Los creadores de fuego
El cachorro dio con él de repente. Fue culpa suya. Había estado descuidado. Había salido de la cueva y corrido hacia el arroyo para beber.
Podría ser que no hubiera prestado atención por estar cargado de sueño. (Había estado toda la noche siguiendo el rastro de la carne y acababa de despertarse). Y su descuido tal vez se debiera a la familiaridad del sendero que llevaba al pozo. Lo había recorrido a menudo y nunca le había pasado nada en él.
Bajó pasando junto al pino rajado por el rayo, cruzó el espacio abierto y trotó internándose entre los árboles.
Entonces, al mismo instante, vio y oyó el olor. Delante de él, sentados silenciosamente sobre sus cuartos traseros, había cinco seres vivos, como nunca antes había visto. Era su primer vistazo a la humanidad.
Pero ante su presencia, los cinco hombres no se pusieron en pie de un salto, ni mostraron los dientes, ni gruñeron. No se movieron, sino que se quedaron allí sentados, silenciosos y amenazantes.
Tampoco el cachorro se movió. Todos los instintos de su naturaleza lo habrían empujado a huir disparado, de no haber surgido repentinamente en él, y por primera vez, otro instinto contrario. Un gran temor se abatió sobre él. Su inmensa sensación de debilidad y pequeñez lo abatió hasta dejarlo inmóvil. Aquello era el dominio y el poder, algo muy por encima de su alcance.
El cachorro nunca había visto al hombre, pero el instinto referente al hombre era suyo. De manera vaga reconocía en el hombre al animal que se había abierto paso a golpes hasta alcanzar la primacía sobre los demás animales de la Salvajina. No solo con sus propios ojos, sino con los ojos de todos sus antepasados miraba ahora el cachorro al hombre—con ojos que habían rondado en la oscuridad innumerables hogueras de campamentos invernales, que habían acechado desde distancias seguras y desde el corazón de los matorrales al extraño animal de dos patas que era señor de los seres vivos. El hechizo de la herencia del cachorro se había adueñado de él, el miedo y el respeto nacidos de siglos de lucha y de la experiencia acumulada de las generaciones. La herencia era demasiado imperiosa para un lobo que no era más que un cachorro. De haber sido adulto, habría huido. Tal como estaba, se acurrucó paralizado por el miedo, ofreciendo ya a medias la sumisión que su especie había ofrecido desde la primera vez que un lobo se acercó a sentarse junto al fuego del hombre para abrigarse.
Uno de los indios se levantó, caminó hacia él, se inclinó por encima de él y el cachorro se encogió más contra el suelo. Era lo desconocido, por fin objetivado, en carne y hueso concretos, inclinándose sobre él y estirando la mano para apoderarse de él. Su pelo se erizó involuntariamente; sus labios se retorcieron hacia atrás y sus pequeños colmillos quedaron al descubierto.
La mano, suspendida como una fatalidad sobre él, dudó, y el hombre habló riendo: « Wabam wabisca ip pit tah. » («¡Mira! ¡Los colmillos blancos!»)
Los demás indios se echaron a reír a carcajadas y animaron al hombre a que recogiera al cachorro. A medida que la mano descendía más y más, se libraba en el interior del cachorro una batalla de instintos. Experimentaba dos grandes impulsos: entregarse y luchar.
La acción resultante fue un término medio. Hizo ambas cosas. Se rindió hasta que la mano casi lo rozó. Luego luchó, con los dientes relampagueando en un chasquido que se los hundió en la mano. Al instante siguiente recibió un manotazo en un lado de la cabeza que lo tumbó de costado.
Entonces toda combatividad huyó de él. Su etapa de cachorro y el instinto de sumisión tomaron el control de él. Se sentó sobre sus cuartos traseros y aulló lastimeramente. Pero el hombre a cuya mano había mordido estaba enfadado. El cachorro recibió un manotazo en el otro lado de la cabeza. Tras lo cual se sentó y aulló más fuerte que nunca.
Los cuatro indios se rieron más fuerte, mientras que incluso el hombre que había sido mordido empezó a reír. Rodearon al cachorro y se rieron de él, mientras este gemía a causa del terror y del dolor.
