puerta del sótano. Luego entró en el salón y, de repente, con rapidez y saña, les cerró la puerta en las narices.
No se pronunció una sola palabra hasta que los últimos ecos del portazo se apagaron por completo. Se quedaron mirándose el uno al otro.
—¡Bueno, si eso no pasa de la raya! —dijo el señor Wadgers, dejando la alternativa sin decir.
—Yo entraría a pedirle explicaciones —le dijo Wadgers al señor Hall—. Le exigiría una explicación.
Costó algún tiempo convencer al marido de la patrona para que llegara a ese punto. Al fin llamó a la puerta, la abrió y alcanzó a decir: «Perdone usted...»
“¡Váyase al diablo!”, dijo el desconocido con voz tremenda, y “Cierre esa puerta al salir”. Así terminó aquel breve encuentro.