San Tomás de Londres en su sacristía, y por si fuera poco San Martín y San Hugo, no tienen dentro de sus sagrados límites mercancía más vendible de toda clase ya hecha: de modo que nunca tendrá que temer la penuria de provisiones para el púlpito, teniendo dónde reabastecer tan copiosamente su almacén.
Pero si su retaguardia y sus flancos no están empalizados, si su puerta trasera no está asegurada por el rígido censor, sino que un libro audaz puede de vez en cuando salir a la luz y dar el asalto a algunas de sus viejas colecciones en sus trincheras, le competerá entonces mantenerse despierto, montar guardia, colocar buenos guardias y centinelas en torno a sus opiniones recibidas, hacer la ronda y la contrarronda con sus colegas inspectores, temiendo que alguno de su rebaño sea seducido, el cual entonces también resultaría mejor instruido, mejor ejercitado y disciplinado.
Y Dios quiera que el temor a esta diligencia, que entonces deberá emplearse, no nos haga preferir la pereza de una Iglesia censora.