En medio de aquello, oyó algo. Los indios también lo oyeron. Pero el cachorro sabía lo que era, y con un último y prolongado gemido que tenía más de triunfo que de dolor, acalló sus gritos y esperó la llegada de su madre, de su madre feroz e indomable que luchaba y mataba a todas las criaturas y jamás sentía miedo.
Venía gruñendo mientras corría. Había oído el grito de su cachorro y se precipitaba para salvarlo.
Ella irrumpió entre ellos, y su maternidad ansiosa y belicosa hacía que pareciera cualquier cosa menos un espectáculo agradable. Pero para el cachorro, el espectáculo de su furia protectora era reconfortante.
Él lanzó un alegre y pequeño grito y saltó a su encuentro, mientras los hombres-animales retrocedían apresuradamente varios pasos.
La loba se plantó frente a su cachorro, encarando a los hombres, con el pelo erizado y un gruñido sordo resonando en lo hondo de su garganta. Su rostro estaba distorsionado y maliciosamente amenazador, y hasta el puente de la nariz se le arrugaba desde la punta hasta los ojos, tan descomunal era su gruñido.
Fue entonces cuando se oyó el grito de uno de los hombres. «¡Kiche!», fue lo que exclamó. Era una exclamación de sorpresa. El cachorro sintió que su madre se desvanecía al oírlo.
—¡Kiche! —gritó el hombre de nuevo, esta vez con agudeza y autoridad.
Y entonces el cachorro vio a su madre, la loba, la intrépida, agachada hasta que su vientre rozaba el suelo, gimiendo, meneando la cola, haciendo gestos de paz.
El cachorro no podía comprender. Estaba consternado. El pavor al hombre lo invadió de nuevo. Su instinto había sido fiel. Su condición lo corroboraba. Ella también se rendía ante los hombres-animales.
El hombre que había hablado se acercó a ella. Le puso una mano sobre la cabeza, y ella solo se acurrucó más. No chasqueó los dientes ni amenazó con hacerlo.
Los otros hombres se acercaron, la rodearon, la palparon y la manosearon, acciones ante las cuales ella no hizo ningún intento de resistencia. Estaban muy excitados y hacían muchos ruidos con la boca.
Estos ruidos no eran indicio de peligro, decidió el cachorro, mientras se acurrucaba cerca de su madre, todavía erizado de vez en cuando, pero haciendo todo lo posible por someterse.
—No es extraño —decía un indio—. Su padre era un lobo. Es verdad que su madre era una perra, ¿pero acaso mi hermano no la ató en el bosque durante tres noches enteras en la época de celo? Por lo tanto, el padre de Kiche era un lobo.
—Hace un año, Castor Gris, que ella se escapó —habló un segundo indio.
—No es extraño, Lengua de Salmón —respondió Castor Gris—. Era la época de la hambruna y no había carne para los perros.
—Ha vivido con los lobos —dijo un tercer indio.
—Así parece, Tres Águilas —respondió Castor Gris, poniendo la mano sobre el cachorro—; y esta es la prueba de ello.
El cachorro gruñó un poco ante el contacto de la mano, y la mano se apartó rauda para propinarle un golpe. Tras lo cual el cachorro ocultó los colmillos y se encogió sumisamente, mientras la mano, al regresar, le frotaba detrás de las orejas y de arriba abajo por el lomo.
—Esta es la señal de ello —prosiguió Castor Gris—. Es evidente que su madre es Kiche. Pero su padre fue un lobo. Por lo cual hay en él poco de perro y mucho de lobo. Sus colmillos son blancos, y Colmillo Blanco será su nombre. He hablado. Es mi perro. Pues, ¿no acaso Kiche era la perra de mi hermano? ¿Y no está mi hermano muerto?
El cachorro, que así había recibido un nombre en el mundo, yacía tendido y observaba. Durante un tiempo los animales-hombres continuaron haciendo ruidos con la boca.
