Codal
nydus/The Invisible ManPublic
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III. Las mil y una botellas

Se oyó un ruido de botas con clavos sobre los ladrillos del bar, y la señora Hall tuvo que abandonar muy a su pesar el resto de su soliloquio.

Cuando regresó, la habitación volvía a estar en silencio, salvo por el leve crujido de su silla y el ocasional tintineo de una botella. Todo había terminado; el desconocido había reanudado el trabajo.

Cuando le llevó el té, vio vidrio roto en el rincón de la habitación, bajo el espejo cóncavo, y una mancha dorada que había sido limpiada sin cuidado. Se lo señaló.

—Apúntelo en la cuenta —espetó su visitante—. Por el amor de Dios, no me moleste. Si hay daños, apúntelo en la cuenta —y siguió pasando lista en el cuaderno que tenía delante con unos pequeños tics.

—Te voy a decir una cosa —dijo Fearenside, misteriosamente—,

Era ya tarde y se encontraban en la pequeña cervecería de Iping Hanger.

—¿Y bien? —dijo Teddy Henfrey.

—Este tipo del que habla, al que le mordió mi perro. Pues resulta que es negro. Al menos, las piernas las tiene así. Lo vi por el desgarrón del pantalón y el del guante. Uno se esperaría ver algo así como un tono rosita, ¿verdad? Pues no había nada de nada. Solo negrura. Se lo digo yo, es más negro que mi sombrero.

—¡Válgame Dios! —dijo Henfrey—. Es un caso de lo más estrafalario. ¡Vaya, si tiene la nariz rosada como una patena!

—Eso es verdad —dijo Fearenside—. Eso lo sé yo. Y te diré lo que estoy pensando. Ese hombre es pinto, Teddy. Negro por aquí y blanco por allá⁠— a pegotes. Y le da vergüenza. Es una especie de mestizo, y el color le ha salido a parches en vez de mezclarse. Ya he oído hablar de cosas así antes. Y es lo común en los caballos, como cualquiera puede ver.

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