El rastro de la carne
Oscuros abetos fruncían el ceño a ambos lados de la vía fluvial congelada. Un viento reciente había despojado a los árboles de su capa blanca de escarcha, y parecían inclinarse los unos hacia los otros, negros y ominosos, bajo la luz que se desvanecía. Un silencio vasto reinaba sobre la tierra. La tierra misma era una desolación, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fría que su espíritu ni siquiera era el de la tristeza. Había en él un dejo de risa, pero de una risa más terrible que cualquier tristeza—una risa sin alegría como la sonrisa de la esfinge, una risa fría como la escarcha y partícipe de la severidad de la infalibilidad. Era la sabiduría imperiosa e incomunicable de la eternidad riéndose de la futilidad de la vida y del esfuerzo de la vida. Era lo Salvaje, lo salvaje y de corazón helado del Norte salvaje.
Pero había vida, circulando por la tierra y desafiante. Río abajo, por la vía fluvial congelada, avanzaba con esfuerzo una recua de perros lobunos. Su pelaje erizado estaba cubierto de escarcha. Su aliento se helaba en el aire al salir de sus fauces, brotando en surtidores de vapor que se posaban sobre el pelo de sus cuerpos y formaban cristales de hielo. Los perros llevaban arneses de cuero, y correas de cuero los unían a un trineo que arrastraban detrás. El trineo no tenía patines. Estaba hecho de resistente corteza de abedul, y toda su superficie se apoyaba en la nieve. La parte delantera del trineo estaba curvada hacia arriba, como un pergamino, con el fin de aplastar y hundir la masa de nieve blanda que avanzaba como una ola ante él. Sobre el trineo, firmemente atada, iba una caja larga y de forma rectangular y estrecha. Había otras cosas en el trineo —mantas, un hacha, una cafetera y una sartén—, pero lo que sobresalía, ocupando la mayor parte del espacio, era la caja larga, rectangular y estrecha.