Luego, Castor Gris sacó un cuchillo de una vaina que colgaba de su cuello, se metió en la espesura y cortó una rama. Colmillo Blanco lo observó. Hizo muescas en la rama en cada extremo y en las muescas ató tiras de piel sin curtir. Una tira la ató alrededor del cuello de Kiche. Después la condujo hasta un pequeño pino, alrededor del cual ató la otra tira.
Colmillo Blanco lo siguió y se tumbó a su lado. La mano de Lengua de Salmón se tendió hacia él y lo puso panza arriba. Kiche observaba con ansiedad.
Colmillo Blanco sintió que el miedo volvía a apoderarse de él. No pudo reprimir del todo un gruñido, pero ni siquiera amagó con marchar los dientes. La mano, con los dedos curvados y separados, le frotaba la barriga de un modo juguetón y lo hacía rodar de un lado a otro. Resultaba ridículo y desgarbado, tumbado allí de espaldas con las patas desparramadas en el aire.
Además, era una postura de tal desamparo absoluto que toda la naturaleza de Colmillo Blanco se rebelaba contra ella. No podía hacer nada para defenderse. Si aquel animal-hombre pretendía hacerle daño, Colmillo Blanco sabía que no podría escapar. ¿Cómo iba a dar un salto con las cuatro patas apuntando hacia el cielo?
Sin embargo, la sumisión le hizo dominar el miedo, y se limitó a gruñir bajito. No pudo reprimir ese gruñido; ni el animal-hombre se lo tomó a mal propinándole un golpe en la cabeza. Y es más, tal era lo extraño de aquello, que Colmillo Blanco experimentó una inexplicable sensación de placer mientras la mano iba y venía frotándolo.
Cuando lo pusieron de lado dejó de gruñir, cuando los dedos le presionaron y hurgaron en la base de las orejas la sensación placentera aumentó; y cuando, tras un último frote y rascado, el hombre lo dejó en paz y se alejó, todo temor se había esfumado de Colmillo Blanco. Habría de conocer el miedo muchas veces en su trato con el hombre; pero aquello era un anticipo de la valiente compañía humana que terminaría por pertenecerle.
Al cabo de un tiempo, Colmillo Blanco oyó que se acercaban ruidos extraños. Su clasificación fue rápida, pues los reconoció de inmediato como ruidos de hombres-bestias.
Pocos minutos después, el resto de la tribu, dispersa como iba en la marcha, hizo su aparición. Había más hombres y muchas mujeres y niños, unas cuarenta almas en total, y todos cargados pesadamente con enseres y equipo de campamento.
También había muchos perros; y estos, con la excepción de los cachorros medio crecidos, también iban cargados con equipo de campamento. Sobre sus lomos, en sacos bien sujetos por debajo, los perros llevaban de veinte a treinta libras de peso.
Colmillo Blanco nunca había visto perros antes, pero al verlos sintió que eran de su misma especie, solo que de algún modo diferentes. Pero demostraron poca diferencia con el lobo cuando descubrieron al cachorro y a su madre.
Se produjo una avalancha. Colmillo Blanco se erizó, gruñó y chasqueó los dientes ante la ola de perros con las fauces abiertas que se le venía encima, y cayó bajo ellos, sintiendo el tajo agudo de los dientes en su cuerpo, mientras él mismo mordía y desgarraba las patas y los vientres que tenía encima.
Se armó un gran revuelo. Pudo oír el gruñido de Kiche mientras luchaba por él; y pudo oír los gritos de los animales-hombre, el sonido de los garrotes golpeando contra los cuerpos, y los ladridos de dolor de los perros así golpeados.
Solo unos pocos segundos transcurrieron antes de que estuviera de pie nuevamente. Ya podía ver a los hombres-animales rechazando a los perros con garrotes y piedras, defendiéndolo, salvándolo de los dientes salvajes de su propia especie que de algún modo no era su especie. Y aunque no había en su cerebro razón alguna para una concepción clara de algo tan abstracto como la justicia, sin embargo, a su manera, sintió la justicia de los hombres-animales, y los reconoció por lo que eran: creadores de leyes y ejecutores de la ley. Asimismo, apreció el poder con el que administraban la ley. A diferencia de cualquier animal que hubiera encontrado jamás, no mordían ni arañaban. Hacían valer su fuerza viva con el poder de las cosas muertas. Las cosas muertas obedecían sus órdenes. Así, los palos y las piedras, dirigidos por estas extrañas criaturas, saltaban por el aire como cosas vivas, infligiendo graves heridas a los perros.
