Experimenté de nuevo la extraña sensación de ver desaparecer la tela, y así llegué a la ladera ventosa y al viejo clérigo husmeador mascullando «Tierra a la tierra, ceniza a la ceniza, polvo al polvo», junto a la tumba abierta de mi padre.
“—Tú también —dijo una voz, y de pronto me vi empujado hacia la tumba. Luché, grité, supliqué a los deudos, pero ellos continuaron siguiendo impassibles el servicio; tampoco el viejo clérigo titubeó en ningún momento mientras canturreaba y sorbía por la nariz a través del ritual. Comprendí que era invisible e inaudible, que fuerzas abrumadoras me tenían atrapado. Luché en vano, fui arrojado más allá del borde, el ataúd sonó a hueco al caer yo sobre él, y la grava vino volando tras de mí a paladas. Nadie me hizo caso, nadie se percató de mí. Hice esfuerzos convulsivos y desperté.
Había llegado el pálido amanecer londinense; el lugar estaba lleno de una gélida luz gris que sefiltraba por los bordes de los estores de las ventanas. Me incorporé y, por un momento, no pude averiguar dónde podía encontrarse este