rapidez las miradas avizoras de los hombres. Y, aunque nadie lo había seguido, su misterioso vuelo había terminado invariablemente en el bolsillo de aquel caballero alterado del sombrero de seda anticuado, sentado a las puertas de la pequeña posada en las afueras de Port Stowe.
Diez días después —y en realidad cuando la historia de Burdock ya era vieja—, el marino aunó estos hechos y comenzó a comprender cuán cerca había estado del maravilloso hombre invisible.