Para su mente, esto era un poder inusual, un poder inconcebible y más allá de lo natural, un poder divino. Colmillo Blanco, por su propia naturaleza, jamás podría saber nada acerca de dioses; en el mejor de los casos solo podía conocer cosas que estaban más allá de todo entendimiento—pero el asombro y la reverencia que sentía hacia estos hombres-animales se asemejaban, en cierto modo, a lo que serían el asombro y la reverencia del hombre al ver a alguna criatura celestial, en la cima de una montaña, lanzando rayos con ambas manos contra un mundo atónito.
El último perro había sido repelido. El bullicio se desvaneció. Y Colmillo Blanco se lamió las heridas y meditó sobre aquello, su primer contacto con la crueldad de la jauría y su presentación en sociedad.
Nunca había soñado que los de su misma especie consistieran en algo más que en Ojo Único, su madre y él mismo. Habían constituido una clase aparte y allí, de repente, había descubierto a muchas más criaturas aparentemente de su misma especie. Y albergaba un resentimiento subconsciente de que aquellos, los de su calaña, a primera vista se hubieran ensañado con él y tratado de destruirlo.
Del mismo modo, le indignaba que su madre estuviera atada a un palo, aunque lo hubieran hecho los superiores animales-hombres. Tenía un tufo a cepo, a esclavitud. No obstante, del cepo y de la esclavitud no sabía nada.
La libertad para deambular, correr y tumbarse a voluntad había sido su herencia; y allí se la estaban coartando. Los movimientos de su madre se reducían a la longitud de un palo, y a la longitud de ese mismo palo estaba él limitado, pues aún no había superado la necesidad de mantenerse al lado de su madre.
No le gustaba. Tampoco le gustaba cuando los hombres-animales se levantaban y continuaban su marcha; pues un diminuto hombre-animal tomaba el otro extremo del palo y llevaba a Kiche cautiva detrás de él, y detrás de Kiche seguía Colmillo Blanco, muy perturbado y preocupado por esta nueva aventura en la que se había embarcado.
Bajaron por el valle del arroyo, mucho más allá de los dominios más lejanos de Colmillo Blanco, hasta llegar al final del valle, donde el arroyo desembocaba en el río Mackenzie.
Aquí, donde las canoas estaban guardadas en alto sobre postes y donde se alzaban bastidores para secar pescado, se levantó el campamento; y Colmillo Blanco miraba con ojos atónitos.
La superioridad de estos animales-hombres aumentaba a cada momento. Estaba su dominio sobre todos aquellos perros de afilados colmillos. Respiraba poder. Pero mayor que eso, para el cachorro de lobo, era su dominio sobre las cosas sin vida; su capacidad para comunicar movimiento a las cosas inmóviles; su capacidad para cambiar el rostro mismo del mundo.
Fue esto último lo que más le afectó.
La elevación de armazones de postes llamó su atención; sin embargo, esto en sí mismo no era tan extraordinario, ya que lo hacían las mismas criaturas que arrojaban palos y piedras a grandes distancias.
Pero cuando los armazones de postes se convertían en tipis al cubrirlos con telas y pieles, Colmillo Blanco se quedaba asombrado. Era la colosal mole de aquellos elementos lo que le impresionaba. Se alzaban a su alrededor, por todas partes, como alguna monstruosa forma de vida de crecimiento rápido. Ocupaban casi toda la circunferencia de su campo de visión.
Les tenía miedo. Se erguían amenazantes sobre él; y cuando la brisa los agitaba provocando enormes movimientos, él se encogía aterrorizado, sin quitarles los ojos de encima y preparado para huir de un salto si intentaban abalanzarse sobre él.
