. Ya le enseñaré yo lo que vale su venganza la próxima vez que lo pille robándome los faisanes. ¡Laxitud! ¡Somos demasiado laxos hoy en día! Creo en dejar al descubierto a cada cual tal como es. A uno siempre le piden que piense en la esposa y en los hijos del prójimo. Pura

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