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IV. El Muro del Mundo

El Muro del Mundo

Para cuando su madre comenzó a salir de la cueva en expediciones de caza, el cachorro ya se había aprendido bien la ley que le prohibía acercarse a la entrada.

No solo esta ley le había sido inculcada a la fuerza y muchas veces mediante el hocico y la pata de su madre, sino que en él el instinto del miedo estaba desarrollándose.

Jamás, en su breve vida en la cueva, se había topado con nada a qué temerle. Sin embargo, el miedo habitaba en él. Le había llegado desde una ascendencia remota a través de mil miles de vidas. Era una herencia que había recibido directamente de Ojo Tuerto y la loba; pero a ellos, a su vez, les había sido transmitida a través de todas las generaciones de lobos que los habían precedido.

¡Miedo!, ese legado de la Salvajina del que ningún animal puede escapar ni cambiar por lentejas.

De modo que el cachorro gris conoció el miedo, aunque no sabía de qué estaba hecho el miedo. Posiblemente lo aceptaba como una de las restricciones de la vida. Pues ya había aprendido que existían tales restricciones.

El hambre la había conocido; y cuando no había podido calmar su hambre, había sentido la restricción. La dura obstrucción de la pared de la cueva, el agudo empujón de la nariz de su madre, el golpe contundente de su pata, el hambre insatisfecha de varias hambres, le habían inculcado que no todo era libertad en el mundo, que para la vida había limitaciones y coacciones.

Estas limitaciones y coacciones eran leyes. Ser obediente a ellas era escapar del daño y avanzar hacia la felicidad.

Él no razonaba la cuestión a la manera de los hombres. Se limitaba a clasificar las cosas que dolían y las cosas que no dolían. Y tras dicha clasificación, evitaba las cosas que dolían, las restricciones y las limitaciones, para disfrutar de las satisfacciones y las recompensas de la vida.

Así fue como, obedeciendo la ley impuesta por su madre, y obedeciendo la ley de esa cosa desconocida e innombrada llamada miedo, se mantuvo alejado de la boca de la cueva. Esta seguía siendo para él una blanca muralla de luz.

Cuando su madre estaba ausente, dormía casi todo el tiempo, mientras que en los ratos que permanecía despierto se estaba muy quieto, reprimiendo los gemidos que le cosquilleaban en la garganta y luchaban por salir.

Una vez, desvelado, oyó un ruido extraño en la pared blanca.

No sabía que era un glotón, que estaba afuera, temblando por su propia audacia y olfateando con cautela el interior de la cueva.

El cachorro solo sabía que aquel olfateo era extraño, algo no clasificado, por ende desconocido y terrible; pues lo desconocido era uno de los principales ingredientes que componían el miedo.

El pelo se le erizó en el lomo al cachorro gris, pero se erizó en silencio. ¿Cómo iba a saber que aquello que olfateaba era algo ante lo cual debía erizarse? No nacía de ningún conocimiento suyo, sino que era la expresión visible del miedo que llevaba dentro y que, en su propia vida, no tenía explicación.

Pero el miedo iba acompañado de otro instinto: el de la ocultación. El cachorro estaba presa de un pánico frenético, sin embargo, yacía sin moverse ni emitir sonido, congelado, petrificado en la inmovilidad, a todas luces muerto.

Su madre, al volver a casa, gruñó al percibir el rastro del glotón, saltó al interior de la cueva y lo lamió y lo hocico con una vehemencia de afecto inusitada. Y el cachorro sintió que de algún modo se había librado de un gran daño.

Pero en el cachorro actuaban otras fuerzas, la mayor de las cuales era el crecimiento. El instinto y la ley le exigían obediencia. Pero el crecimiento le exigía desobediencia. Su madre y el miedo le impulsaban a mantenerse alejado de la pared blanca. El crecimiento es vida, y la vida está destinada por siempre a buscar la luz. Así que no había forma de contener la marea de vida que crecía en su interior —creciendo con cada bocado de carne que tragaba, con cada aliento que tomaba—. Al final, un día, el miedo y la obediencia fueron barridos por el torrente de vida, y el cachorro avanzó a gatas y torpemente hacia la entrada.