Pero en poco tiempo su miedo a los tipis se desvaneció. Vio a las mujeres y a los niños entrar y salir de ellos sin daño, y vio a los perros que a menudo intentaban meterse y eran ahuyentados con palabras severas y piedras voladoras. Al cabo de un rato, dejó el lado de Kiche y gateó con cautela hacia la pared del tipi más cercano. Era la curiosidad del crecimiento lo que lo impulsaba: la necesidad de aprender, vivir y actuar que aporta la experiencia. Los últimos centímetros hasta la pared del tipi los recorrió gateando con dolorosa lentitud y precaución. Los acontecimientos del día lo habían preparado para que lo desconocido se manifestara de las formas más descomunales e impensables. Por fin su nariz tocó la lona. Esperó. No pasó nada. Luego olió el extraño tejido, saturado del olor a hombre. Se aferró a la lona con los dientes y dio un suave tironcito. No pasó nada, aunque las partes adyacentes del tipi se movieron. Tiró con más fuerza. Hubo un movimiento mayor. Era encantador. Tiró aún con más fuerza, y repetidamente, hasta que todo el tipi entró en movimiento. Entonces el grito agudo de una squaw en su interior lo hizo huir a toda prisa hacia Kiche. Pero a partir de entonces ya no tuvo miedo de los imponentes bultos de los tipis.
Un momento después se alejaba de nuevo de su madre. Su bastón estaba atado a una estaca en el suelo y ella no podía seguirlo.
Un cachorro medio crecido, un poco más grande y más viejo que él, se le acercó lentamente, con ostentosa y beligerante importancia. El nombre del cachorro, como Colmillo Blanco sabría más tarde que lo llamaban, era Lip-lip. Tenía experiencia en peleas de cachorros y ya era todo un matón.
Lip-lip era de la misma especie que Colmillo Blanco y, como era solo un cachorro, no parecía peligroso; así que Colmillo Blanco se dispuso a recibirlo con espíritu amistoso. Pero cuando el paso del desconocido se volvió rígido y sus labios se elevaron descubriendo los dientes, Colmillo Blanco también se puso rígido y respondió levantando los labios.
Se rodearon el uno al otro a medias, con cautela, gruñendo y erizados. Esto duró varios minutos, y Colmillo Blanco empezaba a disfrutarlo, como a una especie de juego.
Pero de repente, con notable rapidez, Lip-lip se abalanzó, propinando un mordisco tajante, y volvió a saltar hacia atrás. El mordisco había surtido efecto en el hombro que había sido lastimado por el lince y que todavía dolía profundamente cerca del hueso. La sorpresa y el dolor de aquello arrancaron un aullido a Colmillo Blanco; pero al instante siguiente, en una racha de ira, se lanzó sobre Lip-lip y mordió con saña.
Pero Lip-lip había vivido su vida en el campamento y había peleado en muchas peleas de cachorros. Tres veces, cuatro veces y media docena de veces, sus pequeños y afilados dientes marcaron al recién llegado, hasta que Colmillo Blanco, aullando sin vergüenza, huyó en busca de la protección de su madre.
Fue la primera de las muchas peleas que tendría con Lip-lip, pues eran enemigos desde el principio, nacidos así, con naturalezas destinadas a chocar perpetuamente.
Kiche lamió a Colmillo Blanco de manera reconfortante con la lengua e intentó persuadirlo de que se quedara con ella. Pero su curiosidad era indómita y, pocos minutos después, se aventuraba en una nueva búsqueda.
Dio con uno de los animales-hombres, Castor Gris, que estaba acuclillado sobre sus talones haciendo algo con unos palos y musgo seco extendidos ante él en el suelo. Colmillo Blanco se le acercó y se quedó observando. Castor Gris emitió sonidos con la boca que Colmillo Blanco interpretó como no hostiles, así que se acercó aún más.
Mujeres y niños seguían trayendo más varas y ramas hacia Casto Gris. Era evidentemente un asunto importante. Colmillo Blanco se acercó hasta tocar la rodilla de Casto Gris, tan curioso estaba y tan olvidado ya de que este era un hombre-animal terrible.
