«No sabía, señor —empezó—, que...» y se detuvo,
—Gracias —dijo con sequedad, mirando de ella a la puerta y luego otra vez a ella.
—Se los dejaré bien secos enseguida, señor —dijo ella, y se llevó la ropa de la habitación.
Volvió a mirar su cabeza envuelta en vendas blancas y sus gafas azules al salir por la puerta; pero él seguía con la servilleta delante de la cara.
Estremecióse un poco al cerrar la puerta a sus espaldas, y su rostro expresaba claramente sorpresa y desconcierto.
—Yo nunca... —susurró—. ¡Vaya!
Fue muy despacio a la cocina y, al llegar, estaba demasiado preocupada para preguntarle a Millie con qué trasteaba ahora.
El visitante se sentó y escuchó cómo se alejaban sus pasos. Miró la ventana con recelo antes de quitarse la servilleta y reanudar la comida.
Dio un bocado, miró la ventana con desconfianza, dio otro bocado, y luego se levantó y, tomando la servilleta en la mano, cruzó la habitación y bajó la persiana hasta la altura de la cortina de muselina blanca que ocultaba los cristales inferiores. Esto dejó la estancia en penumbra.
Hecho esto, regresó con aire más tranquilo a la mesa y a su comida.
—El pobre hombre habrá tenido un accidente, una operación o algo por el estilo —dijo la señora Hall—. ¡Qué susto me han dado esas vendas, la verdad!
Puso más carbón, desplegó el tendedero y extendió el abrigo del viajero sobre este.