Aquella otra ciudad principal de Grecia, Lacedemonia, considerando que Licurgo, su legislador, era tan aficionado a las letras cultas que fue el primero en sacar de Jonia las obras dispersas de Homero, y en enviar desde Creta al poeta Tales para preparar y amansar con sus suaves cantos y odas la fiereza espartana, con el fin de arraigar mejor en ellos la ley y la civilización, causa asombro cuán ajenos a las musas y a los libros eran, sin atender a otra cosa que a las hazañas de la guerra.
No hacía falta entre ellos ninguna licencia de libros, pues aborrecían todos excepto sus propios apotegmas lacónicos, y aprovecharon cualquier pretexto leve para expulsar a Arquíloco de su ciudad, tal vez por componer en un tono más elevado del que sus cantos y rondeles soldadescos podían alcanzar.
O si fue por sus versos licenciosos, no eran en eso tan cautos que no fuesen igualmente disolutos en su trato promiscuo; de donde Eurípides afirma en la Andrómaca que sus mujeres eran todas impúdicas.
Todo esto puede iluminarnos acerca de qué clase de libros estaban prohibidos entre los griegos.
También los romanos, educados durante muchas edades únicamente en una rudeza militar semejante sobre todo a la usanza lacedemonia, sabían poco de letras fuera de lo que sus Doce Tablas y el Colegio Pontificio con sus augures y flámines les enseñaban en materia de religión y ley; tan inespectos en las demás letras que, cuando Carneades y Critolao, junto con el estoico Diógenes, habiendo venido como embajadores a Roma, aprovecharon la ocasión para dar a la ciudad una muestra de su filosofía, fueron tenidos por seductores por nada menos que un hombre como Catón el Censor, quien propuso en el Senado que se les despidiera con presteza y se desterrara de Italia a todos esos charlatanes áticos.