a Hall fuera de la habitación. La puerta se cerró de un portazo violento y se echó la llave. La silla y la cama parecieron ejecutar una danza de triunfo por un momento, y luego, de repente, todo quedó en
La señora Hall se quedó casi desmayada en los brazos del señor Hall en el descansillo. Al señor Hall y a Millie, que se había despertado con su grito de alarma, les costó muchísimo bajarla y aplicarle los remedios habituales en tales casos.
—Son espíritus —dijo la señora Hall—. Sé que son espíritus. He leído sobre ellos en los periódicos. Mesas y sillas saltando y bailando...
—Toma una gota más, Janny —dijo Hall—. Te servirá para asentarte.
—Échale la llave —dijo la señora Hall—. No le dejes entrar otra vez. Ya me lo olía yo... ¡haberlo sabido! Con esos ojos saltones y la cabeza vendada, y sin pisar la iglesia ni un solo domingo. Y todas esas botellas... más de las que es decente que tenga nadie. Le ha metido los espíritus a los muebles... ¡Y pensar en mis pobres y viejos muebles! ¡Si era en esa misma silla donde se sentaba mi pobre y querida madre cuando yo era una niña! ¡Pensar que se revuelven contra mí ahora!
—Solo una gotita más, Janny —dijo Hall—. Tienes los nervios destrozados.
Enviaron a Millie al otro lado de la calle bajo el dorado sol de las cinco para despertar al señor Sandy Wadgers, el herrero. Recuerdos del señor Hall y que los muebles de arriba se estaban comportando de manera de lo más extraordinario. ¿Podría venir el señor Wadgers? Era un hombre entendido, el señor Wadgers, y muy avispado. Consideró el caso con bastante gravedad.