Tampoco mucho mejor será la consecuencia, aun entre el propio clero.
No es cosa nueva ni jamás oída que un ministro parroquial, que tiene su recompensa y ha llegado a las columnas de Hércules en un cálido beneficio, sea fácilmente propenso, si no tiene otra cosa que estimule sus estudios, a rematar su circuito en una Concordancia inglesa y un infolio de tópicos, los recortes y ahorros de un grado sobrio, una Armonía y una Catena; pisando el círculo constante de ciertos temas doctrinales comunes, acompañados de sus usos, motivos, marcas y medios, con los cuales, como con un alfabeto, o un sol-fa, formando y transformando, uniendo y disuniendo de varias maneras, un poco de artificio de libros y dos horas de meditación, podrían proveerle indeciblemente para la ejecución de más de un cargo semanal de sermones: por no contar las infinitas ayudas de interlineales, breviarios, sinopsis y otros aparejos holgazanes.
Pero en cuanto a la multitud de sermones ya impresos y apiñados, sobre cada texto que no presenta dificultad, nuestro comercial