—¡Agarradlo! —gritó todo el mundo, y se abalanzaron sobre la aleteante camisa blanca que ahora era lo único visible del desconocido.
La manga de camisa asestó un golpe certero en la cara de Hall que detuvo su avance con los brazos abiertos, y lo hizo retroceder contra el viejo Dentudo, el sacristán, y en otro momento la prenda fue levantada y se volvió convulsiva y aleteaba vacíamente alrededor de los brazos, tal como una camisa que está siendo pasada por la cabeza de un hombre.
Jaffers se aferró a ella y solo ayudó a quitársela; recibió un golpe en la boca de la nada y, sin vacilar, arrojó su porra y golpeó salvajemente a Teddy Henfrey en la coronilla.
—¡Cuidado! —gritaron todos, tirando estocadas al aire y golpeando a la nada—. ¡Agarradlo! ¡ Cerrad la puerta! ¡No lo dejéis escapar! ¡Tengo algo! ¡Aquí está!
Armaron un auténtico babel de ruidos. A todos, al parecer, los estaban golpeando al mismo tiempo, y Sandy Wadgers, tan resuelto como siempre y con el ingenio agudizado por un golpe espantoso en las narices, volvió a abrir la puerta y encabezó la desbandada.
Los demás, siguiéndole sin vacilar, se quedaron atascados un momento en el rincón junto al umbral. Los golpes continuaron. Phipps, el unitario, tenía un diente incisivo roto, y Henfrey resultó herido en el cartílago de la oreja. Jaffers recibió un golpe bajo la mandíbula y, al girarse, se aferró a algo que se interponía entre él y Huxter en medio del tumulto, evitando que chocaran. Sintió un pecho musculoso y, al instante siguiente, toda la masa de hombres forcejeantes y agitados salió disparada hacia el abarrotado vestíbulo.