naturales y nacionales prueba, no solo mediante grandes autoridades reunidas, sino con exquisitas razones y teoremas casi demostrativos por vía matemática, que todas las opiniones, sí, incluso los errores, conocidos, leídos y cotejados, son de suma utilidad y ayuda para la rápida consecución de lo que es más verdadero. Considero, por tanto, que cuando Dios amplió la dieta universal del cuerpo humano, salvaguardando siempre las reglas de la templanza, dejó entonces también, como antes, al arbitrio de cada cual el régimen y sustento de nuestras mentes; puesto que en ello todo hombre maduro ha de poder ejercer su propia capacidad directiva.
¡Cuán grande virtud es la templanza, cuán importante en toda la vida del hombre!
Sin embargo, Dios confía la gestión de tan gran encomienda, sin ley ni prescripción particular, enteramente al comportamiento de cada hombre adulto.
Y por ello, cuando él mismo proveyó los alimentos a los judíos desde el cielo, se calcula que aquel omer, que era la porción diaria de maná de cada hombre, fue más de lo que bien pudo haber bastado al comensal más voraz para tres veces más comidas.
Porque en aquellas acciones que entran en el hombre, en lugar de salir de él y que, por tanto, no lo contaminan, Dios no suele avasallarlo bajo una minoría de edad perpetua de la prescripción, sino que le confía el don de la razón para que sea su propio elector; poco trabajo le quedaría a la prédica si la ley y la coacción crecieran tan deprisa sobre aquellas cosas que hasta ahora se han regido únicamente por la exhortación.
Salomón nos informa de que el mucho leer es fatiga para la carne; pero ni él ni ningún otro autor inspirado nos dice que esta o aquella lectura sea ilícita; sin embargo, ciertamente, si a Dios le hubiera parecido bien ponernos límites en esto, habría sido mucho más conveniente habernos dicho lo que es ilícito que lo que es fatigoso.