A diferencia de cualquier otra pared con la que hubiera tenido experiencia, esta pared parecía alejarse de él a medida que se acercaba.

Ninguna superficie dura chocó contra su tierna y pequeña nariz que extendía tentativamente ante sí.

La sustancia de la pared parecía tan permeable y flexible como la luz. Y dado que la condición, a sus ojos, tenía la apariencia de forma, penetró en lo que había sido una pared para él y se bañó en la sustancia que la componía.

Era desconcertante. Avanzaba a gatas a través de la solidez. Y la luz era cada vez más brillante.

El miedo lo instaba a retroceder, pero el crecimiento lo impulsaba a seguir adelante. De repente se encontró en la boca de la cueva. La pared, en cuyo interior se había creído, saltó de pronto hacia atrás ante él a una distancia inmesurable. La luz se había vuelto dolorosamente brillante. Estaba deslumbrado por ella. Asimismo, se sentía mareado por esa abrupta y tremenda extensión del espacio.

Automáticamente, sus ojos se fueron adaptando a la claridad, enfocándose para hacer frente a la mayor distancia de los objetos. Al principio, la pared se había escapado de su visión. Ahora la volvió a ver; pero había adquirido una lejanía notable. Además, su aspecto había cambiado. Ahora era una pared variopinta, compuesta por los árboles que bordeaban el arroyo, la montaña de enfrente que se alzaba sobre los árboles, y el cielo que superaba a la montaña.

Un gran miedo se apoderó de él. Esto era más de lo terrible desconocido.

Se agachó en el borde de la cueva y contempló el mundo. Tenía muchísimo miedo. Como era desconocido, le resultaba hostil.

Por eso se le erizó el pelo a lo largo del lomo y se le arrugaron débilmente los labios en un intento de gruñido feroz e intimidante.

Desde su pequeñez y su espanto desafió y amenazó a todo el ancho mundo.

No pasó nada. Siguió mirando y, en su interés, se olvidó de gruñir. Tampoco se acordó de tener miedo. Por el momento, el miedo había sido desplazado por el crecimiento, mientras que el crecimiento había adoptado la apariencia de la curiosidad. Comenzó a fijarse en los objetos cercanos: una parte despejada del arroyo que brillaba bajo el sol, el pino fulminado que se alzaba al pie de la pendiente y la pendiente misma, que ascendía hasta él y terminaba a dos pies del borde de la cueva en la que estaba agazapado.

Ahora el cachorro gris había vivido todos sus días sobre un suelo plano. Nunca había experimentado el dolor de una caída. No sabía lo que era una caída.

Así que salió con audacia al vacío. Sus patas traseras aún se apoyaban en el borde de la cueva, de modo que cayó hacia adelante, de cabeza. La tierra le propinó un golpe fuerte en la nariz que lo hizo chillar.

Luego comenzó a rodar por la pendiente, una y otra vez. Estaba en un pánico de terror. Lo desconocido lo había atrapado al fin. Lo había agarrado con fiereza y estaba a punto de infligirle algún daño terrible. El crecimiento quedó entonces vencido por el miedo, y chilló como cualquier cachorro asustado.

Lo desconocido lo arrastraba hacia no sabía qué espantoso daño, y él aullaba y chillaba sin cesar.

Esto era muy distinto de acurrucarse con un miedo helado mientras lo desconocido acechaba justo al lado. Ahora lo desconocido lo había atrapado firmemente. El silencio no serviría de nada.

Además, no era el miedo, sino el terror, lo que lo conmovía.

Pero la pendiente se hizo más suave, y su base estaba cubierta de hierba. Aquí el cachorro perdió impulso. Cuando por fin se detuvo, dio un último grito angustiado y luego un lamento largo y lloroso. Además, y con toda naturalidad, como si en su vida ya se hubiera aseado mil veces, se puso a lamer la arcilla seca que lo ensuciaba.

