Los niños que lo veían al anochecer soñaban con el coco, y parecía dudoso si él aborrecía más a los muchachos de lo que ellos lo aborrecían a él, o viceversa; pero lo cierto es que existía una animadversión de lo más intensa por ambas partes.
Era inevitable que una persona de apariencia y porte tan notables fuera tema frecuente de conversación en un pueblo como Iping. Las opiniones estaban muy divididas en cuanto a su ocupación. La señora Hall era delicada en ese punto. Cuando le preguntaban, explicaba con mucho cuidado que era un «investigador experimental», pronunciando las sílabas con cautela, como quien teme tropezar. Cuando le preguntaban qué era un investigador experimental, respondía con un toque de superioridad que la mayoría de la gente educada sabía esas cosas, y así explicaba que él «descubría cosas». Su huésped había tenido un accidente, decía, que le había descolorido temporalmente la cara y las manos y, como era de natural sensible, rehuía cualquier atención pública al respecto.
Fuera de su alcance, estaba muy extendida la opinión de que era un criminal que intentaba escapar de la justicia envolviéndose de tal manera que lograba ocultarse por completo de la vista de la policía.
Esta idea brotó de la mente del señor Teddy Henfrey. No se sabía de ningún delito de gran magnitud que datara de mediados o finales de febrero.
Elaborada en la imaginación del señor Gould, el ayudante en prácticas de la Escuela Nacional, esta teoría tomó la forma de que el desconocido era un anarquista disfrazado, que preparaba explosivos, y resolvió emprender las labores de detective que su tiempo le permitía.
Estas consistían, en su mayor parte, en mirar fijamente al desconocido cada vez que se encontraban, o en hacer a personas que nunca lo habían visto preguntas capciosas sobre él. Pero no descubrió nada.