Y dentro, en la oscuridad artificial del saloncito, por el que solo penetraba un fino rayo de luz solar, el extraño, hambriento debemos suponer, y temeroso, oculto en sus incómodas y calurosas envolturas, examinaba atentamente a través de sus oscuras gafas su periódico o hacía sonar sus sucios botecitos, y de vez en cuando maldecía con furia a los muchachos, audibles aunque invisibles, al otro lado de las ventanas.
En el rincón junto a la chimenea yacían los fragmentos de media docena de botellas rotas, y un acre tufo a cloro contaminaba el aire.
Mucho es lo que sabemos por lo que se oyó en su momento y por lo que posteriormente se vio en la habitación.
Hacia el mediodía abrió de repente la puerta de su salón y se quedó mirando fijamente a las tres o cuatro personas que había en el bar.
—Señora Hall —dijo.
Alguien fue con timidez a llamar a la señora Hall.