Otra escuela de opinión secundaba al señor Fearenside, y aceptaba la teoría pía o alguna modificación de la misma; como, por ejemplo, Silas Durgan, a quien se oyó afirmar que «si se decidiera a exhibirse en las ferias, haría fortuna en un abrir y cerrar de ojos», y que, siendo un tanto teólogo, comparó al desconocido con el hombre del talento único.
Otra opinión más explicaba todo el asunto considerando al forastero como un lunático inofensivo. Eso tenía la ventaja de explicarlo todo de golpe.
Entre estos grupos principales había vaciladores y transigentes.
La gente de Sussex tiene pocas supersticiones, y solo después de los acontecimientos de principios de abril se empezó a susurrar en el pueblo la idea de lo sobrenatural. Incluso entonces, solo se creía en ella entre las mujeres.
Pero pensaran lo que pensasen de él, los habitantes de Iping coincidían, en general, en que les caía mal. Su irritabilidad, aunque hubiera podido ser comprensible para un trabajador intelectual de la ciudad, era algo asombroso para aquellos tranquilos aldeanos de Sussex. Las frenéticas gesticulaciones que le sorprendían de vez en cuando, el paso apresurado al caer la noche que lo abalanzaba sobre ellos al doblar tranquilamente las esquinas, la inhumana paliza a todos los intentos tímidos de curiosidad, la predilección por la penumbra que lo llevaba a cerrar las puertas, bajar los estores, apagar velas y lámparas; ¿quién podía estar de acuerdo con semejantes formas de actuar? Se apartaban a su paso por la aldea, y cuando ya había pasado, los jóvenes bromistas se levantaban los cuellos de los abrigos y se bajaban los ala de los sombreros, y se ponían a marchar nerviosamente tras él imitando su porte enigmático. Por entonces había una canción muy popular llamada «El hombre del saco». La señorita Statchell la cantaba en el concierto de la escuela (a beneficio de las lámparas de la iglesia) y, a partir de entonces,