Después de eso se incorporó y miró a su alrededor, como podría hacerlo el primer hombre de la tierra que descendiera en Marte.

El cachorro había atravesado el muro del mundo, lo desconocido había soltado su presa, y allí estaba él, sano y salvo. Pero el primer hombre en Marte habría experimentado menor extrañeza que él.

Sin conocimiento previo, sin advertencia alguna de que semejante cosa existiera, se descubrió a sí mismo como un explorador en un mundo totalmente nuevo.

Ahora que lo terrible desconocido lo había soltado, olvidó que lo desconocido tuviera terror alguno. Solo sentía curiosidad por todas las cosas que lo rodeaban.

Inspeccionó la hierba bajo él, la planta de arándano palustre justo más allá y el tronco muerto del pino fulminado que se encontraba al borde de un claro entre los árboles.

Una ardilla, que corría alrededor de la base del tronco, tropezó de frente con él y le dio un gran susto. Él se acurrucó y gruñó. Pero la ardilla estaba igual de asustada. Trepó al árbol y, desde un punto seguro, le devolvió los chillidos con furia.

Esto ayudó al valor del cachorro, y aunque el pájaro carpintero con el que se tropezó después le dio un susto, continuó su camino con confianza. Tal era su confianza que, cuando un arrendajo siberiano se le acercó saltando con insolencia, él le tiró una zarpa juguetona. El resultado fue un picotazo agudo en la punta de la nariz que lo hizo acobardarse y soltar un ¡ay! El ruido que hizo fue demasiado para el arrendajo siberiano, que buscó la seguridad en la huida.

Pero el cachorro estaba aprendiendo. Su pequeña y nublada mente ya había hecho una clasificación inconsciente.

  • Había cosas vivas y cosas no vivas.
  • Asimismo, debía cuidarse de las cosas vivas.

Las cosas no vivas permanecían siempre en un mismo lugar, pero las cosas vivas se movían por todas partes, y no había forma de saber qué podrían hacer. Lo que cabía esperar de ellas era lo inesperado, y para esto debía estar preparado.

Viajaba con mucha torpeza. Tropezaba con palos y cosas por el estilo. Una ramita que creía muy lejana, al instante siguiente le golpeaba la nariz o le arañaba las costillas. Había irregularidades en la superficie. A veces daba un paso demasiado largo y se golpeaba la nariz. Con la misma frecuencia daba un paso demasiado corto y se golpeaba los pies. Luego estaban los guijarros y las piedras que rodaban bajo sus pies al pisarlos; y gracias a ellos llegó a saber que las cosas inanimadas no estaban todas en el mismo estado de equilibrio estable que su cueva; también, que las cosas pequeñas e inanimadas eran más propensas que las grandes a caerse o volcarse. Pero con cada contratiempo iba aprendiendo. Cuanto más caminaba, mejor caminaba. Se estaba adaptando. Estaba aprendiendo a calcular sus propios movimientos musculares, a conocer sus limitaciones físicas, a medir las distancias entre los objetos, y entre los objetos y él mismo.

Era la suerte del principiante. Nacido para ser cazador de carne (aunque él no lo supiera), dio por casualidad con la carne justo afuera de la puerta de su propia cueva en su primera incursión en el mundo.

Fue por pura torpeza que tropezó con el nido de perdiz nival, sabiamente oculto. Cayó dentro de él. Había intentado caminar por el tronco de un pino caído. La corteza podrida cedió bajo sus pies y, con un ladrido desesperado, se precipitó por la curva redondeada, rompió el follaje y los tallos de un arbusto pequeño y, en el corazón del arbusto, sobre el suelo, fue a parar en medio de siete polluelos de perdiz nival.

Hacían ruido y al principio eso le asustó. Luego se dio cuenta de que eran muy pequeños y se volvió más audaz. Se movían.

Puso su pata sobre uno y sus movimientos se aceleraron. Esto fue para él una fuente de disfrute. Lo olió. Lo cogió con el hocico. Forcejeaba y le hacía cosquillas en la lengua.