De repente vio una cosa extraña como neblina que empezaba a levantarse de las varas y el musgo bajo las manos de Casto Gris. Luego, entre las varas mismas, apareció una cosa viva, que se retorcía y giraba, de un color parecido al del sol en el cielo.
Colmillo Blanco no sabía nada acerca del fuego. Lo atraía del mismo modo que la luz en la boca de la cueva lo había atraído en su temprana etapa de cachorro. Avanzó arrastrándose los pocos pasos que lo separaban de la llama. Oyó a Casto Gris reírse entre dientes sobre él, y supo que aquel sonido no era hostil. Entonces su hocico tocó la llama, y en el mismo instante su pequeña lengua salió hacia ella.
Por un momento quedó paralizado. Lo desconocido, al acecho en medio de los palos y el musgo, lo agarraba salvajemente por la nariz. Retrocedió a gatas, estallando en una atónita explosión de aullidos.
Al oír el sonido, Kiche saltó gruñendo hasta el extremo de su estaca, y allí se enfureció terriblemente porque no podía acudir en su ayuda.
Pero Cast Gris se rio a carcajadas, se dio palmadas en los muslos y contó lo sucedido al resto del campamento, hasta que todo el mundo reía escandalosamente.
Pero Colmillo Blanco se sentó sobre sus cuartos traseros y aulló y aulló, una figura pequeña, desolada y lastimera en medio de los hombres-animales.
Era el peor dolor que jamás había conocido. Tanto la nariz como la lengua se las había abrasado el bicho vivo, de color de sol, que había crecido bajo las manos de Castor Gris.
Lloró y lloró sin fin, y cada nuevo lamento era saludado por estallidos de risa por parte de los hombres-animales.
Intentó calmarse la nariz con la lengua, pero la lengua también estaba quemada, y los dos dolores al juntarse producían un dolor mayor; por lo que lloró más desesperada e indefensamente que nunca.
Y entonces le sobrevino la vergüenza. Conoció la risa y el significado de ella. No nos es dado saber cómo algunos animales conocen la risa y saben cuándo se están riendo de ellos; pero de esa misma manera lo supo Colmillo Blanco. Y sintió vergüenza de que los hombres-animales se estuvieran riendo de él. Se dio la vuelta y huyó, no por el dolor del fuego, sino por la risa que penetraba aún más hondo y lastimaba su espíritu. Y huyó hacia Kiche, furioso al final de su estaca como un animal enloquecido; hacia Kiche, la única criatura en el mundo que no se estaba riendo de él.
Cayó el crepúsculo y se echó la noche, y Colmillo Blanco se tumbó junto a su madre.
Su hocico y su lengua aún le dolían, pero le desconcertaba un problema mayor. Sentía nostalgia. Sentía un vacío en su interior, una necesidad del silencio y la quietud del arroyo y la cueva en el acantilado.
La vida se había vuelto demasiado populosa. Había muchísimos de esos animales-hombres, hombres, mujeres y niños, todos haciendo ruidos y molestias. Y estaban los perros, siempre riñendo y discutiendo, estallando en alborotos y creando confusiones.
La apacible soledad de la única vida que había conocido había desaparecido. Aquí el aire mismo palpitaba de vida. Zumbaba y vibraba sin cesar. Cambiando continuamente de intensidad y variando bruscamente de tono, incidía en sus nervios y sentidos, lo ponía nervioso e inquieto y lo atormentaba con la perpetua inminencia de que algo sucediera.
Observaba a los hombres-bestia ir y venir y moverse por el campamento.
De un modo que recordaba vagamente a la forma en que los hombres contemplan a los dioses que crean, así miraba Colmillo Blanco a los hombres-bestia ante él.
Eran criaturas superiores, a decir verdad, dioses. Para su oscura comprensión, eran tan hacedores de maravillas como los dioses lo son para los hombres.
Eran criaturas de dominio, poseedoras de toda clase de poderes desconocidos e imposibles, señores supremos de lo vivo y de lo inerte: hacían obedecer aquello que se movía, impartían movimiento a lo que no se movía, y hacían que la vida, una vida de color de sol y mordiente, brotara del musgo y la madera muertos.
¡Eran creadores de fuego! Eran dioses.