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Areopagitica

A él se adhiere, le cede el almacén entero de su religión, con todos sus cerrojos y llaves, para que lo custodie; y, en verdad, hace de la persona misma de ese hombre su religión; considera que el asociarse con él es prueba suficiente y encomiable de su propia piedad.

De modo que se puede decir que la religión de un hombre ya no está dentro de sí mismo, sino que se ha convertido en un bien mueble y divisible, y va y viene cerca de él, según dicho hombre bueno frecuente la casa.

Él lo entretiene, le hace regalos, lo agasaja, lo hospeda; su religión vuelve a casa por la noche, reza, cena generosamente y es acostada con suntuosidad; se levanta, es saludada, y tras la malvasía o algún brebaje bien especiado, y mejor desayunado que aquel cuyo apetito matutino se habría alimentado con gusto de higos verdes entre Betania y Jerusalén, su religión sale a pasear a las ocho, y deja a su amable anfitrión en la

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