Codal
nydus/The Invisible ManPublic
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XX. En la casa de Great Portland Street

algo por debajo de la puerta: un papel azul. Entonces, en un ataque de irritación, me levanté, fui y abrí la puerta de par en par. «¿Y bien?», dije.

“Era mi casero, con una notificación de desahucio o algo así. Me la tendió, notó algo raro en mis manos, supongo, y levantó los ojos hasta mi rostro.

“Por un momento se quedó boquiabierto. Luego dio una especie de grito inarticulado, dejó caer la vela y los escritos juntos, y salió tambaleándose por el oscuro pasillo hacia las escaleras. Cerré la puerta, eché la llave y me acerqué al espejo. Entonces comprendí su terror.⁠ ⁠… Mi rostro estaba blanco⁠—como piedra blanca.

“Pero todo fue horrible. No me había esperado el sufrimiento. Una noche de angustia atroz, náuseas y desmayos. Apreté los dientes, aunque al poco rato tenía la piel en llamas, todo mi cuerpo en llamas; pero me quedé ahí tendido con terca obstinación. Comprendí entonces por qué el gato había aullado hasta que lo cloroformé. Menos mal que vivía solo y sin asistencia en mi habitación. Hubo momentos en que solocé, gemí y hablé. Pero me mantuve firme.⁠ ⁠… Perdí el conocimiento y desperté debilitado en la oscuridad.

El dolor había pasado. Pensé que me estaba suicidando y no me importaba. Nunca olvidaré aquel amanecer, y el extrañísimo horror de ver que mis manos se habían vuelto como vidrio nublado, y de observarlas volverse más claras y delgadas a medida que avanzaba el día, hasta que al fin pude ver el enfermizo desorden de mi cuarto a través de ellas, aunque cerrara mis párpados transparentes. Mis extremidades se volvieron vidriosas, los huesos y las arterias se desvanecieron, desaparecieron, y los pequeños nervios blancos fueron los últimos en irse. Apreté los dientes y me quedé allí hasta el final. Al fin solo quedaron las puntas muertas de las uñas, pálidas y blancas, y la mancha marrón de algún ácido en mis dedos.

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