Aquel a quien no se le confían sus propias acciones, no conociéndose que su tendencia sea malvada, y estando expuesto al riesgo de la ley y del castigo, no tiene un gran argumento para considerarse estimado en la República en que nació como algo distinto de un necio o un extranjero.
Cuando un hombre escribe para el mundo, convoca toda su razón y deliberación para que le asistan; busca, medita, es laborioso, y es probable que consulte y converse con sus amigos juiciosos; tras todo lo cual se considera tan informado acerca de lo que escribe como cualquiera que haya escrito antes que él.
Si, en este, el acto más consumado de su fidelidad y madurez, ningún año, ningún esfuerzo, ninguna prueba anterior de sus capacidades puede llevarlo a ese estado de madurez como para no ser aún desconfiado y sospechoso, a menos que lleve toda su diligencia meditada, todas sus vigilias nocturnas y su gasto de aceite paladiano, a la apresurada inspección de un censor sin tiempo, tal vez mucho más joven que él, tal vez su inferior en juicio, tal vez alguien que nunca conoció la labor de escribir libros, y si no es rechazado o desdeñado, debe aparecer en imprenta como un menor con su tutor, y con