Al mismo tiempo cobró conciencia de una sensación de hambre. Sus mandíbulas se cerraron. Hubo un crujido de huesos frágiles y sangre tibia corrió por su boca. Su sabor era bueno. Esto era carne, igual que la que le daba su madre, solo que estaba viva entre sus dientes y por lo tanto era mejor.

Así que se comió la perdiz nival. Y no paró hasta devorar a toda la nidada. Luego se lambió los belfos exactamente igual que hacía su madre y empezó a salir a gatas del arbusto.

Se encontró con un torbellino de plumas. Estaba confundido y deslumbrado por la ráfaga y el batir de alas furiosas. Escondió la cabeza entre las patas y dio un aullido. Los golpes aumentaron. La madre perdiz nival estaba furiosa.

Entonces se enfadó. Se levantó, gruñendo, lanzando manotazos. Hundió sus diminutos dientes en una de las alas y tiró de ella con fuerza y empeño. La perdiz luchó contra él, propinándole una lluvia de golpes con el ala libre.

Era su primera batalla. Estaba exultante. Se olvidó por completo de lo desconocido. Ya no le temía a nada. Estaba luchando, desgarrando a un ser vivo que lo atacaba. Además, ese ser vivo era carne. El instinto de matar se había apoderado de él. Acababa de destruir pequeños seres vivos. Ahora destruiría a un gran ser vivo.

Estaba demasiado ocupado y feliz como para saber que era feliz. Estaba estremecido y exultante de maneras nuevas y más grandes para él que cualquiera que hubiera conocido antes.

Se aferró al ala y gruñó entre los dientes apretados. La perdiz nival lo arrastró fuera del arbusto. Cuando ella giró e intentó arrastrarlo de vuelta al refugio del arbusto, él la tiró hacia afuera, hacia el espacio abierto. Y durante todo ese tiempo ella lanzaba gritos y golpeaba con su ala libre, mientras las plumas volaban como una nevada. El grado de excitación al que había llegado era tremendo. Toda la sangre guerrera de su casta había despertado en él y fluía rauda por sus venas. Esto era la vida, aunque él no lo supiera. Estaba comprendiendo su propio sentido en el mundo; estaba haciendo aquello para lo cual había sido creado: cazar carne y luchar para cazarla. Estaba justificando su existencia, algo mayor que lo cual la vida no puede hacer; porque la vida alcanza su cume cuando cumple hasta el extremo aquello para lo cual fue equipada.

Después de un tiempo, la perdiz nival dejó de forcejear. Él todavía la sostenía por el ala, y ambos yacieron en el suelo mirándose el uno al otro.

Intentó gruñir amenazante, ferozmente. Ella le picoteó la nariz que a estas alturas, debido a aventuras anteriores, ya la tenía dolorida. Él hizo una mueca de dolor pero no la soltó. Ella lo picoteó una y otra vez.

De la mueca pasó al gemido. Intentó retroceder alejándose de ella, ajeno al hecho de que al retenerla la arrastraba tras de sí. Una lluvia de picotazos cayó sobre su maltratada nariz. La marea de lucha refluyó en su interior y, soltando a su presa, puso pies en polvorosa y huyó a la carrera por el claro en una retirada ingloriosa.

Se tendió a descansar al otro lado del claro, cerca del borde de los arbustos, con la lengua colgando, el pecho agitado y jadeante, y la nariz todavía doliéndole, lo que hacía que continuara gimoteando.

Pero mientras yacía allí, de repente le invadió la sensación de que algo terrible era inminente. Lo desconocido con todos sus terrores se precipitó sobre él, y se encogió instintivamente buscando el refugio del arbusto.

Al hacerlo, una corriente de aire lo rozó, y un cuerpo grande y alado pasó de forma ominosa y silenciosa. Un halcón, que se lanzaba en picado desde el azul del cielo, había estado a punto de alcanzarlo.

