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nydus/The Invisible ManPublic
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Epílogo

Y luego cae en un estado pensativo, te observa furtivamente, se afana nervioso con las copas y al poco rato abandona el bar.

Es un hombre soltero; sus gustos siempre fueron de soltero, y no hay mujeres en la casa. Exteriormente se abotona —se espera de él—, pero en sus intimidades más vitales, en lo que respecta a los tirantes por ejemplo, sigue recurriendo al cordel.

Lleva su casa sin iniciativa, pero con eminente decoro. Sus movimientos son lentos y es un gran pensador. Pero goza de reputación de prudencia y de una respetable parsimonia en el pueblo, y su conocimiento de los caminos del sur de Inglaterra superaría al de Cobbett.

Y los domingos por la mañana, todos los domingos por la mañana, durante todo el año, mientras permanece cerrado al mundo exterior, y todas las noches después de las diez, se retira a su saloncito de la taberna, llevando un vaso de ginebra ligeramente aguada, y tras dejarlo sobre la mesa, echa la llave, examina los estores e incluso mira debajo de la mesa. Y entonces, convencido de su absoluta soledad, abre el armario, y una caja dentro del armario, y un cajón dentro de esa caja, y saca tres volúmenes encuadernados en cuero marrón, que coloca solemnemente en el centro de la mesa. Las cubiertas están ajenas a la intemperie y tienen un matiz verde alga —pues en otro tiempo moraron en una zanja— y algunas de las páginas han quedado en blanco por el lavado de agua sucia. El ventero se sienta en un sillón, llena lentamente una larga pipa de arcilla, recreándose en los libros mientras tanto. Luego acerca uno hacia sí, lo abre y se pone a estudiarlo, pasando las hojas de atrás hacia adelante.

Sus cejas están fruncidas y sus labios se mueven penosamente.

“Dieciséis, el patito feo al aire, cruz y un chiribití. ¡Señor! ¡Vaya portento de inteligencia que estaba hecho!”

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