Codal
nydus/The Invisible ManPublic
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III. Las mil y una botellas

Vieron que los dientes del perro se habían escapado de la mano, oyeron una patada, vieron al perro ejecutar un salto lateral para atacar el flanco y clavar los colmillos en la pierna del desconocido, y oyeron el desgarro de sus pantalones.

Luego, el extremo fino del látigo de Fearenside alcanzó a su propiedad, y el perro, aullando de consternación, se retiró bajo las ruedas del carruaje.

Todo fue cuestión de medio minuto vertiginoso. Nadie habló, todos gritaron.

El desconocido miró de reojo y con rapidez su guante desgarrado y su pierna, amagó con agacharse hacia esta última, y luego se dio la vuelta y subió a toda prisa los escalones hacia la posada. Lo oyeron cruzar a trompicones el pasillo y subir por las escaleras sin alfombra hasta su dormitorio.

—¡Bruto, eso es lo que eres! —dijo Fearenside, bajándose del carro con el látigo en la mano, mientras el perro lo miraba a través de la rueda—. Ven aquí —dijo Fearenside—: Más te vale.

Hall se habí quedado con la boca abierta. —Le ha mordido —dijo Hall—. Será mejor que vaya a atenderle —y trotó tras el forastero. Se encontró con la señora Hall en el pasillo. —El perro del transportista —dijo—, le ha mordido.

Subió directamente al piso de arriba, y como la puerta del desconocido estaba entreabierta, la empujó y entró sin más ceremonias, ya que era de natural compasivo.

La persiana estaba baja y la habitación penumbrosa. Captó el destello de algo de lo más singular, lo que parecía un brazo sin mano agitando hacia él, y un rostro de tres enormes manchas indefinidas sobre fondo blanco, muy parecido a la cara de un pensamiento pálido.

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