Mientras yacía en el matorral, recuperándose del susto y mirando hacia afuera con temor, la perdiz nival madre, al otro lado del claro, aleteó fuera del nido destrozado. Fue debido a su pérdida que no prestó atención al proyectil alado del cielo. Pero el cachorro lo vio, y aquello fue una advertencia y una lección para él: el rápido descenso en picada del halcón, el breve vuelo rasante de su cuerpo justo por encima del suelo, el impacto de sus garras en el cuerpo de la perdiz, el graznido de agonía y miedo de la perdiz, y la ascensión vertiginosa del halcón hacia el azul, llevándose a la perdiz con él.

Pasó mucho tiempo antes de que el osezno abandonara su refugio. Había aprendido mucho. Los seres vivos eran carne. Eran buenos para comer. Además, los seres vivos, cuando eran lo suficientemente grandes, podían hacer daño.

Era mejor comer seres vivos pequeños, como polluelos de perdiz nival, y dejar en paz a los seres vivos grandes, como las gallinas de perdiz nival. Sin embargo, sentía un pequeño pinchazo de ambición, un deseo furtivo de volver a luchar contra aquella gallina de perdiz nival, solo que el halcón se la había llevado.

Tal vez hubiera otras gallinas de perdiz nival. Iría a ver.

Bajó por una pendiente inclinada hacia el arroyo. Nunca antes había visto agua. El piso parecía firme. No había irregularidades en la superficie.

Dio un paso audaz sobre ella y se hundió, gimiendo de miedo, en el abrazo de lo desconocido. Estaba fría y jadeó, respirando rápidamente. El agua se precipitó en sus pulmones en lugar del aire que siempre había acompañado su acto de respirar.

La asfixia que experimentó fue como la punzada de la muerte. Para él significaba la muerte. No tenía conocimiento consciente de la muerte, pero como cualquier animal de la Salvajina, poseía el instinto de la muerte. Para él representaba el mayor de los dolores. Era la esencia misma de lo desconocido; era la suma de los terrores de lo desconocido, la única catástrofe culminante e impensable que podía sucederle, acerca de la cual no sabía nada y a la cual temía todo.

Salió a la superficie, y el dulce aire penetró raudo en su boca abierta. No volvió a sumergirse. Como si se tratara de una costumbre muy arraigada en él, pataleó con todas sus extremidades y comenzó a nadar.

La orilla cercana estaba a una vara de distancia; pero había salido dándole la espalda, y lo primero en que se posaron sus ojos fue en la orilla opuesta, hacia la cual comenzó a nadar de inmediato.

El arroyo era pequeño, pero en la poza se ensanchaba hasta alcanzar unos veinte pies.

A mitad del paso, la corriente atrapó al cachorro y lo arrastró río abajo. Quedó atrapado en el rápido en miniatura al fondo de la poza.

Aquí había pocas posibilidades de nadar. El agua tranquila se había vuelto repentinamente furiosa.

A veces estaba bajo el agua, a veces encima. En todo momento se encontraba en un movimiento violento, ahora siendo volcado o girado, y de nuevo, siendo estrellado contra una roca. Y con cada roca que golpeaba, chillaba. Su progreso fue una sucesión de chillidos, a partir de los cuales se habría podido deducir el número de rocas con las que tropezaba.

Debajo de los rápidos había una segunda poza, y aquí, atrapado por el remolino, fue llevado suavemente hasta la orilla y depositado con la misma suavidad sobre un lecho de grava.

Se arrastró frenéticamente fuera del agua y se tendió.

Había aprendido algo más sobre el mundo.

  • El agua no estaba viva.
  • Sin embargo, se movía.
  • Además, parecía tan sólida como la tierra, pero carecía de toda solidez.

Su conclusión fue que las cosas no siempre eran lo que aparentaban ser.

El miedo del cachorro a lo desconocido era una desconfianza heredada, y ahora se había visto reforzado por la experiencia.

A partir de entonces, en la naturaleza de las cosas, albergaría una desconfianza duradera hacia las apariencias. Tendría que conocer la realidad de algo antes de poder depositar su fe en ello.

