—¡Lo tengo! —gritó Jaffers, ahogándose y tambaleándose entre todos ellos, y forcejeando con el rostro amoratado y las venas hinchadas contra su enemigo invisible.
Los hombres se tambaleaban a diestra y siniestra mientras el insólito combate se desplazaba con rapidez hacia la puerta de la casa, y rodaron dando vueltas por la media docena de escalones de la posada. Jaffers exclamó con voz estrangulada —aferrándose con fuerza, sin embargo, y blandiendo la rodilla—, dio un giro y cayó pesadamente por debajo, con la cabeza sobre la gravilla. Solo entonces se relajaron sus dedos.
Hubo gritos entusiastas de «¡Sujétenlo!», «¡Invisible!» y cosas por el estilo, y un joven, un desconocido en el lugar cuyo nombre no salió a la luz, se precipitó de inmediato, atrapó algo, falló el agarre y cayó sobre el cuerpo tendido del alguacil.
A mitad de la carretera una mujer gritó cuando algo pasó rozándola; un perro, al parecer pateado, chilló y huyó aullando hacia el corral de Huxter, y con eso se completó el tránsito del hombre invisible.
Por un momento la gente se quedó atónita y gesticulando, y luego sobrevino el pánico, que los dispersó por la aldea como una ráfaga dispersa hojas secas.
Pero Jaffers yacía completamente inmóvil, boca arriba y con las rodillas dobladas, al pie de los escalones de la posada.