Fui a enterrarlo. Mi mente seguía en aquella investigación, y no moví un dedo para salvar su reputación. Recuerdo el funeral, el coche fúnebre barato, la escueta ceremonia, la ladera ventosa y helada, y al viejo amigo suyo de la universidad que ofició el servicio: un anciano desaliñado, negro, encorvado, con un resfriado mocoso”.
“Recuerdo haber vuelto caminando a la casa vacía, a través del lugar que alguna vez había sido un pueblo y que ahora estaba remendado y apañado por constructores chapuceros hasta adquirir la fea semejanza de una ciudad. Hacia cualquier lado que corrieran, los caminos terminaban por fin en los campos profanados y acababan en montones de escombros y hierbas húmedas y malezas. Me recuerdo a mí mismo como una figura negra y demacrada, avanzando por la acera resbaladiza y brillante, y la extraña sensación de desapego que sentía ante la sórdida respetabilidad, el mezquino comercialismo del lugar.
No sentí la menor lástima por mi padre. Me pareció ser víctima de su propia y necia sentimentalismo. La jerga imperante exigía mi asistencia a su funeral, pero en realidad no era asunto mío.
“Pero al caminar por la High Street, mi antigua vida volvió a mí por un instante, pues me crucé con la chica a la que había conocido diez años atrás. Nuestras miradas se cruzaron.
“Algo me impulsó a dar la vuelta y hablar con ella. Era una persona muy corriente.
Todo fue como un sueño, aquella visita a los viejos lugares. No sentí entonces que estaba solo, que había salido del mundo a un paraje desolado. Aprecié mi pérdida de empatía, pero se la atribuí a la inanidad general de las cosas. Reentrar en mi habitación pareció la recuperación de la realidad. Allí estaban las cosas que conocía y amaba. Allí se encontraba el aparato, los