Acto seguido se relaja, se recuesta y parpadea a través de su humo hacia el otro lado de la habitación, mirando cosas invisibles para otros ojos.
«Lleno de secretos —dice—. ¡Maravillosos secretos!».
“¡En cuanto los agarre a todos... Dios mío!”
“Yo no haría lo que él hizo; yo simplemente... ¡bueno!”. Se acomoda la pipa.
De modo que cae en un sueño, el inmortal y maravilloso sueño de su vida.
Y aunque Kemp ha pescado incansablemente, ningún ser humano salvo el dueño de la corrala sabe que esos libros están allí, con el sutil secreto de la invisibilidad y otra docena de extraños secretos escritos en ellos.
Y nadie más sabrá de ellos hasta que él muera.