las mejores y más sabias repúblicas en todas las épocas y ocasiones se han abstenido de usarlo, y los más falsos seductores y opresores de los hombres fueron los primeros en adoptarlo, y con ningún otro propósito que el de obstruir e impedir el primer advenimiento de la Reforma; soy de los que creen que será una alquimia más difícil de la que Lulio conoció el sublimar cualquier buen uso de semejante invento. Aun así, esto es lo único que pido obtener de este razonamiento: que sea tenido por un fruto peligroso y sospechoso, como ciertamente lo merece, por el árbol que lo dio, hasta que pueda diseccionar una por una las propiedades que posee. Mas he de terminar primero, según lo propuesto, con lo que debe pensarse en general acerca de la lectura de libros, sea cual fuere su índole, y si es mayor el beneficio o el daño que de ello se deriva.
Por no insistir en los ejemplos de Moisés, Daniel y Pablo, quienes eran diestros en toda la sabiduría de los egipcios, caldeos y griegos, lo cual probablemente no pudo ser sin leer sus libros de toda clase; en Pablo especialmente, quien no consideró profanación insertar en la Sagrada Escritura las sentencias de tres poetas griegos, y uno de ellos trágico; la cuestión fue sin embargo controvertida a veces entre los doctores primitivos, pero con gran ventaja para el bando que afirmaba que era tanto lícito como provechoso; como se percibió entonces claramente, cuando Juliano el Apóstata y más sutil enemigo de nuestra fe dictó un decreto que prohibía a los cristianos el estudio de la erudición pagana: porque, decía él, nos hieren con nuestras propias armas, y con nuestras propias artes y ciencias nos vencen.
Y en verdad los cristianos se vieron tan apurados por este astuto medio, y en tanto peligro de caer en toda clase de ignorancia, que los dos Apolinares se vieron obligados, por decirlo así, a acuñar las siete artes liberales a partir de la Biblia, reduciéndola a diversas formas de oraciones, poemas, diálogos, hasta el cálculo de una nueva gramática cristiana.