puede hacer lo uno o lo otro para el Señor. ¡Cuántas otras cosas podrían tolerarse en paz, y dejarse a la conciencia, si tan sólo tuviéramos caridad, y si no fuera el principal bastión de nuestra hipocresía el juzgarnos los unos a los otros continuamente!
Temo que aun este yugo de hierro de la conformidad exterior haya dejado una huella servil en nuestros cuellos; el fantasma de una decencia de lino todavía nos persigue.
Tropezamos y nos impacientamos ante la más mínima división de una congregación visible de otra, aunque no sea en los fundamentos; y a través de nuestra presteza para reprimir, y nuestra renuencia a rescatar cualquier porción esclavizada de verdad de las garras de la costumbre, no nos importa mantener la verdad separada de la verdad, lo cual es el más fiero desgarro y desunión de todos.
No vemos que, mientras seguimos afectando por todos los medios una rígida formalidad externa, bien podemos volver a caer en una grosera estupidez conformista, un rudo y muerto congelamiento de madera, heno y hojarasca, forzados y congelados juntos, lo cual propicia más la súbita degeneración de una Iglesia que muchas subdicotomías de pequeños cismas.