rectitud de vuestro juicio que no suele ser parcial con vosotros mismos; juzgando de nuevo aquella Orden que habéis decretado para regular la imprenta:—que ningún libro, folleto o escrito sea en adelante impreso, a menos que sea primero aprobado y con licencia de aquellos, o al menos de uno de aquellos, que para tal fin fueren nombrados.
En cuanto a aquella parte que preserva justamente la copia de cada hombre para sí mismo, o provee para los pobres, no la toco, solo deseo que no sean utilizadas como pretextos para maltratar y perseguir a hombres honestos y laboriosos, que no delinquen en ninguno de estos particulares.
Pero aquella otra cláusula sobre la concesión de licencias para los libros, que creíamos que había muerto con su hermano cuadragesimal y matrimonial cuando los prelados expiraron, la atenderé ahora con una homilía tal que expondrá ante vosotros,
- primero, que los inventores de ella son aquellos a quienes os repugnará reconocer;
- luego, lo que debe pensarse en general de la lectura, sea cual fuere la clase de los libros;
- y que esta Orden de nada sirve para reprimir los libros escandalosos, sediciosos y difamatorios, que era lo que principalmente se pretendía reprimir.
Por último, que servirá principalmente para desalentar todo aprendizaje y detener la verdad, no solo al desentrenar y embotar nuestras capacidades en lo que ya conocemos, sino al obstaculizar y cercenar el descubrimiento que aún pudiera hacerse tanto en la sabiduría religiosa como en la civil.
No niego que sea de la mayor importancia para la Iglesia y la República tener un ojo vigilante sobre cómo se comportan los libros, al igual que los hombres, y en consecuencia confinarlos, encarcelarlos y aplicarles la justicia más severa como a malhechores.