Codal
nydus/The Invisible ManPublic
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III. Las mil y una botellas

Luego recibió un golpe violento en el pecho, fue arrojado hacia atrás, y la puerta se cerró de golpe en sus narices y se echó la llave. Fue tan rápido que no le dio tiempo a observar. Un ondear de formas inescrutables, un golpe y una conmoción. Allí se quedó de pie en el oscuro y pequeño descansillo, preguntándose qué podría ser aquello que había visto.

Un par de minutos después, se reunió con el pequeño grupo que se había formado fuera de la posada del Cochero y los Caballos.

Ahí estaba Fearenside contando todo otra vez por segunda vez; ahí estaba la señora Hall diciendo que su perro no tenía por qué morder a sus huéspedes; ahí estaba Huxter, el tendero de ultramarinos de enfrente, interrogativo; y Sandy Wadgers, de la herrería, judicial; además de mujeres y niños, todos ellos diciendo necedades:

«A mí no me dejaría morder, ya lo sé yo»; «No está bien tener esos perrancos»; «¿Pa qué le mordió entonces?»

y así sucesivamente.

Mr. Hall, observándolos desde los escalones y escuchando, encontraba increíble haber visto algo tan sumamente extraordinario suceder arriba. Además, su vocabulario era del todo demasiado limitado para expresar sus impresiones.

“Dice que no quiere ayuda”, respondió a la pregunta de su mujer. “Más nos vale ir metiendo su equipaje”.

—Debería hacérselo cauterizar enseguida —dijo el señor Huxter—, sobre todo si está algo inflamado.

—Yo les dispararía, eso es lo que haría —dijo una señora del grupo.

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