Otra aventura más le aguardaba aquel día. Había recordado que en el mundo existía algo llamado su madre. Y entonces le invadió la sensación de que la quería más que a todas las demás cosas del mundo.

No solo su cuerpo estaba cansado por las aventuras que había vivido, sino que su pequeño cerebro estaba igualmente cansado. En todos los días que había vivido no había trabajado tanto como en este único día. Además, tenía sueño. Así que se puso en marcha para buscar la cueva y a su madre, sintiendo al mismo tiempo una abrumadora e intensa oleada de soledad e indefensión.

Él avanzaba despatarrado entre unos arbustos, cuando oyó un grito agudo e intimidante. Hubo un destello amarillo ante sus ojos. Vio una comadreja que se alejaba velozmente de él.

Era un animalito vivo, y él no sintió miedo. Entonces, ante él, a sus pies, vio a un animalito vivo sumamente pequeño, de apenas unas pulgadas de largo, una cría de comadreja que, como él, se había aventurado a salir desobedientemente.

Esta intentó retroceder ante él. Él la giró con su pata. Ella hizo un ruido extraño y áspero.

Al momento siguiente, el destello amarillo reapareció ante sus ojos. Oyó de nuevo el grito intimidante y, al mismo tiempo, recibió un golpe seco en un lado del cuello y sintió los afilados dientes de la madre comadreja clavándose en su carne.

Mientras él aullaba y gimoteaba y retrocedía a tropezones, vio a la comadreja madre abalanzarse sobre su cría y desaparecer con ella en la espesura vecina.

El corte de sus dientes en su cuello aún le dolía, pero sus sentimientos estaban más gravemente heridos, y se sentó a gimotear débilmente. Esta comadreja madre era tan pequeña y tan salvaje.

Aún tenía que aprender que, en proporción a su tamaño y peso, la comadreja era el más feroz, vindicativo y terrible de todos los asesinos de la Salvajina. Pero una parte de este conocimiento pronto sería suya.

Aún sollozaba cuando la comadreja madre reapareció. No se precipitó hacia él, ahora que su cría estaba a salvo. Se acercó con mayor cautela, y el cachorro tuvo la oportunidad de observar su cuerpo delgado, serpentino, y su cabeza, erguida, ávida y también serpentina.

Su grito agudo y amenazador hizo que el pelo se le erizara a lo largo del lomo, y él le gruñó a modo de advertencia. Ella se acercó cada vez más. Hubo un salto, más rápido que su vista inexperta, y el cuerpo delgado y amarillo desapareció un momento de su campo de visión. Al instante siguiente estaba en su garganta, con los dientes hundidos en su pelo y su carne.

Al principio gruñó e intentó luchar; pero era muy joven, y este era apenas su primer día en el mundo, y su gruñido se convirtió en un gemido, su lucha en un forcejeo para escapar.

La comadreja nunca aflojó su presa. Siguió aferrada, esforzándose por clavar los dientes en la gran vena donde burbujeaba su sangre vital.

La comadreja era una bebedora de sangre, y siempre fue su preferencia beber de la garganta de la vida misma.

El cachorro gris habría muerto, y no habría habido historia que escribir sobre él, de no haber sido porque la loba salió saltando de entre los arbustos.

La comadreja soltó al cachorro y se lanzó contra la garganta de la loba, fallando, pero logrando aferrarse a la mandíbula en su lugar. La loba sacudió la cabeza como el chasquido de un látigo, rompiendo el agarre de la comadreja y lanzándola por los aires.

Y, todavía en el aire, las fauces de la loba se cerraron sobre el cuerpo flaco y amarillo, y la comadreja conoció la muerte entre los dientes trituradores.

El cachorro experimentó un nuevo acceso de afecto por parte de su madre. Su alegría al encontrarlo parecía aún mayor que su alegría por haber sido encontrado. Lo hocicó, lo acarició y le lamió los cortes que le habían hecho los dientes de la comadreja. Luego, entre los dos, madre y cachorro, se comieron al bebedor de sangre, y tras eso regresaron a la cueva y durmieron.

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