con aquellas que aman el crepúsculo, revolotean alrededor, atónitas ante lo que se trae entre manos, y en su envidiosa cháchara pronosticarían un año de sectas y cismas.
¿Qué haríais entonces? ¿Debéis suprimir toda esta florida cosecha de conocimiento y nueva luz surgida, y que surge a diario, en esta ciudad?
¿Debéis establecer sobre ella una oligarquía de veinte acaparadores, para traer de nuevo el hambre a nuestras mentes, cuando no sepamos nada más que lo que se nos mida con su almud?
Creedlo, Lores y Comunes, aquellos que os aconsejan tal supresión equivalen a pediros que os suprimáis a vosotros mismos; y pronto demostraré cómo.
Si se desea conocer la causa inmediata de toda esta libre escritura y libre expresión, no se puede señalar otra más verdadera que vuestro propio gobierno benigno, libre y humano. Es la libertad, Lores y Comunes, que vuestros propios y valerosos y venturosos consejos nos han ganado; libertad que es la nodriza de todos los grandes ingenios; esto es lo que ha sutilizado e iluminado nuestros espíritus como la influencia del cielo; esto es lo que ha emancipado, ensanchado y elevado nuestros entendimientos muy por encima de sí mismos.