por Adye— estaba pegada en casi toda la comarca hacia las cuatro o cinco de la tarde. Exponía de manera breve pero clara todas las condiciones de la lucha, la necesidad de privar al hombre invisible de comida y sueño, la necesidad de una vigilancia incesante y de una atención rápida a cualquier indicio de sus movimientos. Y tan rápida y decidida fue la acción de las autoridades, tan pronta y universal la creencia en este extraño ser, que antes del atardecer una extensión de varios cientos de millas cuadradas se encontraba en un riguroso estado de sitio. Y antes del atardecer también, un estremecimiento de horror recorrió toda la campiña expectante y nerviosa. Pasando de boca en boca en un susurro, rápida y certera a lo largo y ancho del país, corrió la historia del asesinato del señor Wicksteed.
Si nuestra suposición de que el refugio del hombre invisible era la espesura de Hintondean es cierta, entonces debemos suponer que a primera hora de la tarde salió de nuevo empeñado en algún proyecto que implicaba el uso de un arma.
No podemos saber cuál era el proyecto, pero la evidencia de que llevaba la barra de hierro en la mano antes de encontrarse con Wicksteed es, al menos para mí, abrumadora.
Por supuesto, no podemos saber nada de los detalles de aquel encuentro. Ocurrió en el borde de una corta de grava, a menos de doscientos metros de la puerta de la finca de lord Burdock. Todo apunta a una lucha desesperada —el suelo pisoteado, las numerosas heridas que recibió el señor Wicksteed, su bastón astillado—, pero es imposible imaginar el motivo del ataque, a menos que se debiera a un frenesí homicida. De hecho, la hipótesis de la locura es casi inevitable. El señor Wicksteed era un hombre de cuarenta y cinco o cuarenta y seis años, administrador de lord Burdock, de hábitos y apariencia inofensivos, la última persona en el mundo para provocar a un antagonista tan terrible. Contra él, al parecer, el hombre invisible usó una barra de hierro