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nydus/AreopagiticaPublic
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Areopagitica

Bien sabe quien suele reflexionar que nuestra fe y nuestro conocimiento medran con el ejercicio, así como nuestros miembros y nuestro semblante.

La verdad se compara en la Escritura con una fuente caudalosa; si sus aguas no fluyen en perpetua progresión, se enturbian en el cenagoso estanque de la conformidad y la tradición.

Un hombre puede ser un hereje en la verdad; y si cree en las cosas solo porque su pastor lo dice, o la Asamblea así lo determina, sin conocer otra razón, aunque su creencia sea verdadera, la verdad misma que sostiene se convierte en su herejía.

No hay carga alguna que algunos prefieran traspasar más de buen grado a otro que la responsabilidad y el cuidado de su religión. Hay —¡quién no sabe que los hay!— protestantes y fieles que viven y mueren en una fe implícita tan consumada como cualquier papista laico de Loreto.

Un hombre rico, entregado a su placer y a sus ganancias, halla que la religión es un negocio tan enredado, y de cuentas tan menudas, que de todos los misterios no acierta a mantener un capital en marcha en ese ramo. ¿Qué debe hacer? Bien quisiera tener fama de religioso, bien quisiera estar a la altura de sus vecinos en eso. ¿Qué hace, por lo tanto, sino decidir dejar de esforzarse y buscarse algún agente, a cuyo cuidado y crédito pueda encomendar toda la gestión de sus asuntos religiosos; algún eclesiástico de nota y estimación, por fuerza?

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