Porque si estamos seguros de estar en lo correcto, y no retenemos la verdad con culpa —lo cual no es propio—, si nosotros mismos no condenamos nuestra propia doctrina débil y frívola, y al pueblo como un tropel ignorante e irreligioso de devotos extraviados, ¿qué puede ser más justo que cuando un hombre juicioso, instruido, y de una conciencia, por lo que sabemos, tan buena como la de aquellos que nos enseñaron lo que sabemos, no furtivamente de casa en casa, lo cual es más peligroso, sino abiertamente por medio de la escritura publica al mundo cuál es su opinión, cuáles son sus razones y por qué aquello que ahora se piensa no puede ser sólido?
Cristo lo adujo para justificarse, el hecho de que predicaba en público; sin embargo, escribir es más público que predicar, y más fácil de refutar, si es menester, habiendo tantos cuyo oficio y profesión exclusiva es ser los campeones de la verdad; si estos lo descuidan, ¿qué se les puede imputar sino su pereza o su incapacidad?
Así mucho nos entorpece y deshabitua este sistema de censura previa, en lo que respecta al verdadero conocimiento de aquello que creemos conocer.
En cuanto a cuánto perjudica y entorpece a los censores mismos en el ejercicio de su ministerio, más que cualquier ocupación secular, si es que han de desempeñar ese cargo como es debido, de modo que por necesidad han de descuidar el uno u otro deber, no insisto en ello, por ser un asunto particular, sino que lo dejo a su propia conciencia, para que allí lo resuelvan.